Sobre la política del psicoanálisis

    Por: Magali Besson, Mariano Mañas y Franco Ingrassia.
    Estudiantes del último año de la Facultad de Psicología de Rosario. Argentina

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    Introducción

    La premisa que desencadenó este trabajo, escribir sobre "el psicoanálisis y lo social" nos generó, en medio de los debates y las lecturas, ciertas dudas. ¿Qué significaría hablar del psicoanálisis y lo social como dos términos diferenciados?, es decir ¿Cuando el psicoanálisis habla de otra cosa?
    Ciertas convenciones intentan establecer una división tajante de la obra freudiana entre textos "analíticos" o "individuales" y textos sociales. Ya sea para desestimar a estos últimos como mera especulación sin relación con la práctica clínica o para elogiarlos y suponerlos el fundamento de un supuesto "psicoanálisis libertario" . Sostener tal delimitación supone, a nuestro entender, desatender cuál es la verdadera lógica freudiana con respecto a la estructura del lazo social. Escritos como "Psicología de las masas y análisis del Yo", "Tótem tabú" o "El malestar en la cultura" no son textos donde Freud aborda temas "sociales", sino que son momentos del despliegue de una praxis que nos conduce, como plantea Jorge Alemán, a disolver "la oposición individuo/sociedad ofreciendo una nueva topología del vínculo social"
    2 . En qué consiste y qué implicancias trae esta nueva forma de pensar el lazo social es lo que creemos que debe ser explicado y discutido en mayor profundidad.

    Ordenamos el trabajo en relación a una serie de interrogantes que se van encadenando entre sí. Elegimos comenzar por el problema de la ética, esto se deriva en una petición de principio, creemos que la originalidad del psicoanálisis que Freud instaura se sostiene en una posición ética irreductible al saber médico y/o psicológico. Creímos pertinente también subrayar que la ética del deseo y la verdad que el psicoanálisis sustenta lo aleja de toda pretensión de constituir una cosmovisión, y esto es algo contra lo que Freud se pronunció repetidas veces, y lo orienta hacia la transformación social. Recordemos a Freud cuando plantea que "No hace falta decir que una cultura que deja insatisfecho a un núcleo tan considerable de sus partícipes y los incita a la rebelión no puede durar mucho tiempo, ni lo merece"
    3 .
    Por lo tanto, y por fuera de todo intento de construir una cosmovisión a partir del psicoanálisis, pensamos que del psicoanálisis no se deduce una sociología (ni un análisis de la sociedad en términos psicoanalíticos) sino una política. No una "política en general" (signifique lo que signifique este término) sino una política del psicoanálisis. Un segundo apartado intenta dar cuenta de las características de esa política. Por último nos resultaba interesante investigar cómo esta política se traduce en una praxis concreta en el campo de la salud mental.

