¿Son los lenguajes medios de comunicación?,
¿qué comunican los lenguajes?
Tendemos a responder fácil y rápidamente a esta
pregunta..., pero las viejas objeciones de
Gorgias resuenan todavía en nuestros oídos...
Lo real no puede ser pensado, ni dicho, ni
comunicado. Desde luego, las argumentaciones de
Gorgias, incluso tal y como las recoge
fragmentadas Sexto Empírico, son algo más que
sofismas. Resuenan no por lo que callan, sino por
lo que revelan... ¿Cómo puedo yo encontrar en
las palabras de los demás otra cosa que lo que
yo mismo pongo en ellas?, ¿cómo pueden
coincidir en un mismo comunicado dos hablantes
que son, por definición, heterogéneos?, ¿cómo
puede la palabra, hecha de sonidos, referirse a
cosas distintas de las sonoras? ¡Decirle a otro
lo que yo pienso realmente es como intentar
explicarle a un ciego de nacimiento lo que es el
color! (1)
Nunca saldremos del laberinto y del malentendido
si no suponemos la preexistencia de la ley, del código
previo, del orden de la conciencia en la cual los
signos pueden significar, porque nos hemos
desenvuelto como sujetos en ese juego de escuchar
y hablar. ¿Cómo nos comunica Gorgias la
incomunicabilidad lingüística del pensamiento?
Mediante símbolos lingüísticos que se recogen,
de traducción en traducción, en una larga
tradición simbólica. La palabra supone la
interacción comunicativa, aunque no sea
equivalente, al menos en sus orígenes, a las fórmulas
civiles de intercambio igualitario propias del diálogo
y el mutuo entendimiento, sino identificable con
aquellas más primitivas y urgentes del
imperativo y la expresión emotiva propias del
discurso persuasivo.
El lenguaje es, ciertamente, una institución
social; lo instituido por el lenguaje es la
conciencia misma de la realidad. No es concebible
una conciencia humana al margen del desarrollo
codificado de las facultades simbólicas de
representación, esto es, la conciencia es hija
de la imaginación verbal y de la memoria; es
ininteligible la construcción social de la
realidad sin la mediación de los lenguajes, esa
memoria social codificada. Es tautológico decir
que un sujeto sin palabra es insignificante. Esto
quiere decir que pensamiento, lenguaje y
sociedad, únicamente pueden ser analíticamente
discernidas como entidades diversas. El acceso de
la especie homo a la cultura es el resultado de
la concurrencia sincrónica de estos tres
factores ontológicamente indisociables. Dicho en
términos psicológicos: la facultad humana de
representación simbólica es fuente común del
pensamiento, del lenguaje y de la realidad social.
Desde la perspectiva antropológica, la división
y organización del trabajo favorecieron el
desarrollo de la cultura como ordenamiento
institucional del excedente de bienes y energía,
precisamente, cuando la interacción simbólica
lo permitió. Esta misma expresa un plus de energía,
como la voz que el tenista se da a sí mismo para
animarse.
La lengua modela el universo, pero hay que
alejarse de soluciones verbalistas o de la miopía
nominalista..., también la lengua tiene su
origen real en las fuerzas que intervienen en
este mundo, en los estímulos. Si distinguimos
entre cucarachas y árboles, ministros y parados,
vacas y triángulos, tocinos y velocidades, es
porque en la realidad física y social se nos
ofrecen estas clases distintas, lo cual desde
luego no limita en absoluto la infinita capacidad
del cerebro humano para establecer nuevas
distinciones, clasificaciones, relaciones,
oposiciones, o establecer nuevas identidades,
implicaciones, analogías, etc.
No está prohibido preguntarse si al margen de lo
perceptible y categorizable hay una realidad
incondicionada por la palabra e inmutable, o si,
por debajo de la realidad configurada como
conciencia por la interiorización de los
conceptos y preceptos y la adquisición de los hábitos
lingüísticos, hay algo preliminar e incausado.
Sea lo que sea lo que nos inclinemos a creer
sobre la "realidad en sí", más allá
y más acá de los lenguajes verbales e icónicos,
esa realidad no puede ser dicha, o, si alcanza a
ser dicha, queda simbólicamente condicionada...
Gorgias sonríe en su tumba... El ser no puede
ser agotado por el logos. Desgraciadamente, no es
posible salir del lenguaje para hablar de él,
sino echando mano de un metalenguaje, es decir,
de un nuevo código simbólico. Pero es que la
filosofía ha sido, históricamente, este
metalenguaje. La filosofía es el desarrollo de
la función metalingüística del lenguaje; esto
es, reflexión del verbo, aunque dicha reflexión
corre el riesgo de transformarse en especulación
vacía, mero cálculo de posibilidades lógicas,
esto es de hipótesis verosímiles, si no es
regulada por la función representativa. Hace
varios siglos que la ciencia le ofrece a la
filosofía algo así como un canon de
representación. Canon que es precisamente poco
eficaz allí donde la posibilidad juega tan
fuerte como la realidad, es decir, en el mundo de
las humanidades o de las ciencias morales.
