Jorge Luis Borges

Por VLADY KOCIANCICH

Publicado el: 2001-10-23


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El hacedor secreto de un gran poeta.

PARA MUCHOS, SOLO HEREDO DE SU PADRE EL APELLIDO Y LA CEGUERA. PARA OTROS, ESTE HOMBRE TIMIDO, AMIGO INTIMO DE MACEDONIO FERNANDEZ, FUE DECISIVO EN LA VIDA DEL AUTOR DE "FICCIONES".


UNA AUSENCIA. La figura de la madre fue dominante en la vida pública de Borges y relegó al olvido la del padre. Creo que fue en el año de la publicación de El Hacedor, en 1960, cuando Borges me habló de su padre, por primera vez y largamente. No recuerdo la fecha precisa (pudo ser antes o después de la salida del libro) ni las circunstancias, aunque debió ocurrir una mañana de los días en que estudiábamos inglés antiguo, quizá en la Biblioteca Nacional, quizá en una calle del barrio sur, andando y conversando en dirección al norte, donde estaba su casa. Pero recuerdo bien mi asombro.



En aquel entonces, Borges hablaba tan poco de su pasado que uno podía imaginar que no lo había tenido. A una edad -sesenta años- cuando la infancia y la juventud toman la lejanía de un país extranjero y surge el gusto compulsivo de contar a los otros, a la gente que no estuvo ahí, cómo era ese país, él lo excluía de la conversación, urbanamente, a la manera en que una persona respetuosa del aburrimiento del prójimo se niega a hablar del clima o de sus problemas de salud. De hecho, lo reservaba para tamizarlo en la escritura, eligiendo y puliendo los trozos más brillantes del material un tanto burdo que es nuestra propia historia, hasta encontrarle un único sentido -el literario- y un lugar en sus libros.



Ancestros militares como el coronel Francisco Borges, intelectuales como Francisco Narciso de Laprida, presidente del Congreso de Tucumán que declaró la Independencia en 1816, crónicas de frontera, personajes de mala vida del barrio de Palermo, poetas, ciudades, amores entrevistos o fracasados, no se deslizaban al anecdotario más común, que cuenta, detalla, rememora, hablando. En la discreción de Borges había un orden: apuntaba a los relatos y poemas que finalmente, minuciosamente, escribiría, sin dejar una página de ese pasado en blanco.



Que Borges se extendiera en describir la personalidad de su padre era un hecho inusual; que subrayara cuánto le debía en términos de conocimiento y de lecturas, de apoyo para cumplir su "destino literario", me desconcertó.



Como todo el mundo, suponía que había sido la madre, Leonor Acevedo, quien había encauzado el talento del escritor en formación. ¿Acaso ahora, cuando la ceguera del hijo crecía parejamente con la fama, no seguía vigilando el camino de su obra, leyendo para él, tomando dictado, acompañándolo en las conferencias y los viajes? El mismo Borges declaraba: "Fue ella, aunque tardé en darme cuenta, quien silenciosa y eficazmente estimuló mi carrera literaria". Comparado con la contundente figura de Leonor Acevedo, que ayudaría a caricaturizar la imagen pública del Borges privado como un hombre débil y sujeto a la autoridad maternal, Jorge Guillermo Borges no parecía haberle transmitido más que el apellido y la ceguera.



La introducción de la memoria del padre en un diálogo sobre espadas sajonas y poesía medieval no fue, sin embargo, abrupta o producto de un repentino golpe de nostalgia. Cortésmente -borgeanamente- los recuerdos se presentaron con un libro que me había traído, un pequeño volumen en inglés sobre las batallas más importantes para la historia de Occidente. Entre las dieciséis (el título, algo escolar, era Sixteen Decisive Battles) estaban, por supuesto, las de Salamina y Maratón.



"Mi padre", dijo, "me explicaba esas batallas sobre la mesa, con migas de pan. Esta, decía, era la posición de los persas, esta la de los griegos. Durante mucho tiempo yo seguí pensando en ejércitos y en barcos, en héroes y en batallas, como migas de pan".



La escena de las batallas ilustradas con migas de pan despertó mi curiosidad. Revelaba a un hombre inteligente tomándose su tiempo para interesar a un niño inteligente en un tema fuera de lo común y de su edad. Pero además contradecía la versión oficial de un Borges educándose solo o bajo la alerta mirada de la madre.