    o Relaciones teoría/práctica

    Toda clínica, en psicología o psiquiatría, tiene un estatuo técnico. Hablar de intervenciones técnicas implica pensar una relación de sumisión de las mismas a un saber externo que funcionaría como ordenador. Por lo tanto, la clínica en psicología y psiquiatría podría ser pensada como aplicación de un desarrollo teórico previo, de una operación de formalización de lo real que nos permitiría saber qué es lo que tenemos que hacer. Es evidente que, desde este punto de vista, que podríamos denominar plataforma ética, los criterios de efectividad de las intervenciones terapéuticas se construirían en función de la infalibilidad de la teoría. Una intervención es efectiva en tanto logra identificar el caso particular con el rasgo diferencial de la teoría para operar, previsiblemente podría decirse, sobre esa realidad que, suponiéndose originalmente "encausada", se trataría de "reencausar".
    Por otra parte, el psicoanálisis aborda el problema de una manera completamente diferente. Lejos de pensar las relaciones teoría/práctica en términos de una ciencia y una técnica subordinada a la misma, el psicoanálisis entreteje estos términos, dialectizando la relación en términos de práxis.
    "¿Qué es una praxis?" se pregunta Lacan en el principio del Seminario XI. La pregunta viene a cuento de otra, "¿cuáles son los fundamentos, en el sentido lato del término, del psicoanálisis? Lo cual quiere decir ¿qué lo funda como praxis?". Si preguntarse por los fundamentos del psicoanálisis es preguntarse por lo que lo funda como praxis podemos inferir que lo que está en juego aquí es mucho más (o nada menos) que una cuestión metodológica. Algo que se refiere al lugar desde donde se construye el psicoanálisis. Lacan va a definir a la praxis como "La posibilidad de tratar lo real mediante lo simbólico". Las consecuencias que se desprenden de esta definición son importantes. La imposibilidad de erradicar la alteridad fundante de estos dos registros, la imposibilidad de establecer la "buena" correspondencia entre los simbólico y lo real en donde la Verdad toda sobre la Cosa pueda ser dicha supone abandonar la pretensión imaginaria de la totalización. Este abandono se realizaría en dos planos. Por una parte, hacia dentro del campo de nuestra praxis no podríamos pensar ya en una relación de adecuación entre teoría y práctica sino que el desfasaje entre una y otra sería justamente el espacio donde una parte de la Verdad puede emerger.
    Por otra parte, nos encontramos con la imposibilidad de referir esta praxis a un sistema unitario, construcción idealista desdencadenada por la necesidad de la identificación. Al decir de Lacan "prescindir del complemento trascendente implícito en la posición positivista, el cual se refiere siempre a una unidad última de todos los campos". Una praxis sería siempre local, regional, por ende, actuante sobre un campo de problemáticas, en articulación con otros saberes y prácticas. Y al mismo tiempo, alejada de toda cosmovisión ya que al psicoanálisis en tanto praxis no le interesa decir la verdad sobre cómo el mundo es, no le interesa dar cuenta de la verdadera naturaleza de las relaciones entre los hombres. Se trataría más bien de que este paradójico planeta que es el mundo de los hombres hable sin entregarse nunca al mutismo. La cuestión de los planetas la conocemos bien, sabemos que los hombres, y más precisamente esa actividad humana denominada ciencia moderna, les ha cerrado el pico. Lo que aquí es combatido es la pretensión de los hombres de callarse a sí mismos. Las ciencias humanas formarían parte de esta tentativa, nucleo esencial del dogmatismo, de silenciar la cultura. O de llenarla de palabras vacías, hijas del relativismo y el eclectisimo, nuevas máscaras del dogma . Da igual. El objetivo es que lo imposible deje de ser acosado o deje de ser advertido. Y es aquí donde el psicoanálisis debe desplegar todas sus energías. La ética del psicoanálisis, los fundamentos mismos del discurso fundado por Freud sólo se sostienen en la lucha contra el relativismo y el dogmatismo. Sólo se sostienen llevando al extremo la premisa de no decir la Verdad sino "provocarla para que ella diga. Renunciando a los actos de lenguaje que pretendan impostar o hacer semblante de verdad."
    Pensar a la Verdad de esta manera, ubicarla en el lugar de la causa entediendo a ésta como lo que se sustrae a la uniformidad de la ley (científica o jurídica, en este plano es indistinto) implica analizar cómo se piensan las relaciones entre formalización y acontecimiento. Entre la singularidad del caso y la universalidad de la ley. Es este otro punto de desacuerdo entre el psicoanálisis y las disciplinas psicológicas y psiquiátricas.


    o Formalización y acontecimiento

    Psicología y psiquiatría construyen modelos, hábitos de conducta, cuadros clínicos, tipos de personalidad, sistemas de relaciones, etc. El objetivo de estos modelos sería, al decir de Comte, "saber para poder prever". Encontrar los rasgos comunes a toda patología serviría de guía para la práctica terapéutica. La ilusión sería arribar al momento donde todo en el campo, esté explicado de antemano. Encontrar tantas leyes, conceptos y características donde todo rasgo singular sea explicable por lo general. Ilusión sostenida desde el supuesto del individuo como caso particular de un orden universal, tarde o temprano aprehensible por el saber científico.
    Por otro lado, el psicoanálisis, lo hemos leído, opera sobre el sujeto de la ciencia. Sujeto que es forcluído por ésta para poder constituírse como tal. La ciencia sería la ideología de la supresión del sujeto. Y el psicoanálisis operaría sobre lo que la ciencia forcluye. ¿Qué consecuencias conllevaría todo esto? Primeramente, reconocer que toda ley se funda en una falla que la constituye. No es sin ese sujeto, que queda fuera de su dominio al tiempo que lo funda, que la ciencia puede constituirse como tal. Por lo tanto, hay algo que siempre se sustrae a todo intento de formalización. Este algo no se ubicaría "más allá" la formalización sino que sería su condición de posibilidad. Se puede formalizar, con la condición de fracasar en el intento. Lo cual, por suspuesto, no nos dispensa en absoluto de la necesidad de hacerlo.
    Ahora, es justamente esto lo que toda psicología que se reclame científica debe desconocer. El psicoanálisis, por el contrario toma la vía de trabajar sobre la singularidad. No pensemos que por esto, es una teoría más abarcativa, ya que tampoco se trata de ello. Lacan va a decir la cuestión no está en "explicar porqué su hija está muda, pues de lo que se trata es de hacerla hablar". Intervenir para producir un cambio en la posición subjetiva en el analizante, un cambio incalculable de antemano en sus efectos, generar las condiciones propicias para la emergencia del acontecimiento.

