La vida como ÁgapeHacia una Etica des-sencializada

Mauricio Márquez Murrieta

Publicado el: 2004-04-11


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Siempre me he deleitado en la forma como Quino aborda profundos temas existenciales en una (aparentemente) simple tira cómica. “Yo lo que quiero es que me salga bien es la vida”, dice Miguelito con toda soltura y naturalidad, simple y llanamente la vida.



La vida como Ágape
Hacia una Etica des-sencializada
Mauricio Márquez Murri

Con todo mi amor para Dani
quién de tanta vida que tiene y da,
a veces se le olvida y teme lo peor.


Miguelito: Para que tanta medición?
Felipito: Quiero que me salga bien el avión
Miguelito: Lo que yo quiero es que me salga bien es la vida



Siempre me he deleitado en la forma como Quino aborda profundos temas existenciales en una (aparentemente) simple tira cómica. ?Yo lo que quiero es que me salga bien es la vida?, dice Miguelito con toda soltura y naturalidad, simple y llanamente la vida. ¿Y a quién no? ¿Cómo se logra eso? Tremenda pregunta.
Hoy en día en que todo lo sólido amenaza con desvanecerse en el aire y los puntos de referencia, antes relativamente fijos, parecen derivar como frágiles esquifes en una tormenta, la reflexión sobre la vida y su sentido se impone como una tarea urgente. Reflexión que, no obstante, debe cuidarse de pretender llenar el vacío del espacio en que se inscribe toda posible respuesta, teniendo en mente que su hallazgo no sería más que un breve cierre intersticial, efímero y transitorio. Pretender dar con La Respuesta como algo preexistente e inamovible, ha constituido una de las principales justificaciones de las peores atrocidades que se han cometido en la historia de la humanidad. Por ello, esta reflexión apunta hacia una performatividad nocional de la que podamos servirnos para redefinir la vida y poblarla de un sentido capaz de movilizarnos hacia una mejor, y siempre perfectible, existencia colectiva. Trata de plantear interrogantes con las que se pueda profundizar para ir avanzando en la búsqueda de nuevas interrogantes que, sucesivamente, nos permitan a su vez profundizar sobre nuestro ser y nuestra existencia; se puede decir que son pretextos que buscan explorar los contenidos y límites de esta noción tan radical como esencial.
Nacemos, y a partir de ese momento y hasta la muerte eso que llamamos vida nos inflama e impulsa, nos construye, nos hace ser. Simultáneamente la vida es algo con lo que nos encontramos, que podemos llegar a presenciar como observadores participantes, al grado de que en ocasiones nos parecería que la vida está en otra parte. Así, desde que somos ?arrojados? al mundo, encontramos circunstancias ajenas a nosotros con las que tenemos que lidiar, querámoslo o no. La vida nos coloca ante un mundo que se nos impone como una realidad insoslayable, al tiempo que forma nuestro mundo de vida, horizonte temporal y espacial dentro de cuyos límites nos constituimos. Este mundo se nos manifiesta igual como objetividad externa que como otredad irreductible al yo, como algo que es en nosotros más que nosotros mismos ?en lenguaje lacaniano el object petit a. De esta forma, nos encontramos en la vida como seres dotados con la extraña particularidad de tener que, irremediablemente, definirla y dotarla de sentido, y a quienes se nos impone la pregunta sobre lo que significa ese hecho tan radical.


?La vida es (...) esencialmente y sólo drama. Y esto es precisamente de lo que se trata. Porque todas las demás cosas que nos pasan y acontecen, nos acontecen y pasan porque nos acontece y pasa una única: vivir?. ?El carácter de su realidad ? de la vida ? no es como el de esta mesa cuyo ser consiste no más que en estar ahí, sino en tener que írsela cada cual haciendo por sí, instante tras instante, en perpetua tensión de angustias y alborozos, sin que tenga nunca plena seguridad sobre sí misma? .
Todo lo que nos ocurre, nos anima, nos duele, atormenta o hace felices, ?nos sucede porque nos ocurre algo infinitamente más radical: vivir? ; importante aseveración que nos acerca de golpe al meollo de lo que la vida es y su sentido, aun cuando todavía no sea, en modo alguno, concluyente. Si lo fuera, tendríamos como seres humanos muchos menos problemas ?ninguno existencial, claro está ?, y obviamente nada de tantas otras cosas humanas, demasiado humanas que nos han separado, para bien o para mal, del resto de las formas vivientes.