Es posible, pues, un pensamiento que ordene el
lenguaje. Pero no es posible un pensamiento que
ordene el lenguaje sin decir lo que este muestra.
Por eso la lógica es el límite de la filosofía,
por delante o por detrás. La verdad lógica es
tan pura que carece de sentido, de fuerza
representativa. En efecto, ni conozco el "tiempo"
que hace ni sé qué ponerme cuando sé que es
absolutamente cierto que o bien hace frío o bien
no hace frío... Es difícil imaginar un
pensamiento representativo desprovisto de esos núcleos
resistentes o, al menos, de esas especies de
boyas flotantes que son las variables simbólicas
propias de la matriz del lenguaje común, a que
se agarra el pensamiento como un náufrago a su
balsa, alrededor de las cuales se organiza y en
que se apoya para progresar. Emile Benveniste
cita sobre este punto a Saussure: "Psicológicamente,
hecha abstracción de su expresión por medio de
palabras, nuestro pensamiento no es más que una
masa amorfa e indistinta..., sin las ayudas de
los signos, seríamos incapaces de distinguir dos
ideas de un modo claro y constante..., y nada hay
distinto antes de la aparición de la lengua".
Las palabras son necesarias para fijar las ideas
y las colecciones de ideas, siendo como lazos que
les impiden escapar(2).
Los esfuerzos para hacer del lenguaje una fuerza
más fundamental que la realidad social en que se
origina y evoluciona convienen en indicar que la
esencia del lenguaje no se reduce, en absoluto, a
su potencia para hacer patente lo pensado al
semejante, al próximo, al prójimo. El lenguaje
no es sólo comunicación, aunque lo sea
principalmente. Por el contrario, sólo cuando es
expresado por medio de signos cobra el
pensamiento su existencia determinada. Decir esto
no es más que recoger una de las ideas de la
antigua dialéctica platónica, la idea de que
pensar es seguir el movimiento del Logos, tradición
continuada por Spinoza y Hegel, para el cual
"la expresión no es un adventicio
aditamento emanado del arbitrio subjetivo, merced
al cual se torna comunicable lo interiormente
imaginado, sino que es el venir-a-la-existencia
del espíritu mismo, su representación"...,
lo cual es congruente con la venerable divinización
estoica y cristiana del Logos como razón
verdadera de la palabra recta(3). Es la regla
interior del diálogo como fidelidad a lo que es
justo reconocer o confesarse (García Morente) a
uno mismo... cercano también a la consideración
machadiana del pensamiento como diálogo con uno
mismo, congruencia con la verdad interior, dios
mismo en el corazón de los hombres, etc.
Pero las lenguas, los lenguajes en general, son
sobre todo métodos analíticos e históricos, no
calcan la realidad (ni siquiera la mera realidad
del sujeto explícito en sus roles sociales), ni
son las nomenclaturas universales de una realidad
invariable. Antes que servir para hacer ciencia,
el manejo de conceptos ya fue solidario del
lenguaje. Los significantes significan conceptos,
es decir, determinaciones universales... Por eso
decir no es esencialmente pronunciar palabras,
sino reconocer determinaciones(4). La construcción
social de la realidad no depende menos de los
lenguajes que éstos de la construcción social
de la realidad. En los últimos dos siglos la
filosofía y la filología no se han cansado de
repetir que cada lengua es un prisma que filtra
la luz de la conciencia y comporta una
determinada visión del mundo, de forma que
nuestra perspectiva está por tanto
predeterminada por la lengua que hablamos, pero
no se ha puesto el mismo énfasis en describir la
traducción de la realidad social en el ser del
lenguaje y la plasticidad del lenguaje para
expresar relaciones y sucesos reales, a pesar de
que los psicólogos saben, al menos desde Freud,
que todo signo es motivado, todo signo es síntoma.
Sin ser el pensamiento, sin ser la realidad, el
lenguaje, en su acción de significar, involucra
a ambos: el término es signo artificial del
concepto y el concepto es signo natural de la
cosa. Así la significación sería, para Aristóteles
y la tradición escolástica, la asignación de
un nombre al concepto de una cosa determinada.
Desde este punto de vista, el lenguaje es un
instrumento con el que trabajamos mentalmente o
comunicamos mecánicamente el pensamiento. He aquí
la semanticidad del lenguaje verbal, no significa
cosas, como los iconos, es un sistema de doble
referencia, en el cual, dada una unidad
cualquiera, dicha unidad es signo de una imagen
mental que es, a su vez, por sí misma,
representante de una cosa. No es posible igualar
el rango de esta condición del lenguaje como
sistema semiótico con ninguna otra(5).
