Gustav Mahler y su tratamiento psicoanalítico, en una sola sesión, con Sigmund Freud

Elena Jabif

Publicado el: 17/03/06


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Extracto del trabajo Alma y su dolor, presentado en las Jornadas 1998 de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.
El músico que perdió y recuperó su Alma.



Sólo algunos se casan con su alma. Fue el caso del músico Gustav Mahler, cuyo matrimonio con Alma Shindler respondió a sus experiencias más primitivas, lo mostró en su más soberbia mezquindad y desembocó en un dolor enloquecido. En esa crisis, intervino Freud: fue una sola sesión, inolvidable para ambos. La historia se narra en esta nota.

Gustav Mahler nació en 1860 en Bohemia y murió en 1911 en Viena."No me gusta que el mundo deba oír estas canciones tan tristes."


En 1879, en Viena, nació Alma Shindler, que habría de ser esposa de célebres artistas: Gustav Mahler, Walter Gropius y Franz Werfel. Su padre, afamado paisajista vienés, marcó con el Fausto de Goethe el alma de la pequeña. Cuando, a los 12 años, quedó huérfana, ya había sido formada con la gracia y la astucia necesarias para moverse en la Viena del 1900.Adolescente, en plena ebullición de la Nueva Escuela Vienesa de Compositores, los placeres de la música movilizaron su vida.

Un largo coqueteo con su maestro Zemlinsky, promovido en sus inicios por Brahms, y una sólida amistad con Schoenberg atesoraron, para Alma, cien canciones y una carta del destino escrita para siempre en la clave de la música. A los 21 años conoció al director de la Opera Imperial y compositor más destacado de Viena, Gustav Mahler. El, con inusitado interés, se ofreció a oír las canciones compuestas por Alma, pero muy pronto, por escrito, le hizo saber que en su mundo había lugar para un solo compositor.En la superficie pulida de un espejo, la vanidad de Mahler colma en el fantasma la ilusión de ser el amo del objeto.

Alma, condenada a un goce ignorado, abrocha el descentramiento de su existencia, reducida a una repetición apagada del deseo de vivir. Decidió que su juventud había terminado y escribió en su diario: Nada ha fructificado en mí: ni mi belleza, ni mi espíritu, ni mi talento.La resignación de Alma, su sensación de que mi marido, concentrado en su propia vida como un fanático, simplemente me ignoraba, fue conmovida por la enfermedad de su hija Marie que, a los cinco años, tras una larga agonía, murió de difteria. Gustav Mahler, durante esa enfermedad, escapaba, por sentirse incapaz de soportar el sufrimiento de su hija. En el dolor de Alma se erigía para él la fantasmagoría de sus ocho hermanos muertos y la tristeza de su madre, que, como homenaje póstumo, tradujo en Kindertotenlieder, Canciones a la muerte de los niños. Dijo de ellas: No me gusta tener que escribirlas y no me gusta que el mundo tenga que oírlas algún día, ¡son tan tristes!.

Para Sigmund Freud, ningún compositor ha expresado de modo más conmovedor ãla lucha entre el Eros y la muerte, como se presenta en la especie humanaä. Tiempo después, mientras Malher se entretenía con la idea de una orquesta propia, Alma, otra vez embarazada, perdía a su bebé. En la tristeza de su duelo, buscó un retiro en Austria y, en los brazos del joven arquitecto Walter Gropius, encontró consuelo. (Recordemos que con él, años más tarde, contrajo matrimonio y tuvo otra hija a quien, en homenaje a la heroína de Puccini, llamaron Manon, y que murió a los 18 años de poliomelitis en Venecia; Alma tuvo otro hijo, extramatrimonial, con el escritor Franz Werfel; este niño también murió, cuando tenía 10 meses.)

Mahler, absorto como siempre en sus composiciones, tuvo que enfrentarse a los hechos cuando el impetuoso amante de Alma envió una carta al ãseñorä en vez dela señora Mahler. Este desliz freudiano le hizo comprender que el amante de Alma le había escrito la carta para pedirle su mano. Ante la certidumbre de un mal irreparable, un dolor enloquecido, testimonio de un fantasma desmoronado, paralizó la escritura de la partitura de su Décima Sinfonía. Finalmente decidió consultar a Sigmund Freud. En el verano de 1910, éste recibió el telegrama urgente en que le pedía una cita. Freud era muy reacio a interrumpir sus vacaciones, pero no podía negarse a ver a Gustav Mahler.