Esta escueta y contundente afirmación nos sirve como punto de partida para explorar algunos de los sentidos que de ella podemos extraer: vivir es ante todo un ?fenómeno natural?, es algo que, como ya dijimos, nos ocurre y nos hace ser: es el hecho y el acontecimiento de existir. Pero también es un acto existencial, un involucramiento en lo vivido, con el mundo en que se vive y con las personas y seres a nuestro alrededor. En un burdo juego de palabras podríamos decir que ?la vida es aquello que nos sucede mientras vivimos? (Vida es lo que pasa mientras haces planes, suele decir mi papá). Lo que llama la atención hacia un hecho extremadamente humano, tal vez el hecho humano por excelencia: el ser humano es un animal que cuenta con la extraña ?virtud? de saberse vivo y de, por lo tanto, saber que va a morir, ?un animal enfermo de muerte?, Hegel dixit.
A estas dos dimensiones ?la natural o material y la vivencial o existencial?, debemos añadir, al menos, una tercera: la dimensión liminal, intersticial, limítrofe, de la vida (en la que debemos incluir la muerte como margen radical constitutivo).
Estas tres dimensiones ?en las que la vida material es objetivamente original y conlleva su opuesto, la muerte, como límite intrínseco y negatividad absoluta ?, se determinan en forma retroactiva, conformando un bucle existencial en el que cada dimensión es en algún momento, al tiempo causa y efecto de las otras : la vida ?natural? es sin lugar a dudas primordial, sin la que nada más nos sería dado, pero no sólo vivimos, lo sabemos y somos conscientes de este saber.
Sabemos que al hacer algo, dejamos de hacer otras cosas, que a veces tenemos la opción de elegir y otras no; sabemos que el tiempo pasa y nos vamos haciendo viejos, que algún día nuestros seres queridos morirán o que nos pueden pasar cosas que nos dejen como muertos en vida, que podemos tener vida sin estar realmente vivos; y, sabemos demasiado bien que un día, irremediablemente, moriremos. Sabemos que somos, pero no sabemos lo que somos. Sabemos que vivimos, pero no sabemos, a priori, lo que eso es. Tal vez algunos no tengan conciencia de esto o hagan como si no la tuvieran, otros (voluntaria o forzosamente) deleguen esa responsabilidad a otros más, tal vez a otros no les importe o no soporten saberlo, pero no podemos eludir el hecho radical de que para el hombre saber y saberse no es sólo un elemento accesorio de su vida, es constitutivo y fundamental para su existencia.
Así, somos conscientes de que la vida es lo que nos hace ser y que nos encontramos en ella sin haberlo pedido, que ella se consume con el tiempo y que algún día acaba. Lo que nos hace percatarnos también de que, consustancialmente, la vida representa un límite, un agujero negro cuyo abismo refleja nuestra fragilidad, nuestra insignificancia, nuestra mortalidad (sólo los seres que no son conscientes de sí y de su muerte son inmortales ).
De esta forma constatamos que la vida se desdoble en vida viva y vivida: la vida que vivimos y nos vive tiene vida propia, e incluso, a veces, existe/persiste a expensas del ser vivo (lo cual resulta evidente en los estados comatosos, en enfermedades terminales como el cáncer o en circunstancias extremas y despiadadas (e.g. los campos de concentración nazis) en las que los hombres vegetan y deambulan como verdaderos muertos vivientes). Comprobamos, igualmente, que la vida no se limita a la nuestra ni a la de la humanidad, sigue, quién sabe hasta cuándo o si lo hará indefinidamente.
La importancia radical de estas constataciones es que todo intento de definición de la vida contiene como premisas centrales su alteridad ?la vida de lo otro, de los otros, antes, durante y después de la propia, sustenta la mía, la forma y la continúa ?, y su liminalidad/mortalidad ?ella se encuentra atravesada y constituida por lo inanimado: por las sustancias inertes de las que ella es una emergencia y gracias a las cuales se reproduce autopoiéticamente; y por la muerte, frente a la que se define y de la que también depende, tanto al interior de la forma viva (células que mueren diariamente para permitir el surgimiento de nuevas), como en su exterior (en algún momento nuestra muerte, por ejemplo, da cabida a las nuevas generaciones, así como la de nuestros ancestros permitió la nuestra) .