Pero la distribución del orden del significante
y el orden de los significados dista mucho de ser
sencilla y simétrica. Sorprende sobre todo la
inconmensurabilidad con relación al orden de los
significados, como lo prueban los siguientes
hechos:
1. El sentido de la palabra más simple se
multiplica desde el momento en que intentamos
definirla. Esto es así porque el significado
referencial de una palabra o una proposición es
un objeto o un hecho del mundo, pero el sentido
referencial del discurso es su universo, es
decir, la realidad total en su unidad como
posibilidad lógica (la realidad fáctica, más
la moral, más la estética).
2. Lo que entendemos por sentido es
indudablemente una realidad metafísica y ello
aunque consideremos al entendimiento una potencia
orgánica (como ya hiciera Huarte de San Juan).
Saussure lo vio perfectamente: "El signo
vocal o escrito es una realidad física, por lo
tanto una especie de cosa; el sentido no es una
cosa; no tiene realidad física distinta del acto
por medio del cual la palabra significa"(6)
. Sin embargo, es difícil estar de acuerdo con E.
Gilson cuando dice que el pensamiento no está ni
en el espacio ni en el tiempo. Es posible que el
acto consciente y psíquico del sujeto no ocupe
espacio, o que, en todo caso, sea indiferente,
como estado mental del sujeto, a dicho campo;
pero, en todo caso, nos parece evidente que los
actos mentales -igual que la cadena sonora del
discurso- transcurren en el tiempo, y, en cierto
sentido oscuro y profundo, como vieron Séneca y
Enrique Bergson, el devenir de la conciencia es
el tiempo o la vivencia íntima de la duración
real(7)
Los estoicos ya distinguían entre la palabra
interior (imagen verbal) y la palabra proferida (lenguaje).
Pero, aunque todo el lenguaje interior sea una
palabra pensada, él mismo nace de otro
pensamiento o actividad mental anterior al
lenguaje. Ahora bien, ya hemos dicho que lo que
ocurre antes de la comunicación o autocomunicación(8)
no puede ser comunicado. Hay un pensamiento
anterior al logos inaccesible a la observación
cuya "experiencia" como pensamiento
prelógico sería de la especie de "todo-a-la-vez"(9)
, que podríamos suponer como de la misma
naturaleza que el psiquismo mudo del animal y del
niño, si es que el pensamiento no se confunde en
ambos con la pura acción orgánica, en el
sentido en el que el niño de un año sólo hace
lo que piensa y piensa lo que hace. Genéticamente
podemos, no obstante, considerar el pensamiento
como causal y temporalmente anterior (casi simultáneo)
a la concreción lingüística que le sirve de
forma. Resulta muy socorrido en este punto acudir
a Freud y su teoría del Inconsciente, de los
lapsus, del chiste... Aunque Freud, como cabía
esperar, se sitúa ante el lenguaje con la
actitud o perspectiva del psiquiatra, es decir,
analiza el lenguaje como síntoma de la vida
afectiva y los conflictos emocionales del
paciente. Por otra parte, la consideración del
Inconsciente como un lenguaje estructurado es muy
discutible, a no ser que entendamos por lenguaje
la salsa pseudotécnica y pseudomística,
oscurantista y críptica de un Lacan.
3. El lenguaje verbal es un sistema de doble
referencia y, de la misma que no hay ninguna
correspondencia analógica entre el significante
y la cosa significada, no hay tampoco analogía
alguna entre la naturaleza fónica o gráfica del
lenguaje y los conceptos, juicios, razonamientos,
del pensamiento mediante los cuales se significa,
entre el símbolo y las representaciones mentales
que suscita. Aquello que se dice no es nunca lo
que se dice.
Ya Tomás de Aquino(10) distinguía perfectamente
entre:
a) lo que es concebido por el intelecto (a cuyas
unidades mínimas llamaríamos hoy percepto,
imagen y concepto).
b) el verbo proferido sin voz "en el secreto
del corazón": 'verbum cordis'.
c) el modelo (exemplar): verbum interior, a
semejanza de la voz.
d) el verbo proferido al exterior: 'verbum vocis.'
¿Cuál es la naturaleza de ese verbum cordis?:
"Las palabras (voces) son los signos de las
intelecciones y las intelecciones son las
similitudes de las cosas"(11)
. La palabra significa el objeto que conoce el
entendimiento. Pero este objeto no es la cosa
misma (como suponía el idealismo cartesiano),
sino la similitud de la cosa en el entendimiento,
el modo de ser de la cosa en tanto que pensada.
La palabra designa la cosa misma formalizada por
el concepto.