    Creemos que estos puntos de desacuerdo entre psicología y la psiquiatría y el psicoanálisis, el lugar de lo normativo en la clínica, las relaciones entre teoría y práctica y las relaciones entre la formalización y el acontecimiento permiten trazar las coordenadas que definen una ética diferenciada del psicoanálisis respecto de los otros discursos sobre lo mental. A nuestro entender la originalidad de la experiencia que Freud inaugura es circunscribible a una ética. Una ética de lo inacabado e inacabable del deseo, una ética por tanto de la sustitución metonímica erigida en motor de la diámica de la historia. La pregunta que se desprende por consiguiente es ¿qué política puede ser pensada como ejercicio de esta ética?

    Psicoanálisis y ética

    Este trabajo parte de la voluntad de que lo que el psicoanálisis piensa y de lo que se piensa sobre el psicoanálisis no se reduzcan a un desarrollo autorreferencial
    y tautológico. Creemos que la pregunta por la especificidad de su campo debe construirse recorriendo los bordes comunes con otras prácticas y saberes del la cultura. Interrogar al psicoanálisis por la ética que (lo) sostiene supone preguntarse por la irreductibilidad del mismo en relación a la psicología y la medicina.
    A esta última, la entenderemos en función de su rol encubridor y legitimador de una política en salud mental sustentada en modelos clasificatorios que persiguen la objetivación y segregación del denominado enfermo mental. Mientras que nuestra concepción de las técnicas psicológicas se emparenta con lo que llevó a Lacan a posicionar el psicoanálisis fuera de las teorías del yo a las que mediante su estudio develó como adaptacionistas. Hecho que nos conduce a pensar en su posición política. Lo específico de la experiencia analítica. más allá de su inscripción social en las prácticas terapéuticas se advierte en la imposibilidad de objetivar al paciente en la relación transferencial, ya que esto implicaría su propia desaparición. La reducción del psicoanálisis a las psicologías o al saber médico son las estrategias de neutralización de la innovación freudiana más frecuentes y conocidas. Se instrumenta así un "psicoanálisis" globalizado, o sea totalizado; que estanca su capacidad crítica y transformadora en una dimensión latente en la que perdura como potencial. Frente a estas estrategias de reabsorción que operan reduciendo al psicoanálisis, el psiquiatra y psicoanalista Emiliano Galende, sostiene como erróneo oponerle a éstas un psicoanálisis que se pretenda neutral. En función de esto dice: "En tanto método crítico, develador de las configuraciones de conflicto que son los síntomas, el psicoanálisis toma partido por el deseo, y muestra sus avatares en el sujeto y en la sociedad. E. Roudinesco ha señalado con acierto que la política del psicoanálisis es el ejercicio de una ética; situarse del lado de la verdad del deseo es atacar críticamente lo que la sociedad interpone como obstáculo.
    4"
    Entender el sentido de esta política implica develar la especificidad de la ética del psicoanálisis. Ética que es posible comenzar a cernir a partir de las diferencias entre el psicoanálisis y el conjunto de las prácticas y teorías psicológicas y psiquiátricas.
    La heterogeneidad de este conjunto de prácticas y teorías no impide encontrar algunos denominadores comunes que dividirían las aguas entre las mismas y el psicoanálisis, puntos de irreductibilidad, de irreconciliación absoluta.
    Tanto las psicologías como la psiquiatría en sus diferentes vertientes se reclaman como parte del continente de la Ciencia. Y esto, lejos de ser una mera cuestión nominalista, no es sin consecuencias. Principalmente, podríamos ubicar tres ejes alrededor de los cuales pensar los desacuerdos entre el psicoanálisis y estás prácticas y teorías:

    o Clínica y normatividad
    Tanto las psicologías como la psiquiatría, en sus modalidades de concebir la clínica ponen en juego una lógica única. En la psicoterapia, se trataría de un proceso de "rectificación" del paciente. El terapeuta, cual pastor redentor, se encargaría de reconducir al paciente, esa oveja descarriada, al rebaño de la Normalidad, que se dirige, sin lugar a dudas, hacia el Reino de los Cielos, el Imperio del Bien.
    Sostener una terapia normativa, donde la enfermedad mental es concebida como alejamiento de los esquemas construidos a-priori que definen qué es la Salud Mental no es una elección de cada psicólogo o psiquiatra. Constituye más bien, una consecuencia directa de la lógica intrínseca que se pone en juego en estos discursos.
    Esto se clarifica al abordar la problemática de las relaciones entre los modos de intervención clínica y los modos de elaboración teórica y el lugar que adjudican a la singularidad en relación con la ley.