Por otro lado, la radical división/conjunción de la vida en subjetivada y objetivada, de la vida viva y la vida vivida, nos enfrenta con aquella extimidad de la que habla Lacán , concepto que se refiere a esa exterioridad ?otredad ? que habita en nuestro interior. ?El orden simbólico lucha por un equilibrio homeostático, pero hay en su núcleo, en su centro mismo, un elemento extraño, traumático, que no puede ser simbolizado al orden simbólico ?la Cosa. Lacan acuñó un neologismo para ello: l?extimité ?intimidad externa que sirvió de título a uno de los seminarios de Jaques Alain-Miller? . No se trata de un ente trascendente ni de una instancia metafísica de cuya existencia dependamos, se trata, por el contrario, de una brecha que se constituye mediante el movimiento de reflexión sobre sí mismo; se trata de un cuerpo extraño que el yo encuentra en el centro de su ser como algo que es él mismo pero que se le manifiesta crípticamente como una resistencia o una opacidad. Producto de mí mismo que experimento como un otro mediante el cual, paradójicamente, constato mi existencia: la identidad del yo pasa por la constatación de una no identidad consigo mismo en el mismo centro del ser, por una verificación del vacío que sustenta al sujeto barrado : sujeto que, en última instancia, es algo ocupando el lugar de nada.
Ello nos enfrenta con el drama, en el lenguaje de Ortega y Gasset, de asumir nuestra existencia y emprender la tarea inalienable de hacer algo con ella. Lo cual implica que nos vemos constreñidos a vivir una vida que no pedimos y que, sin embargo, persiste independientemente de nosotros (salvo que en un acto de decisión autodestructivo terminemos con ella, lo que no deja de ser una decisión propia de umbrales vivenciales muy particulares) . No podemos, como los elfos en El señor de los Anillos de J.R.R. Tolkien, simplemente zarpar hacia el sol poniente para descansar de nuestras fatigas mundanas en una tierra de semidioses, o acostarnos para que tranquilamente nos sobrevenga la muerte, como sí pueden hacerlo los hombres de Númenor gracias a ese extraño regalo de los Ainur. ?Lacan insiste en que nuestro ?ser-en-el-mundo? ya es el resultado de cierta ?elección primordial (...) El ?sujeto? designa esta elección imposible-forzada por medio de la cual elegimos (o no) estar en el mundo, es decir, existir como el ?ahí? del ser? .
Resumiendo, podemos decir que la vida es algo que nos pasa, que no nos pertenece en su totalidad, aun cuando seamos dueños de ella, y que nos puede dejar sin citatorios o avisos previos; está, por otro lado, poblada y constituida por una extimidad y por una exterioridad ?aunque mi vida sigue sin lo otros, no puede, sin embargo, ser sin los otros, la exterioridad animada y la inerte constituyen la condición de posibilidad, de viabilidad y de continuidad de mi propia vida. Finalmente, la vida se inserta en flujos y torrentes vitales de los que abreva y con los que fluye más o menos paralelamente, ante los cuales, y ante sí misma, tiene que definirse. Esta definición implica un aserto y una constatación de lo que ella es para cada cual, una proyección de lo que será y una prospección de lo que se quiere que sea; es decir, para vivir debemos decirnos lo que la vida es y definir, a partir de ello, el sentido a la vez compartido y personalísimo que le demos. Todo lo cual es fundamental para encaminar nuestra existencia y realizar sus potencialidades, para extraer ese ímpetu vital y esa fuerza existencial sin la que vegetaríamos como zombis instrumentales, como energías inertes y embrionarias absorbidas por una máquina anónima e impersonal que se sirve de ellas para reproducirse enloquecidamente hasta su inminente autodestrucción o idiota perpetuación.
Esa energía vital no viene de afuera ni nos preexiste ?aun cuando se suministra de una exterioridad objetiva y de una interioridad no menos objetiva ?; se trata de una emergencia sublime cuya existencia no está garantizada, incluso cuando dependa enteramente de uno mismo. Si hubiera que darle un nombre mediante el cual sintetizar la existencia de esta energía vital, ese sería, a mi entender, el del ágape paulino . El ágape constituye la sublimación vital de la vida mediante la cual llegan a fundirse, y nosotros con ella, la vida viva y la vida vivida. La vida como ágape es una apuesta neguentrópica cuya ganancia y promesa es la misma vida .
El sentido de la palabra amor que se intenta retener a través del ágape, es el prefigurado por Slavoj Zizek en su frágil absoluto. Este ágape constituye un impulso vital y conceptual que posibilita la superación del juego obsceno de la Ley y su transgresión intrínseca por cuya intermediación se cuela el doble perverso de la ley: ese mandato superyóico que nos compele a una lógica de acumulación insaciable y al círculo vicioso del cumplimiento de ese mandato y la culpa resultante. Curiosamente, la única forma de eludir ?el suplemento espectral obsceno? de la ley es a través de su cumplimiento puntual, porque la trasgresión del mandato de la ley pública, de la moral abiertamente asumida, ya está contemplada por este suplemento inconsciente, por lo que su infracción nos amarra más fuertemente a él, vía la culpa .