4. El número de las unidades materiales de
cualquier lenguaje pueden ser divididas en
unidades más simples, significativas o no; pero
el pensamiento que expresan, el sentido mismo de
la palabra, no se presta a ninguna división. Es
así que podemos referirnos al sentido de "El
Quijote" o de un poema, quiero decir a su
sentido único; de igual forma que "el libro
de Pedro" es un objeto único.
Por otra parte, el número de las unidades
materiales de cualquier lenguaje es limitado, así
como el número de palabras, mientras que el de
los sentidos que hay que significar o pueden ser
significados es infinito, de ahí que muchas
palabras sirvan para expresar significados
diferentes. Sapir ha advertido que es imposible
hacer que se correspondan palabras y conceptos
uno por uno(12).
De lo dicho hasta aquí se infiere que el
pensamiento es por naturaleza esencialmente
distinto de su medio de comunicación. Aunque
dicha heterogeneidad no es tanta como para que un
pensamiento consciente de sí mismo pueda existir
a parte del lenguaje. Más que decir que la
palabra es signo del pensamiento, convendría
decir, más exactamente, que es su existencia
misma. "La idea no preexiste al lenguaje,
sino que se forma en él y por él". A estas
palabras de H. von Kleist, E. Gilson responde:
"sí, y a la inversa".
Creo que se ha generalizado la obsesión por el
lenguaje como una especie de cárcel del espíritu,
como ese cuerpo órfico sin el cual el sentido
podría volar más libre, aunque no desde luego
en este mundo que tiene por límite el lenguaje.
Es la posición que la filosofía ha heredado de
Heidegger y de la fascinación por el primer
Wittgenstein. Sin embargo, he aquí unas palabras
de Merleau-Ponty que me interesa oponer a dicha
obsesión:
"Tenemos que comprender que el lenguaje no
es un impedimento para la conciencia, que no hay
diferencia para ella entre el acto de alcanzarse
y el acto de expresarse, y que el lenguaje, en
estado naciente y vivo, es el gesto de continuación
y de recuperación que me reúne tanto conmigo
mismo como con el otro. Hemos de pensar la
conciencia en los azares del lenguaje y como algo
posible sin su contrario"(13).
Evidentemente, la posibilidad de que la
conciencia (una conciencia) se diera sin lenguaje
justificaría la ilusión mística de un sentido
no encadenado al símbolo, sin significado
contingente y, por lo tanto, irrepresentable:
"Hay un cierto lugar llamado 'yo' en el que
hacer y saber que se hace no son diferentes,
donde el ser se confunde con su revelación a sí
mismo, donde por tanto no es siquiera concebible
una intrusión del exterior. Ese yo no puede
hablar. El que habla (y el que entiende) penetra
en un sistema de relaciones que le suponen (determinan
y sujetan) y le hacen abierto y vulnerable"(14).
Es posible, desde luego, y hay muchas frases
hechas que lo corroboran, imaginar una idea en
busca de palabras en las que poder expresarse,
una intuición que da lugar a un tratado o a una
larga secuencia de fórmulas matemáticas o lógicas.
En la misma medida, si no menos, en que, por
desgracia, es demasiado corriente oír de
personas, que hablan para pensar, peroratas que
buscan ideas. El pensamiento mismo puede ser
consciente de que emprende una tarea a la vez
imposible y necesaria al tratar de formularse en
palabras. El habla es por eso, casi siempre, un
compromiso entre lo que se dice y lo que se quería
decir o se puede decir, donde las restricciones
son tanto de orden técnico, como artístico o
moral, ese compromiso con el orden social es la
realidad social misma. El pensamiento, todavía
no verbalizado, es extraño a eso que nosotros
llamamos orden o desorden, pudiéndose confundir
fácilmente con la inmediatez oscura e irracional
de la pulsión, la necesidad, la voluntad o el
deseo(15)
. Una cosa es querer, aunque se sepa querer, y
otra muy distinta poder pensar en el sentido lógico
del término... Nuestras ideas sólo pueden
existir en el juego de similitudes, relaciones,
oposiciones, contrastes, que descubre e inventa
el lenguaje; como la mente sólo existe, que
sepamos, encarnada; el pensamiento sólo vive en
el Logos.
Pero el lenguaje es una forma viva. Evoluciona.