    o Relaciones teoría/práctica
    Toda clínica, en psicología o psiquiatría, tiene un estatuto técnico. Hablar de intervenciones técnicas implica pensar una relación de sumisión de las mismas a un saber externo que funcionaría como ordenador. Por lo tanto, la clínica en psicología y psiquiatría podría ser pensada como aplicación de un desarrollo teórico previo, de una operación de formalización de lo real que nos permitiría saber qué es lo que tenemos que hacer. Es evidente que, desde este punto de vista, que podríamos denominar plataforma ética, los criterios de efectividad de las intervenciones terapéuticas se construirían en función de la infalibilidad de la teoría. Una intervención es efectiva en tanto logra identificar el caso particular con el rasgo diferencial de la teoría para operar, previsiblemente podría decirse, sobre esa realidad que, suponiéndose originalmente "encausada", se trataría de "reencausar".
    Por otra parte, el psicoanálisis aborda el problema de una manera completamente diferente. Lejos de pensar las relaciones teoría/práctica en términos de una ciencia y una técnica subordinada a la misma, el psicoanálisis entreteje estos términos, dialectizando la relación en términos de praxis.
    "¿Qué es una praxis?" se pregunta Lacan en el principio del Seminario XI. La pregunta viene a cuento de otra, "¿cuáles son los fundamentos, en el sentido lato del término, del psicoanálisis? Lo cual quiere decir ¿qué lo funda como praxis?". Si preguntarse por los fundamentos del psicoanálisis es preguntarse por lo que lo funda como praxis podemos inferir que lo que está en juego aquí es mucho más (o nada menos) que una cuestión metodológica. Algo que se refiere al lugar desde donde se construye el psicoanálisis. Lacan va a definir a la praxis como "La posibilidad de tratar lo real mediante lo simbólico". Las consecuencias que se desprenden de esta definición son importantes. La imposibilidad de erradicar la alteridad fundante de estos dos registros, la imposibilidad de establecer la "buena" correspondencia entre los simbólico y lo real en donde la Verdad toda sobre la Cosa pueda ser dicha supone abandonar la pretensión imaginaria de la totalización. Este abandono se realizaría en dos planos. Por una parte, hacia dentro del campo de nuestra praxis no podríamos pensar ya en una relación de adecuación entre teoría y práctica sino que el desfasaje entre una y otra sería justamente el espacio donde una parte de la Verdad puede emerger.
    Por otra parte, nos encontramos con la imposibilidad de referir esta praxis a un sistema unitario, construcción idealista desencadenada por la necesidad de la identificación. Al decir de Lacan "prescindir del complemento trascendente implícito en la posición positivista, el cual se refiere siempre a una unidad última de todos los campos". Una praxis sería siempre local, regional, por ende, actuante sobre un campo de problemáticas, en articulación con otros saberes y prácticas. Y al mismo tiempo, alejada de toda cosmovisión ya que al psicoanálisis en tanto praxis no le interesa decir la verdad sobre cómo el mundo es, no le interesa dar cuenta de la verdadera naturaleza de las relaciones entre los hombres. Se trataría más bien de que este paradójico planeta que es el mundo de los hombres hable sin entregarse nunca al mutismo. La cuestión de los planetas la conocemos bien, sabemos que los hombres, y más precisamente esa actividad humana denominada ciencia moderna, les ha cerrado el pico. Lo que aquí es combatido es la pretensión de los hombres de callarse a sí mismos. Las ciencias humanas formarían parte de esta tentativa, núcleo esencial del dogmatismo, de silenciar la cultura. O de llenarla de palabras vacías, hijas del relativismo y el eclecticismo, nuevas máscaras del dogma
    5. Da igual. El objetivo es que lo imposible deje de ser acosado o deje de ser advertido. Y es aquí donde el psicoanálisis debe desplegar todas sus energías. La ética del psicoanálisis, los fundamentos mismos del discurso fundado por Freud sólo se sostienen en la lucha contra el relativismo y el dogmatismo. Sólo se sostienen llevando al extremo la premisa de no decir la Verdad sino "provocarla para que ella diga. Renunciando a los actos de lenguaje que pretendan impostar o hacer semblante de verdad.6"
    Pensar a la Verdad de esta manera, ubicarla en el lugar de la causa entendiendo a ésta como lo que se sustrae a la uniformidad de la ley (científica o jurídica, en este plano es indistinto) implica analizar cómo se piensan las relaciones entre formalización y acontecimiento. Entre la singularidad del caso y la universalidad de la ley. Es este otro punto de desacuerdo entre el psicoanálisis y las disciplinas psicológicas y psiquiátricas.
    Pensar a la Verdad de esta manera, ubicarla en el lugar de la causa entendiendo a ésta como lo que se sustrae a la uniformidad de la ley (científica o jurídica, en este plano es indistinto) implica analizar cómo se piensan las relaciones entre formalización y acontecimiento. Entre la singularidad del caso y la universalidad de la ley. Es este otro punto de desacuerdo entre el psicoanálisis y las disciplinas psicológicas y psiquiátricas.