De todos modos, al telegrama original de Mahler le siguió otro que lo anulaba, luego otro pidiendo una nueva cita, y una segunda cancelación. Mahler sufría de locura de la duda por su neurosis obsesiva y repitió esta actuación tres veces, explica Ernest Jones. Finalmente Freud lo intimó y se encontraron en Leiden. Durante toda una tarde pasearon por la vieja ciudad universitaria mientras Freud realizaba un psicoanálisis de urgencia, condensado en una sesión de un día. Fue como sacar una viga única de un edificio misterioso, recordaba Freud años después en carta a Theodor Reik: Si doy crédito a las noticias que tengo, conseguí hacer mucho por él en aquel momento. En interesantes expediciones por la historia de su vida, descubrimos sus condiciones personales para el amor... tuve muchas oportunidades de admirar la capacidad psicológica de aquel hombre genial. Reik señaló que la mayoría de los colegas se llevarían las manos a la cabeza por lo poco ortodoxo de una sesión analítica tan maratónica, pero las situaciones y circunstancias extraordinarias exigen medidas extraordinarias. En aquella sesión de Leiden, Freud le dijo a Mahler que él buscaba una mujer como su madre, pero, además de trabajar sobre cuestiones vinculadas con los nombres de ambas, recortó del objeto un inquietante rasgo: Con una madre tan agobiada por inquietudes, como por un gran dolor, usted desea que su mujer sea igual .Por fortuna, Alma tenía una fijación complementaria:Ella amaba a su padre y sólo puede elegir y amar a un hombre como usted: su edad, que tanto le preocupa, es precisamente lo que le atrae. No tiene por qué angustiarse.Años después, Freud recordaba que las experiencias infantiles de Mahler tenían una importancia especial en su neurosis y en su música: Su padre, aparentemente un bruto, trataba muy mal a la madre de Gustav y, cuando éste era pequeño, hubo una escena particularmente dolorosa: el niño no lo pudo soportar y se fue corriendo de la casa; en aquel momento un organillo callejero estaba tocando una popular tonadilla vienesa y desde entonces quedó fijada en su mente la conjunción de la gran tragedia con la frivolidad; un estado de ánimo traía consigo al otro. La contribución de Mahler a la música clásica era esta polifonía de estados de ánimo. En las variaciones del andante de la Cuarta Sinfonía, Mahler encuentra una melodía que pone en movimiento la sonrisa de Santa Ursula: mientras la escribía, se le aparecía la cara de su madre tal como la recordaba de niño, con profundas marcas de dolor; ella, que había sufrido sin fin, había decidido perdonarlo todo por amor.

Mahler fue al encuentro de su enigma en la ciudad elegida por Freud, Leiden, que en alemán quiere decir sufrimiento. Sufrimiento que entra en el cálculo transferencial del analista, cuando Freud deliberadamente hace recaer en el significante la zona de la cita.

Un año después de su experiencia analítica, Mahler fue llevado en estado agónico a Francia con un diagnóstico de endocarditis incurable y, días después murió, como Beethoven, durante una tormenta.

El encuentro entre Mahler y Freud abre un surco en el cuerpo del sufrimiento, otorgando letra a un dolor que en sí mismo sólo es la extraña expresión de un errático real. Leiden entra en concordancia con el deseo del analista; su presencia aloja un dolor inasimilable para el sujeto. La lectura sensible, producida en el encuentro, dibuja en letras la cicatriz de una pasión indecible. Franqueado el umbral de la separación traumática y salvaje del objeto amado, el dolor del Otro primordial echa raíz en tierra de Leiden. La verdad para Mahler se aloja en el duelo ignorado por el Otro. El sentimiento de la presencia, con todo lo que ella implica de misterio, toma cuerpo en la exacta ambigüedad de la intervención freudiana; la extracción de una viga única de dolor recorta el excedente imaginario de un barroco deseo de pecado, devolviéndole al sujeto la implicación en su enigma, vía regia que soporta una incertidumbre vital. El acto psicoanalítico, artesano de la castración, pone al sujeto en relación con lo real de la transferencia; contorneando el dolor de Alma, la pulsión extenúa su textura, hasta el punto donde el cierre efectúa el corte. A partir del hallazgo del objeto, el sujeto cambia su relación al goce, pudiendo abordar su declaración de sexo y muerte.



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