No es un producto, sino, ante todo, creación,
producción, es un eterno productor de sí mismo,
en donde las leyes de la producción están
determinadas, mientras que la extensión y, en
cierta medida, el mismo modo de la producción,
permanecen enteramente indeterminados". Esta
es la noción esencial propuesta por W. Von
Humboldt(16)
y actualizada por N. Chomsky en su noción de
competencia lingüística: "aptitud
propiamente humana para expresar nuevas ideas y
de comprender pensamientos expresados de manera
enteramente nueva, en el marco de un lenguaje que
sea un producto cultural sometido a leyes y
principios que, por una parte son únicamente
suyos, y por otra, reflejan las propiedades
generales del pensamiento"(17). Todo
hablante inventa en parte el lenguaje de que se
sirve, ya que "las fórmulas lingüísticas
comprensibles y posibles dentro de las reglas de
una lengua son infinitas". Por eso el
virtuosismo de Lorca o de Baudelaire no es de
naturaleza distinta al virtuosismo del que
continuamente, cada uno de nosotros, estamos
dando continua prueba. Es una diferencia de grado
y contexto.
Es el impulso de los sujetos hablantes que buscan
entenderse (ensayan ser inteligentes) lo que
sostiene la invención en todo sistema de expresión,
sobre los gastados despojos de otro modo de
expresión. Para que una manera de hablar resulte
comprensible, es preciso que se la dé por
supuesta, que se la admita generalmente, que
tenga un análogo en otros giros formados sobre
el mismo patrón, pero al mismo tiempo, resulta
persuasiva si no es tan habitual que resulta
indistinta, para llamar la atención tiene que
diferenciarse de sus concurrentes.
Por eso Merleau-Ponty llega a decir que la lengua
no tiene límites ni estructura, puesto que su
sistema se entrelaza y entrecruza con otros
sistemas, y por eso no hay más que un único
lenguaje en devenir, no hallándose su poder ni
en el futuro de mutuo entendimiento al que se
dirige, ni en el pasado mítico del que proviene,
sino en ese presente en el que hace decir a las
palabras claves mucho más de lo que nunca
dijeron, sobrepasando el ser de la palabra para
darnos la ilusión de alcanzar las cosas mimas(18).
II. Lenguaje y realidad
"Debemos aplicar todo nuestro talento a
ponernos en condición de que no nos engañen las
cosas: las palabras no importan nada. ¿Qué me
importa que distingas entre palabras ambiguas que
a nadie embarazaron jamás sino en la discusión?
Las cosas son las que engañan: distínguelas:
confundimos el bien con el mal"
Séneca. Epístolas a Lucilio, XLV, trad. de María
Zambrano
Nietzsche escribió que el lenguaje es el puente
tendido entre lo eternamente separado; Bochenski
y otros han aceptado que la proposición es el
objeto directo de todo conocimiento. Nuestro
conocimiento está mediado por el sentido de la
proposición, porque no conocemos cosas sino
proposiciones que a ellas se refieren. En la
medida en que nuestra concepción de la realidad,
nuestro mundo, se decide en el saber de la verdad
y falsedad de las proposiciones, el sistema de la
conciencia coincidiría con el sistema de las
proposiciones.
Como veremos, se puede aceptar este punto de
vista sin caer en la vieja metafísica
prekantiana, pero es difícil librarlo del
formalismo idealista.
No conocemos el ser, ni objetos, ni siquiera fenómenos,
no conocemos las cosas en sí, sino que conocemos
proposiciones y aquello que figuran o representan
las proposiciones... ¿Qué es la proposición?
1. Desde una perspectiva que en principio se nos
antoja realista, la del primer Wittgenstein, la
proposición es un "estado de cosas" (los
signos) que figura o representa otro "estado
de cosas" (los hechos). "La proposición
es una figura de la realidad. La proposición es
un modelo de la realidad tal como la pensamos"...
"Pues yo conozco el estado de cosas que
representa si yo conozco la proposición"..."La
proposición, si es verdadera, muestra cómo están
las cosas. Y dice que las cosas están así"...
La proposición mostraría el aspecto lógico de
la realidad, pues la estructura de la proposición
es isomórfica con la estructura de los hechos:
"Una proposición representa la existencia y
no existencia de los hechos atómicos". Por
otra parte, "el pensamiento es la proposición
con significado". "La totalidad de las
proposiciones es el lenguaje" y "el
lenguaje corriente es una parte del organismo
humano, y no menos complicada que él"(19).
No obstante, "una proposición únicamente
puede decir cómo es una cosa, no qué es una
cosa". El aparente realismo de la teoría de
una identidad de estructura o isomorfismo entre
el lenguaje y la realidad parece dejar paso, en
otros pasajes de la misma obra que parafraseamos,
a un formalismo extremo en el cual el quid de la
"adecuación", la verdad ontológica,
resulta del todo inefable, es "lo místico",
que no puede ser dicho ni representado: "La
proposición puede representar toda la realidad,
pero no puede representar lo que debe tener de
común con la realidad para poder representar la
forma lógica"..., "lo que en el
lenguaje se refleja, el lenguaje no puede
representarlo", pues "los límites de
mi lenguaje significan los límites de mi mundo",
tendríamos que salir del lenguaje y salir de
nuestro mundo para especificar qué son, lo cual
es imposible. Sabemos que el lenguaje, o sea el
sistema de las proposiciones, está conectado
esencialmente con la realidad, que hay algo en
común entre su estructura y la estructura real
del mundo, pero aquello por lo cual expresamos cómo
son las cosas no puede ser ello mismo expresado.