Ciertamente, de un modo muy sutil, cuando Borges se refería a sus primeras lecturas daba la imagen de un precoz autodidacta, que descubre sin otra guía que su voracidad el mundo inagotable de los libros. Una huella del estilo elusivo con que borraba delicadamente de las revelaciones literarias otra presencia que no fuera la suya quedó en unas líneas de la Autobiografía, el ensayo autobiográfico dictado a Norman Thomas Di Giovanni, que se publicó enla revista The New Yorker en 1970: "Si tuviera que señalar el hecho capital de mi vida, diría la biblioteca de mi padre. Creo no haber salido nunca de esa biblioteca". El hecho capital que señalaba era la biblioteca, no su padre.

Cuando en otra página enumera las lecturas favoritas del padre, libros sobre metafísica y psicología (Berkeley, Hume, William James) libros sobre Oriente (Lane, Burton y Payne) usa un tono de afectuosa distancia, omitiendo la transferencia de esas lecturas a la suya y la marca imborrable que dejaron en su visión del mundo. Sólo hay un momento en que Jorge Guillermo se ve nítidamente en primer plano: "El me reveló el poder de la poesía: el hecho de que las palabras sean no sólo un medio de comunicación sino símbolos mágicos y música. Cuando ahora recito un poema en inglés, mi madre me dice que lo hago con la voz de mi padre".

La memoria siempre es más sabia que la voluntad de recordar. En 1960, Borges podía mirar su pasado literario desde la altura de una obra y El Hacedor tiene algo de conciencia del camino hecho y de melancólica incredulidad. En los últimos versos de "La lluvia", uno de los poemas del libro, se filtra una inesperada evocación del padre: ...La mojada tarde me trae la voz, la voz deseada,/de mi padre que vuelve y que no ha muerto.

Si esos versos emocionan es porque en ellos hay una verdad. Alguien querido muere y uno descubre que el tiempo borra aquello que parecía grabado para siempre: los rasgos de una cara vista todos los días, las singularidades de un cuerpo. Nada más frágil de retener en la memoria que la voz humana, aire en el aire. Y sin embargo, cuando se ha olvidado casi todo del muerto, el recuerdo de su voz perdura, inconfundible, extrañamente vivo.

Otra verdad, no menos importante, es el deseo de esa voz. Para que una voz vuelva del pasado y se haga oír en un poema que ni siquiera la titula, debió escucharse con atención, ser una compañía amigable, mucho más que una nota de la música de la infancia. Injustamente, el dueño de esa voz quedó en la historia de la obra de Borges como una sombra silenciosa.



Los datos de su vida cuentan que Jorge Guillermo Borges (1874-1938) era entrerriano, hijo del coronel Francisco Borges y de Frances Ann Haslam. Estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires, se recibió de abogado, fue profesor de psicología en el Lenguas Vivas, heredó de su abuelo Haslam la progresiva ceguera que en 1914 lo obligó a jubilarse. Publicó una novela, El caudillo, y algunos poemas, tradujo a Omar Khayyam de la versión inglesa de Fitzgerald. Tuvo dos hijos con Leonor Acevedo, Norah, que se dedicaría a la pintura, y Jorge Luis, de "quien se esperaba que cumpliría el destino literario que las circunstancias le negaron". Vista desde la sequedad de los datos, una vida mediocre con un toque patético: el escritor fracasado que da un genio a la literatura. Vista desde los adjetivos que se le aplicaron, su personalidad parece todavía más deslucida: inteligente, bueno y tan modesto que quería ser invisible. ¿Cómo podría ese hombre borroso influir en la marcha de la extraordinaria obra de su hijo? La supuesta paradoja se desvanece al examinar los pormenores y matices que la escueta biografía de Jorge Guillermo Borges ha pasado por alto. Ya el matrimonio de sus padres tiene algo novelesco. El coronel Francisco Borges, comandante de las fronteras norte y oeste de la provincia de Buenos Aires, se enamora de una inglesa, Fanny Haslam, nacida en Staffordshire, Northumbria. Jorge Guillermo nace unos meses después de la muerte del coronel Borges en la batalla de La Verde. La madre, que habla pobremente el español, no sólo le transmite su idioma sino su experiencia de la vida de frontera y, más importante para él que los relatos del desierto, una tradición literaria. Edward Young Haslam, el abuelo, doctorado en filosofía en la universidad de Heidelberg, director de un diario en inglés; la hermana de su madre, Caroline, educada en Inglaterra, profesora de literatura. Del lado paterno, Juan Crisóstomo Lafinur, uno de los primeros poetas argentinos.



No se destaca como alumno en el Colegio Nacional de Buenos Aires, pero su curosidad intelectual no es inferior a la de su compañero de estudios, Macedonio Fernández, que se convierte en su mejor amigo. Juntos cursan el secundario, juntos ingresan en la Facultad de Leyes y reciben el título de abogado en el mismo año. La amistad y las conversaciones sobre filosofía y literatura duran toda la vida. Su timidez, tan recordada, no le impidió dialogar interminablemente con un hombre cuya inteligencia encandilaba a quien lo conocía.