Siguiendo a Lacan, Zizek sostiene que sólo por intermedio del ágape podemos romper este círculo vicioso y no ceder en nuestro deseo (?n?est pas ceder sur son decir?). El ágape representa la posibilidad efectiva de interrumpir ese perverso mecanismo mediante el cual el poder se perpetúa, y acceder a un desenlace alternativo y libertario a través, no de ?una actividad de contemplación interior, sino [d]el trabajo activo del amor que conduce de modo necesario a la creación de una comunidad alternativa? . El ágape auto impulsa el ímpetu de ser del sujeto orientándolo hacia el otro como a un sí mismo; no es un mandato, es la instancia que permite romper con el mandato culposo del superyó. Su surgimiento implica una abstracción de sí, un pasaje por la nada cuyo vacío se constituye en la misma condición de posibilidad de ser. Ser, no a imagen y semejanza de un ente supremo ni en cumplimiento de un precepto o guión preestablecido, sino Ser que se auto constituye libremente de la nada gracias al impulso vital del ágape sin perderse en la indiferencia autocomplaciente y desmovilizante que la filosofía posmoderna elogia. Se trata del envite de una libertad fundamentada en su fragilidad y alteridad. Una libertad que no se erige en norma, sino que invita a la construcción de un sí mismo y un nosotros mediante la convicción de la falta de certezas inmutables, eternas y esenciales, a las que opone las certezas compartidas y cambiantes de proyectos humanos incluyentes en las que la no verdad se erige en fundamento de las pequeñas verdades colectivamente construidas en la alteridad constante. ?¿Qué es pues lo absoluto? Algo que se nos aparece en experiencias fugaces, como la dulce sonrisa de una mujer bella o incluso en la sonrisa cordial y afectuosa de una persona que de no ser por ella podría parecernos fea y grosera: en tales momentos milagrosos pero extremadamente frágiles, hay una nueva dimensión que brota de nuestra realidad. Como tal, lo absoluto se corroe fácilmente, se nos va de la mano fácilmente, y debe asirse cono tanto cuidado como una mariposa? .
Por conducto de la energía vital del ágape encontramos performativamente el sentido de la vida más allá del mandato que nos compele a ser felices (por el que, si no lo somos, nos sentimos culpables): así como la pérdida es la condición de posibilidad para la integración retroactiva de lo perdido, lo que se busca es la consecuencia retroactiva de la performatividad de la búsqueda, cuya causa es, a la vez, ese objeto que habrá sido.
?Un gran maestro hassídico, el rabí de Kotsk, decía: ?Hay verdades que no pueden comunicarse con la palabra; hay verdades más profundas que sólo pueden transmitirse por el silencio; y, en otro nivel, están aquellas que no pueden ser expresadas, ni siquiera por el silencio?.... Y sin embargo han de ser comunicadas? . La vida formaría una especie de suplemento de los anteriores, ya que se trata de una verdad paradójica cuyo verdadero secreto consiste en que no tiene ningún secreto que ocultar salvo aquel que hallemos como efecto retroactivo de su búsqueda. De aquí que se trate de una verdad no idéntica a sí misma que alcanza su máxima expresividad mediante la sublimación de su fracaso expresivo.
De esta forma el sentido de la vida parte de la vida misma para convertirse repetitiva e infinitamente en aquello que será. La vida se alimenta de la vida y de la no vida, para regresar a ella como parte de su causa y continuación de su impulso. El ágape reúne los contrarios en una sola existencia constituida por multiplicidades, es aquello que sin tener una existencia trascendente hace de los momentos de la vida a la vez fruto, flor y semilla de cada uno de los otros, embuclándose morinianamente en sistemas de sistemas y emergencias de emergencias.