Es decir, suponemos que la lógica del lenguaje
es la lógica del mundo, pero no podemos
explicitar la lógica según la cual se produce
semejante adecuación formal... Es como saber qué
significan los iconos del código de la circulación
sin conocer la razón en que el legislador los ha
fundado. De esta manera puede decir Wittgenstein:
"Mi pensamiento fundamental es... que la lógica
de los hechos no puede ser representada".
Como reconoce el mismo Wittgenstein del
Tractatus, "hay, ciertamente, lo
inexpresable, lo que se muestra a sí mismo; esto
es lo místico"(20), pero... "De lo que
no se puede hablar, mejor es callarse". La
proposición, en suma, en sí misma, dice lo que
hay y al decirlo dice también lo que no hay(21).
Pero de nuevo resulta pertinente echar mano de la
antigua dialéctica, esta vez es Platón quien se
levanta contra el sofista: la proposición no
puede ser sólo la descripción de un estado de
cosas o un hecho, por la sencilla razón de que
existen proposiciones falsas, proposiciones que
pueden ser comprendidas, proposiciones con
sentido y que, no obstante, no representan ningún
estado de cosas, figurando el no-ser.
El problema de la referencia de la proposición
elemental falsa es a nuestro entender decisivo
para comprender el sentido de la proposición y
hace muy difícil mantener una determinación
positivista del sentido del lenguaje. Si, como
afirma taxativamente Wittgenstein "la
proposición más simple, la proposición
elemental, afirma la existencia de un hecho atómico"...,
¿cómo entiendo la proposición falsa?, o bien,
¿qué entiendo en las proposiciones falsas?, ¿cómo
puede ser la proposición la descripción de un
hecho inexistente?(22)
, ¿cómo puede la proposición afirmar el "cómo"
de la nada fáctica sin dejar de ser una
proposición? Resultaría que la proposición
falsa describiría las propiedades internas de
hechos inexistentes... ¿cómo puede haber
entendimiento lingüístico donde no hay hechos?
¿Qué entiendo cuando entiendo una proposición
sin saber si es verdadera?
Si las proposiciones elementales describiesen el
mundo, entonces una proposición elemental falsa
describiría el mundo como inexistente, o quizás
describiría la existencia de un no-mundo. Al
final, la suposición mínima de las
proposiciones falsas coincide con la unidad del
sujeto que las formula, ¡él por lo menos sí
existe!, ¿o acaba también perdiendo existencia
el formulador de proposiciones sobre lo
inexistente? Queda también la suposición del
sujeto gramatical. Esta suposición sería
connotada por la dimensión pragmática del
verbo, la acción lingüística, aunque no fuera
de-mostrada, esto es, denotada o significada lógicamente.
¡Es muy difícil asegurar la validez del
universo lógico únicamente sobre el valor
referencial, positivo, de la proposición!...,
sencillamente porque la posibilidad y la realidad
no son isomórficas...o, dicho de otro modo, la
concepción positivista del significado yerra
porque no reconoce el potencial lógico y
creativo, expansivo, de la proposición y de sus
elementos: los conceptos.
La mención o referencia de los signos es
distinta de su significado, puede haber
significado, faltando aquella. El neopositivismo
no aceptaría tal cosa. Ha insistido
obsesivamente en que el verdadero significado de
la proposición simple o atómica es el hecho
referencial, o su apricabilidad (pragmatismo), o
su ámbito de verificación, o todo esto. ¿Cómo
cabría saber de qué es una expresión signo si
no es signo de alguna cosa? la filosofía actual
sigue arrastrando el peso de la descalificación
de las proposiciones que el neopositivismo
denunció como impertinentes, in-significantes o
como puros sinsentidos, para un concepto
restrictivo y hasta ingenuamente realista del
significado. Sinsentidos serían las
proposiciones sin referencia, verbigracia, las de
la metafísica, por cuanto ésta no respetaría
las reglas sintácticas del lenguaje al utilizar,
por ejemplo "ser" como un predicado
real...(23)
Caemos en pobres discusiones nominalistas, puesto
que por debajo de cualquier discurso subyace una
metafísica, un orden de los conceptos básicos y
de los principios elementales, ¡tanto más por
cuanto que la proposición no puede concebirse más
que como unidad metafísica, en el sentido de una
posibilidad ideal, un potencial creativo, una
idea regulativa, una ficción verosímil...!