    o Formalización y acontecimiento

    Psicología y psiquiatría construyen modelos, hábitos de conducta, cuadros clínicos, tipos de personalidad, sistemas de relaciones, etc. El objetivo de estos modelos sería, al decir de Comte, "saber para poder prever". Encontrar los rasgos comunes a toda patología serviría de guía para la práctica terapéutica. La ilusión sería arribar al momento donde todo en el campo, esté explicado de antemano. Encontrar tantas leyes, conceptos y características donde todo rasgo singular sea explicable por lo general. Ilusión sostenida desde el supuesto del individuo como caso particular de un orden universal, tarde o temprano aprehensible por el saber científico.
    Por otro lado, el psicoanálisis, lo hemos leído, opera sobre el sujeto de la ciencia. Sujeto que es forcluído por ésta para poder constituirse como tal. La ciencia sería la ideología de la supresión del sujeto. Y el psicoanálisis operaría sobre lo que la ciencia forcluye. ¿Qué consecuencias conllevaría todo esto? Primeramente, reconocer que toda ley se funda en una falla que la constituye. No es sin ese sujeto, que queda fuera de su dominio al tiempo que lo funda, que la ciencia puede constituirse como tal. Por lo tanto, hay algo que siempre se sustrae a todo intento de formalización. Este algo no se ubicaría "más allá" la formalización sino que sería su condición de posibilidad. Se puede formalizar, con la condición de fracasar en el intento. Lo cual, por supuesto, no nos dispensa en absoluto de la necesidad de hacerlo.
    Ahora, es justamente esto lo que toda psicología que se reclame científica debe desconocer. El psicoanálisis, por el contrario toma la vía de trabajar sobre la singularidad. No pensemos que por esto, es una teoría más abarcativa, ya que tampoco se trata de ello. Lacan va a decir la cuestión no está en "explicar porqué su hija está muda, pues de lo que se trata es de hacerla hablar". Intervenir para producir un cambio en la posición subjetiva en el analizante, un cambio incalculable de antemano en sus efectos, generar las condiciones propicias para la emergencia del acontecimiento.

    Creemos que estos puntos de desacuerdo entre psicología y la psiquiatría y el psicoanálisis, el lugar de lo normativo en la clínica, las relaciones entre teoría y práctica y las relaciones entre la formalización y el acontecimiento permiten trazar las coordenadas que definen una ética diferenciada del psicoanálisis respecto de los otros discursos sobre lo mental. A nuestro entender la originalidad de la experiencia que Freud inaugura es circunscribible a una ética. Una ética de lo inacabado e inacabable del deseo, una ética por tanto de la sustitución metonímica erigida en motor de la dinámica de la historia. La pregunta que se desprende por consiguiente es ¿qué política puede ser pensada como ejercicio de esta ética?