?[El] ágape [es] un sí a la vida en su misteriosa pluralidad sincrónica? : es deseo, ternura, fraternidad, esperanza, caridad, simpatía, solidaridad, transitoriedad absoluta, fragilidad indestructible, gratitud sin culpa, preocupación totalizada por el otro mediante la ocupación extimada de sí, nihilización absoluta que se erige en eterno pilar transitorio de los encuentros igualitarios, es amor por una mujer, por un hijo y por los tuyos, que se orienta hologramáticamente hacia los otros en sus diferencias e imperfecciones. ?(...) como Lacán recalcó incansablemente, el amor es siempre amor por el otro en la medida en que le falta algo: amamos al otro por sus limitaciones? . Es la negatividad lo que hace coincidir al hombre con el otro, con los otros, en su mismísima escisión y vaciamiento de sí: ?es esta noche, esta vacía nada, que en su simplicidad lo encierra todo, una riqueza de representaciones sin cuento, de imágenes que no se le ocurren actualmente o que no tiene presentes. Lo que aquí existe es la noche, el interior de la naturaleza, el puro uno mismo, cerrada noche de fantasmagorías: aquí surge de repente una cabeza ensangrentada, allí otra figura blanca, y se esfuman de nuevo. Esta noche es lo percibido cuando se mira al hombre a los ojos, una noche que se hace terrible? . El ágape actualiza en el hombre esa potentia de prefiguración, producto del acto de abstracción mediante el cual se asoma al vacío de la nada y regresa con la certeza de que el futuro está abierto, de que no hay nada escrito .
La identificación con el otro no es una simple identificación con su fragilidad y su orfandad. Es la identidad resultante de la constatación del hecho increíble de la inconmensurabilidad de nuestra poder para transformarnos, y transformar al mundo, mediante el amor que resulta, justamente, de ese descarrilamiento con el mundo que sufrimos y del que somos producto.
No se trata de ningún mesianismo, ni de ningún destino manifiesto. Por el contrario, todo lo que destruye, se impone, se afirma oprimiendo, habla sin escuchar, afirma verdades y las impone a la fuerza (¡incluso en nombre de la salvación de sus víctimas!), justifica la búsqueda del poder y su ejercicio mortal en nombre de palabras e imágenes que le son incomprensibles; todo lo que se enarbola como Causa suficiente para destruir, que utiliza artimañas vergonzosas y ?estrategias fatales? para lograr un poder con el que tan sólo busca perpetuarse y perpetuarlo, que doblega, manipula, seduce y mata, con tal de no perder la convicción en su verdad y en su destino manifiesto; todo ello es contrario al amor, al ágape y a la vida misma. No hay sentido de la vida posible en la destrucción gratuita y justificatoria de otras vidas y en la imposición de verdades tan asfixiantes como absolutas.
Con el ágape repetimos ese gesto primordial de sí a la vida, deslizando nuestra existencia del ?en sí? al ?para sí?. El ágape es redoblamiento existencial, es transubstanciación pura de la nada en algo y de lo múltiple caótico en pluralidad compartida. Es fuente de vida que surge de la vida, que va a la vida y que hace vida. Es certidumbre de ser sin pretensión de certezas. Es, finalmente, apuesta al futuro y compromiso vital y colectivo con el presente, mediante la aceptación íntegra del pasado.


¿Por qué todo esto? Porque podemos servirnos de nociones como el ágape para sustentar una ética que supere la fragmentación y atomización del sentido vital que hoy se quieren mostrar como inevitables; sin caer en la nostalgia ?propia de algunos fundamentalismos ? que propugna por el imposible retorno a la ?tradición?, a través de la reificación de futuros míticos que no son más que la proyección idealizada de un pasado inexistente. Una ética que, a su vez, nos impulse (en este mundo) hacia una vida plena, fundada en autonomías individuales entretejidas en solidaridades colectivas, y que rechace las soledades fragmentadas, autistas y apáticas que la lógica superyóica del capital en su fase tardía impone en el maquinal proceso de la reproducción ampliada de la ganancia. Una ética, finalmente, capaz de contraponerse tanto a las falsas dicotomías como al mundo unidimensional que se pretende imponer, cuando se alega la necesidad de un desarrollo ciego a las desigualdades y los sufrimientos que produce.
Esa misma ética del ágape nos hace ver nuestra sustancia, nuestro agalma , en los otros. Debemos percatarnos que nuestras elecciones no están constreñidas más que por la vida misma y el advenimiento inminente de la muerte: no tenemos que elegir entre el amor, el trabajo, la familia, la libertad, la individualidad, la solidaridad, la fraternidad y el bienestar; todas son posibles y todas deben entrar dentro de nuestro horizonte vital, ni una está completa sin las otras.