El programa reductivo y cientifista del
neopositivismo estaba ya en Hume: Sólo son
aceptables como proposiciones bien construidas
las que describen relaciones entre ideas (matemáticas,
lógica) y las proposiciones fácticas de las
ciencias naturales. Pero el principio mismo no
está formulado en ninguno de esos campos a los
que se supone propietarios y mercaderes en
exclusiva del significado... Las objeciones al
planteamiento "empirista" pueden
multiplicarse:
En primer lugar, en todo lenguaje hay muchos
signos tales que no hay nada correspondiente a
ellos a lo cual pueda decirse que se refieran;
signos que, no obstante, pueden tener perfecto
sentido, ya que comprendemos lo que quieren decir
y son interpretables dentro de determinado campo,
nombres como "minotauro" o "sirena",
caracterizaciones como "el rey actual de
Utopía", no se refieren a nada que haya
existido en el pasado ni exista actualmente, al
margen de su representación (objetiva, por
ejemplo, en iconos). A no ser que ampliemos el
concepto de existencia a nociones tan peregrinas
como "existencias ficticias". Pero es
que, además, resulta difícil encontrar una
referencia objetiva para "verdad",
"amor", "igualdad", "cantidad",
"simpatía", "yo", "mente",
sin que quepa eliminar estos términos del ámbito
teórico para reducirlos al práctico.
En tercer lugar, para concluir que el significado
de las proposiciones de la física, p. ej., o de
sus términos, se identifica con la referencia a
hechos u objetos, habría que empezar por
demostrar la existencia "real" de las
entidades teóricas o constructos formales, tales
como "electrón", "agujero negro",
"singularidad", "energía negativa",
"partículas alfa", "fotón",
"materia", etc., inobservables
experimentalmente si no es como sujetos hipotéticos
(imaginarios) o supuestos útiles de los datos
experimentales, los cuales, por cierto, como se
sabe desde Kant, también son productos de
construcciones a priori.
No hay "hechos" sin categorías, esto
es, sin las suposiciones básicas del lenguaje y
sin la unidad implícita en la acción del sujeto
que juzga. Por consiguiente, hemos de distinguir
entre significado y referencia o acción
referencial. Lo significado es, primeramente, el
concepto mediante el cual se significa algo que
no puede ser mostrado sin el lenguaje. Esta
distinción es paralela a la distinción semántica
denotación/connotación y a la distinción lógica
extensión/intensión. El lenguaje como potencia
fecunda garantiza la mención o referencia a
entidades posibles como "el hombre de diez
metros de altura" e inconcebibles como
"el número de dos dígitos mayor de 99".
Tampoco la verdad analítica interrumpe el poder
significativo del lenguaje. Si así fuera sólo
existirían las proposiciones de las ciencias
formales(24). Ni siquiera es necesario que una
proposición exprese relaciones de orden interno
para que sea significativa. Es mucho más
relevante la suposición del otro, del receptor y
las condiciones de interpretación que le
atribuimos para cuanto decimos.
La proposición, con independencia de su valor
referencial, es ella misma un hecho del mundo. Es
real. Es interacción simbólica. Bien es verdad
que es un hecho del mundo de segundo orden, con
una naturaleza específica: versa normalmente
sobre algo que no es ella misma, pero las figuras
que describe no se refieren necesariamente a la
facticidad, sino a la posibilidad lógica, a la
forma ideal, no representan la realidad como se
da, sino que la expanden en mundo.
2. El significante material de la proposición es
el enunciado, es decir, una serie de palabras que
puedo afirmar o negar. Así "mi hija juega a
las damas chinas" es un enunciado. Pero la
proposición no es un enunciado, porque una
proposición puede afirmarse con distintos
enunciados; así, si digo "el manco de
Lepanto escribió el Quijote", digo
proposicionalmente lo mismo que si digo "Cervantes
es el autor de El ingenioso caballero don Quijote
de la Mancha; y, por supuesto, lo que se discute
científicamente no es la expresión lingüística
del enunciado, sino lo que el enunciado significa.
La proposición, el objeto inmediato del
conocimiento, no es el enunciado.
3. La proposición no es una mera operación del
sujeto, no es simplemente un juicio psicológico.
Se juzga sobre una proposición. El juicio es el
correlato psicológico, mental, subjetivo de la
proposición. Es perfectamente factible y
concebible que alguien enuncie proposiciones sin
juzgarlas al mismo tiempo, cuando leemos o
hablamos sin entender, afirmar o aseverar lo que
leemoso decimos, cuando nos referimos a lo que
han dicho otros. También cabe que enjuiciemos
formalmente un enunciado sin atenernos a lo
dicho, esto es, al significado o la proposición,
en un análisis gramatical, fónico o sintáctico.
Por consiguiente, la proposición no es la mera
descripción de un "estado de cosas",
no puede confundirse con su valor referencial, ni
es la expresión verbal significante (el
enunciado), ni puede confundirse con el juicio u
operación mental de afirmar o negar.