    Psicoanálisis y Política

    Entendemos que pensar que el psicoanálisis supone una política, no significa en absoluto erigir al psicoanálisis en una cosmovisión, situarlo en el lugar del Ideal. El psicoanálisis, como dijimos, no tiene la voluntad de decir la verdad sino de lograr que ella hable. Por lo tanto, del psicoanálisis no se deduce una sociología (un saber normativo sobre la organización social) sino una política. No una política en abstracto, trasladable a cualquier experiencia, sino una política de la especificidad de las intervenciones del psicoanálisis, que es el lugar desde donde incide en la lógica colectiva de la comunidad. Es necesario en este punto aclarar dos cosas. Primero, y como veremos más adelante, toda práctica humana es social, no existen prácticas no-sociales, no inscriptas en el lazo social de una manera determinada. Por lo tanto la clínica tradicional, la práctica de consultorio también incide e interviene en la comunidad. Se trataría de pensar de qué manera lo hace.
    Segundo, en relación al debate sobre la neutralidad en psicoanálisis, creemos fructífero partir del planteo que hace E. Galende cuando dice que "Es necesario no confundirse un cuanto a un abordaje psicoanalítico de las cuestiones sociales o políticas. Ningún discurso sociológico o político puede colmar la cuestión de la especificidad del real analítico, que encuentra su expresión en la fantasía inconciente y la transferencia. De igual modo el discurso analítico no puede recubrir la totalidad del campo social o político. Sólo en la medida que este campo contiene una dimensión subjetiva actuante se genera la pertinencia de una interrogación analítica.
    7" En consecuencia, las reflexiones en torno a las relaciones del psicoanálisis y la política se orientarían más bien a interrogarnos sobre cuál es la política del psicoanálisis que a realizar un psicoanálisis del acontecimiento político. No se trataría de un abordaje psicoanalítico de la política sino de una reflexión sobre las dimensiones políticas presentes en la praxis analítica.
    Por tanto, la neutralidad en psicoanálisis (esto es, dejar vacío el lugar de la verdad como causa, no incidir sobre las orientaciones de sentido de las construcciones que en análisis se producen, en suma, no desarrollar la clínica con criterios normativos) no debe ser confundida (y sería por otra parte completamente incompatible) con una supuesta neutralidad del psicoanálisis que implicaría negar su incidencia en la comunidad, su estatuto de discurso fundante de un tipo de lazo social, su relación con los otros discursos que atraviesan el campo social, las disputas por el sentido que se lleva a cabo día a día en cada hospital, en cada dispensario, en cada aula, en este mismo lugar, etc.
    Si sostener una neutralidad política del psicoanálisis es denegar su estatuto de discurso, su carácter de praxis que interviene sobre un plano de las relaciones sociales entonces, llamados a explicitar esta política que el psicoanálisis intrínsecamente desarrolla de hecho arribamos al siguiente interrogante ¿cuál es la originalidad de Freud en relación a lo colectivo?
    Si nos remitimos a "Tótem y Tabú", leemos que la novedad freudiana consiste en asentarlo en relaciones libidinales. El asesinato del padre de la horda primitiva sella el primer lazo social entre los hermanos. Si bien la causa del parricidio es acceder al goce que el padre monopoliza, el acto establece simultáneamente la ley, la prohibición del goce que se inventa en ese padre mítico.
    La masa sirve así para paliar la falta de goce, buscándolo en relación a la imagen del semejante, siempre defectuosamente, es decir, siempre sintomáticamente, en el malestar y el fracaso.
    Así podemos pensar lo colectivo como formación del inconciente
    8 , lo que permite superar la vieja dicotomía entre lo individual y lo social. El individuo como unidad autorreflexiva (el yo de la psicología) es, en efecto, producto del lazo social, identificación con el otro colocado en el lugar del Yo ideal. Pommier lo plantea de esta manera "El sujeto no puede verse a sí mismo, encuentra su propia imagen en el semejante y constituye así la masa. Puede hacerlo sólo gracias al líder, quien, en términos freudianos, delimita el lugar del ideal del yo. La masa comienza con dos personas que intercambian sus reflejos (lugar del Yo ideal) y el montaje del estadio del espejo, en la medida en que es recíproco, permite comprender su funcionamiento.9"
    El individuo, lejos de preexistir a la masa, es al contrario producido por ella. La "persona" es el resultado de su relación con el semejante.