La anomia social en que estamos envueltos actualmente tiene mucho que ver con la salida por la puerta trasera de la fraternidad social. Sin soslayar la urgencia de reformas legales y de una mejoría sustantiva de las instituciones encargadas de la prevención y la procuración de justicia, resulta evidente que la violencia económica a la que sistemáticamente se ha sometido a un sector cada vez más grande de la población, se encuentra en el fondo de la violencia social y de la creciente inseguridad que reina, no sólo en México sino en el mundo entero.
El desarrollo actual, marcado por la ideología a la vez fragmentaria y homogeneizante del neoliberalismo, ha traído aparejado un retraimiento de los valores solidarios y caritativos como pactos fundamentales de cualquier sociedad. El amor como sustento de la fraternidad y la cohesión colectivas, ha evacuado nuestra sociedad y se ha simplificado el sentido del individuo a acepciones egoistas y egocéntricas que dejan poco o ningún lugar a la preocupación por la suerte de los otros. Esos otros que son configurados y percibidos, cada vez más, como alienes invasores y parias sociales que amenazan con aniquilar la (mítica e inexistente) homeostasis social (basta observar discursos que, como el de Bush en Estados Unidos, sustentan su plataforma política en el miedo y el rechazo a lo diferente, convirtiéndolos en parte fundamental de su edificio ideológico). No se percibe ni se admite que esos presuntos entes monstruosos, a quienes se señala como responsables del creciente malestar general y del resquebrajamiento del edificio social, son el resultado directo del mismo proceso que ha cimentado el bienestar y la abundancia de unos cuantos, en el sufrimiento, la miseria y el olvido de millones.
¿Cómo sorprendernos de la violencia irracional que hoy impera, cuando esos seres desalmados, deshumanizados y carentes de toda dignidad, son el producto de las miserables condiciones de vida que nuestra sociedad ha impuesto a un número cada día mayor de personas? ¿Cómo podemos pretender erradicar la delincuencia si consentimos con nuestra apatía y silencio, que el mundo de donde surge esté colmado de violencia, marginación, rechazo y abandono? Bajo esta mirada, lo realmente sorprendente es que hasta hoy no se hayan dado mayores explosiones de violencia social.
?Sólo el amor convierte el milagro en barro, sólo el amor engendra la maravilla?, dice Silvio Rodríguez. Es cierto, debemos voltear hacia esos mundos cuya reacción hoy nos arranca la tranquilidad. La caridad del ágape no es esa caridad mediante la cual se proyecta una imagen convenientemente idealizada del ?pobre? digno de ella con la que un sector de la sociedad expía sus culpas en medio de rituales religiosos vacíos de toda sustancia y significado. El ágape realiza un giro ético caritativo dirigido a identificarnos con lo peor de nuestra sociedad, por ser la cara oculta de la realidad que vivimos (sin que ello nos incline a los ?típicos? sentimientos de culpa que nos hacen proyectar nuestros fantasmas en los desposeídos y dejan intacto el mecanismo social responsable de su pobreza). Debemos cobrar conciencia de que no es posible seguir viviendo en una sociedad en la que las diferencias son tan abismales: una pequeña minoría viviendo en la más grosera abundancia y el más soberbio derroche, al lado de una inmensa mayoría desposeída de las condiciones esenciales para llevar una vida mínimamente digna.
Si no volvemos a colocar en el centro de nuestra existencia principios centrados en la caridad humana; si aquellos a quienes la vida nos ha sonreído no volteamos con un gesto de fraternidad y solidaridad hacia esa masa informe y amenazante que deambula por los inhóspitos espacios urbanos a los que ha sido condenada, no nos sorprenda que esa desposeída y anónima turba humana nos esté cobrando la factura por la arrogancia que los ignora y los transparenta cual entes espectrales y amorfos.
Se trata de un cambio en el modelo que rige nuestras vidas, hacia uno que ofrezca el camino, tal vez el único camino, de reconquistar una sociedad digna y responsable, y orientarnos hacia aquellos ideales utópicos que insisten en una humanidad verdaderamente justa e igualitaria. Las utopías no están hechas para realizarse, son, más bien, horizontes de sentido que guían nuestras vidas: nunca se alcanzan, sólo encaminan nuestros actos hacia un futuro que, por principio, se define como mejor y mejorable. Por ello, nuestro deber es seguir luchando por ellas y seguir dirigiendo nuestros pasos hacia ellas. El lugar al que habremos de llegar aún no existe, se irá haciendo, ad infinitum, a través de lo que hagamos y dejemos de hacer. Como dice Gandalf, en El señor de los anillos, ?todo lo que tenemos que decidir es qué hacer con el tiempo que nos ha sido otorgado?, nada más y nada menos.



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