Fue abogado con resignación y disgusto. En la única novela que escribió, dice de la abogacía: "Protege los intereses mezquinos de la sociedad, su afán de lucro, las pequeñas preocupaciones de familia, nacionalidad, Estado..." De la escuela, sostiene que "es nefasta cuando la sociedad es lo que es, mezcla de cuartel y de fábrica, explotación de los más por los menos, clases y castas y la deificación del éxito".



Ese hombre tímido lleva a la práctica sus ideas de librepensador, de anarquista individualista. Educa a sus hijos en casa y no en la lengua imperante en la cultura de esa época, el francés. Les impone el inglés, un idioma tan de minorías entonces que el hijo rememora, exagerando un poco, "que aprender inglés era tan raro como hoy aprender sueco". En casa de los Borges se habla en inglés, se lee y se recita poesía inglesa. El desafío de Jorge Guillermo Borges a las convenciones de su tiempo va todavía más allá. No someterá a sus hijos al yugo de una carrera universitaria. Pueden formarse solos con el mejor de los medios, el libro, para el mejor de los mundos, el del pensamiento y del arte. El resto es simplemente vida. Jorge Luis, de seis años, acompaña al padre a sus sesiones de lectura en la Biblioteca Nacional. La madre lleva los chicos al Zoológico.



El énfasis sobre la modestia y la timidez de Jorge Guillermo Borges sugiere a un hombre recluido en sí mismo y con una vocación de escritor que se manifiesta avergonzada, como un secreto de familia. Por el contrario, era abierta y gregaria.



Todos los domingos había reunión de amigos en la casa de Palermo. Los amigos del padre de Borges eran, entre otros, Evaristo Carriego, Macedonio Fernández, Enrique Banchs, Manuel Gálvez, Alfredo Palacios y el primo Alvaro Melián Lafinur, que trabajaba en la revista Nosotros y donde Jorge Guillermo Borges publicaba sus poemas. Se hablaba de filosofía, de literatura y de política. Como correspondía a sus ideas sobre la educación, los hijos estaban presentes. No es extraño que el cuento de Oscar Wilde, "El príncipe feliz", traducido por Jorge Luis Borges a los nue ve años, apareciera en el diario El País, donde colaboraba su tío Melián Lafinur, ni extraño que se pensara que era una traducción de Jorge Borges padre. Libros, revistas, artículos, tendencias, crítica, poesía, rodeaban con un ámbito hecho de voces la inolvidable biblioteca de la que el hijo no hubiera querido salir nunca y familiarizaron al niño con un mundo -el literario- del que nunca salió.



Que Jorge Guillermo Borges le asignara a un chico que no había cumplido diez años la pesada carga de un sueño irrealizable para él es una leyenda romántica, encantadora pero falaz. Durante la infancia de Borges, el padre estaba seguro de llevar a cabo sus proyectos literarios y ni siquiera la pérdida de la vista le impidió escribir una novela, ayudado por su mujer, que leía para él y a quien le dictaba. Fue con este propósito, después de la estadía en Ginebra (Borges ya iba a cumplir veinte años) cuando viajaron a España, que eligieron Mallorca como residencia, porque les habían recomendado la tranquilidad del lugar. Más importante y fuera de lo común es que padre e hijo compartieran la misma pasión por la literatura. Jorge Guillermo Borges aceptaba las sugerencias de Jorge Luis Borges, poeta barroco, fervororo ultraísta. El padre escuchaba al hijo, el hijo escuchaba al padre y años después repetiría los mismos consejos.



Me pregunto si Borges, en 1960, cuando por primera vez me habló del padre, no habría empezado a hacer la cuenta de su herencia, en lecturas, en amistades, en protección y estímulos; en temas, en rasgos de identidad, en la ascendencia literaria, en el amor de la lengua inglesa, de la historia, de la filosofía. Quizás adivinaba que la brillante presencia del padre en su iniciación a la literatura sería oscurecida por la cálida imagen de la madre, viva y presente en esta nueva etapa. Quizá, porque la conversación era para Borges el filtro de interminables borradores, se proponía corregir la invisibilidad que su padre había deseado. Pero sólo un eco de esas páginas no escritas se oye en la Autobiografía y en reportajes, y el poema "A mi padre", de 1976, suena pomposo y artificial, como plagiado de otros versos.
La voz evocada en "La lluvia" debió parecerle suficiente. Borges tenía razón.



Vlady Kociancich es escritora. Su último libro es "Cuando leas esta carta".



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