    Es importante aquí distinguir tres términos, individuo, sujeto y lazo social. Decíamos más arriba que podemos pensar a lo colectivo como formación del inconciente, por tanto, es la división misma del sujeto (su incapacidad para decir-se, para decir la verdad toda sobre sí mismo sin toparse con el ombligo del sueño) la que busca en el lazo social su solución. La constitución del lazo social produce al individuo, el yo (moi) autónomo como totalización imaginaria. Individuo que depende del reflejo fraternal del semejante, a condición de que exista un amo que "asegure" el equilibrio del goce, evitando que el lazo social estalle como un artificio construido por espejos que se reflejan a sí mismos. El individuo por tanto "le debe todo a la masa y al amo y no podría separarse de ellos. Pero, como sujeto del significante, el sujeto se opone precisamente al amo.
    10" Esta topología del vínculo social, que disuelve las oposiciones entre individuo y sociedad permite pensar las articulaciones entre las producciones subjetivas y lo colectivo en otros términos. Si bien, por una parte, nos indica la alteridad irreductible de la subjetividad a lo colectivo (desmitificando toda ilusión cientificista de reducir lo particular a lo general), por otra parte echan por tierra cualquier posibilidad de identificar a la subjetividad con un individualismo que estaríamos en condiciones de denominar metafísico en tanto supone una esencialidad positiva anterior a la constitución del lazo social. Por lo tanto, la misma noción de sujeto del psicoanálisis devela la falsedad de las premisas sobre las que se sostiene el individualismo liberal, y nos conduce a pensar la ética y la política no como opciones "individuales" o "privadas" sino como productos de una manera de constituir las relaciones sociales y del lugar específico que se ocupe en las mismas. Se hace por lo tanto necesario interrogar la psicoanálisis como discurso articulador de una modalidad del lazo social, en su relación con otros discursos actuantes en la constitución del campo social.
    Jorge Alemán plantea la necesidad de pensar a la praxis analítica en torno a lo que del sujeto se articula con el goce, ubicado más allá de lo que el significado paterno organiza de la posición subjetiva. En este sentido es que dicho autor recupera el momento de la enseñanza de Lacan en la que el mismo elabora una teoría en la que ubica el discurso psicoanalítico en una relación de sincronía estructural respecto de otros tres discursos (del amo, de la histérica, universitario). De esta manera Lacan conduce al psicoanálisis a asumir el desafío político que implicaría pensarse en relación a estos discursos. Interrogar las nuevas formas de aparición del síntoma social, las nuevas formas de malestar propias de la actualidad es una de las demandas más urgentes que la clínica misma impone al desarrollo teórico (considerar la emergencia de nuevas problemáticas clínicas como el fenómeno psicosomático, la hipocondría, los efectos de la exclusión social en la constitución subjetiva, etc.). Por tanto, analizar la estructura del discurso Capitalista actual, entendido como perversión del discurso Amo, es fundamental en tanto es la causa de una subjetividad que encarna un modo de gozar que rechaza el paso por el inconciente. Jorge Alemán se pregunta hasta dónde puede existir el Psicoanálisis bajo las actuales formas del discurso capitalista. Y recuperando un punto anteriormente planteado, podríamos también preguntarnos hasta dónde la búsqueda de sentidos en psicoanálisis, circunscripta hacia el interior, un interior ilusoriamente depurado, no está dirigida por la influencia misma del discurso amo, S1, hipnotizador y obturador de la verdad del deseo.
    La técnica en la que se sustenta el Capitalismo, promueve desde su propia esencia la supresión de un sujeto que el psicoanálisis recuperará dando validez a la tesis heideggeriana sostenida que reconoce en el peligro mismo del olvido del ser la posibilidad de un modo distinto de desocultamiento del ente. Una recuperación de dicho sujeto, a partir de la no naturalización de la forclusión que la técnica sobre éste opera. Si entendemos al discurso capitalista como una tentativa de borramiento de las diferencias, es que podemos ubicar a dicho obstáculo del lado de la neutralización de aquel malestar que la diversidad siempre generará, aún contra ataques estériles del discurso único. "Las faltas del saber, que son faltas también del ser, no impiden sino que posibilitan un advenimiento de la Verdad
    11" . Es desde aquí desde donde interrogamos al psicoanálisis en la búsqueda de la posición del analista en una praxis que, contra los intentos de totalización, se construya en las redes discursivas que teje el malestar. No debe dejar de advertir "el nuevo paisaje del goce, que la técnica y el mercado han cristalizado... y de evaluar hasta dónde la presencia del objeto técnico colabora con el 'cierre del inconciente 12'" . Nuevamente nos preguntamos ¿qué tipo de intervenciones deberán crearse, desde el trabajo con la diferencia, el malestar, el síntoma, para evitar dicho cierre cuya metáfora más elocuente se encuentra en el hermetismo del campo de concentración?

    Psicoanálisis más allá del diván

    Lo que nos autoriza a hablar de una práctica ubicada en un más allá de los límites del consultorio privado no es el porvenir de ninguna ilusión sino más bien un elemento que define al desenvolvimiento histórico mismo de la práctica analítica.
    En 1918, W. Reich funda en Viena el primer centro de Higiene Mental, orientado y atendido por psicoanalistas. Contemporáneamente, en EE. UU. y Francia se abren los primeros centros. Por la misma época, Ferenczi trabaja en los ajustes del método analítico para su implementación en los hospitales públicos. Un psicoanálisis abierto al pueblo y accesible al conjunto de la sociedad fue el objetivo de los primeros psicoanalistas, incluido Freud
    13. Ahora bien, el hecho de que el psicoanálisis ocupe desde un comienzo un sitio en las instituciones de salud mental no implica que el mismo haya devenido en un sustituto del control ejercido por la psiquiatría, en una suerte de nosografía actualizada.
    La ética del analista en la institución se define a partir del acto de asumirse no como analista de la comunidad sino como analista en la comunidad. Las intervenciones del mismo en este marco se registran en la cuanta del decir, dimensión en la que se pone en juego el sufrimiento al que se intenta subjetivar como modo de particularizar el síntoma social. El analista debe promover la participación de la comunidad y no creer ilusoriamente que posee la capacidad de otorgarla en tanto no se puede otorgar lo que la comunidad ya tiene potencialmente. Se trataría de producir un pasaje de la alienación a la separación, del silencio a la queja movilizada por la carencia. Las intervenciones se orientarían a permitir la emergencia de un discurso que no ignore la necesidad, a partir de la cual una demanda va a poder ser constituida.
    Nos gustaría finalizar este trabajo con una cita de E. Galende: "ser rigurosos, atenernos a la experiencia que funda la intervención analítica y nuestra concepción de los procesos mentales previene de dos modos polares de neutralización del psicoanálisis: la psiquiatrización/psicologización o el aislamiento filosofante. En síntesis, porque el campo de enfrentamiento entre el psicoanálisis y la institucionalización de la psiquiatría no es un espacio abstracto ni el terreno teórico de la metafísica. Se trata para nosotros de un enfrentamiento en el espacio concreto de las prácticas sociales y los modos teóricos de comprensión del sujeto y sus procesos
    14"



    1. Véase, como ejemplo, el artículo "Un psicoanálisis libertario", escrito por Alfredo Grande, publicado en Página/12 el 12 mayo de 1998.
    2. Alemán, J. Imaginario y Lógica Colectiva, Estudios Psicoanalíticos, pg. 12
    3. Freud, S. "El porvenir de una ilusión", Ob. Completas, pg. 2966

    4. Galende, E. Psicoanálisis y Salud Mental, 1994, pg. 63

    5. Una cuestión más sobre las relaciones entre dogmatismo y eclecticismo: la falsa oposición entre estas dos posiciones se diluye al considerar una ética común que las sostiene. Una ética que podríamos denominar ética de desvalorización de la palabra. Dilucidado este objetivo estratégico común, sus diferencias son puramente tácticas. El dogmatismo desvaloriza todo lo que se diga que se desvíe de la Verdad única. Mientras que el eclecticismo obtura todo debate posible igualando a priori todo enunciado. Ambos desestiman la posibilidad de que la realidad pueda ser otra cosa que lo que es. Ambos son invitaciones a callar y otorgar. ¿Para qué hablar si la Verdad ya ha sido dicha? ¿Para qué hablar si nada de lo que se dice produce alguna diferencia? Eclecticismo y Dogmatismo se revelan de este modo como partes constituyentes de una estrategia hegemónica de neutralización del pensamiento crítico y de la acción transformadora.
    6. Braunstein, N. Con-jugar el fantasma (los enunciados del analista), 1986
    7. Galende, E. Psicoanálisis y Salud Mental, 1994, pg. 56
    8. Pensar a lo colectivo como formación del inconciente supone refutar, desde el psicoanálisis mismo, la noción de inconciente colectivo, incompatible con la topología freudiana del vínculo social.
    9. Pommier, G. Freud ¿apolítico?, 1987, pg. 24
    10. op. Cit., pg. 28
    11. Galende, E. Psicoanálisis y Salud Mental, 1994, pg.57
    12. Alemán, J. Imaginario y Lógica Colectiva, Estudios Psicoanalíticos, pg. 12
    13. "Puede preverse que alguna vez la conciencia moral de la sociedad despertará y le recordará que el pobre no tiene menores derechos a la terapia anímica que los que ya se le acuerdan en materia de cirugía básica... Se crearan entonces sanatorios o lugares de consulta en los que se asignarán médicos de formación psicoanalítica", S. Freud, Los Nuevos Caminos de la Terapia Psicoanalítica, 1919 (1918).
    14. Galende, E. Psicoanálisis y Salud Mental, 1994, pg. 78