La proposición es una estructura ideal.
Y si tiene razón la moderna epistemología y la
proposición es el objeto inmediato del
conocimiento; si aprender significa saber que
determinadas proposiciones referentes al ser vivo
o a la historia del hombre o a los cuerpos físicos
son verdaderas o probables, si la razón
inmediata es la razón lógica, entonces el
objeto inmediato del conocimiento es esa
estructura ideal a la que llamamos proposición.
La ciencia no juega con hechos, sino con
estructuras ideales, o sea, con formas lógicas.
La proposición es el significado del enunciado;
"lo dicho" o "lo pensado" en
la actividad del juicio. Las ciencias son
conjuntos sistemáticos de proposiciones
inventadas y más o menos contrastadas y
coherentes, mediante la observación experimental
y el razonamiento.
Dejemos a un lado la inmaterialidad esencial de
la proposición y volvamos al signo. Tenemos pues
que el signo es enunciado con expresión verbal (sentencia),
escrito (inscripción) o no escrito.
a. El enunciado significa objetivamente una
proposición que representa un "estado de
cosas" existente (un hecho real) o
subsistente(25). Hechos subsistentes son hechos
ficticios o posibles, representaciones mentales,
etc. Así: "Un cuadrado es redondo",
"Dios es infinito", "Amor es el
anhelo de engendrar en la belleza", "las
sirenas confundieron a los compañeros de Ulises"
son proposiciones en sí, esto es, enunciados con
significado. De acuerdo en esto con la
fenomenología de Bolzano y Meinong.
b. El enunciado expresa de diferentes modos. Las
expresiones lingüísticas con sentido, es decir,
todo enunciado bien construido, puede ser de
diferentes clases: interrogativas, desiderativas,
imperativas y declarativas. Unicamente estas últimas,
susceptibles de ser verdaderas o falsas, pueden
ser consideradas como proposiciones lógicas. Una
frase del tipo "¡Sordos, oíd!", no es
una proposición, es una mera acción simbólica
que un sujeto ejerce sobre algo o alguien. No se
nos escapa que resulta difícil no reconocerles a
ciertas frases exclamativas, p.e., "¡qué
frío tengo!" un cierto valor lógico-proposicional.
Por otra parte, queda por dilucidar el valor lógico
de los enunciados que expresan creencias, del
tipo "Otelo cree que Desdémona ama a Casio",
"creo que Allah es todopoderoso". El
neopositivismo, siguiendo la tradición
consolidada por la obra de Hume, ha reducido
estos enunciados a los desiderativos. "Creo"
es en realidad un meta-enunciado y describe que
la proposición me afecta de un modo
sentimentalmente positivo. Es un hecho del mundo
que Otelo a-siente a la idea de la infidelidad de
Desdémona con Casio. La verdad de "su"
creencia equivale a la verdad de la proposición
a la que a-siente, pero no añade nada al valor lógico
de la misma.
El enunciado expresa subjetivamente un juicio que
afirma o niega una proposición como verdadera o
falsa, necesaria, probable, improbable...
Conviene observar que sólo la proposición puede
ser verdadera o falsa. Ya que el juicio no es una
figura lógica de la realidad, sino un acto
psicológico o mental, podemos hablar de juicios
sinceros o insinceros, optimistas o pesimistas,
pero no podemos hablar de juicios verdaderos o
falsos. La proposición denota o designa en la
concepción de Frege y Church determinados
valores de verdad. Este es su significado lógico.
La proposición se refiere en última instancia a
hechos, pero no significa hechos. Creemos haber
demostrado que el sentido de la proposición es
la expansión posible, formal, ideal y creativa
de los hechos. Ahora bien, en la medida en que la
función representativa de la proposición es la
principal desde el punto de vista de la ciencia,
sus signos han de entenderse en el sentido de
estar en lugar de ciertas cosas exteriores a
ellos mismos. El uso científico del lenguaje
siempre hace mención a lo que se muestra en la lógica
de los hechos, por eso el razonamiento científico
es idealmente de-mostración.
Sócrates, en el Crátilo platónico, sostiene
una teoría mimética del lenguaje. Como arte
imitativo, el lenguaje tiene un objeto propio: la
esencia de las cosas. Es extraño que el más
ilustre detractor de los poetas formule sobre la
esencia del lenguaje una teoría básicamente poética,
pues es precisamente en el lenguaje poético
donde alcanza un especial sentido la relación
analógica entre el significante y el significado.
La mayoría de las figuras poéticas buscan la
simulación o representación de la "vida"
dinámica y material de la cosa, su traslado,
transporte o figuración en la plástica sonora
del lenguaje. De nuestro análisis se sigue la
insólita conclusión de que la ciencia hace un
uso ideal del lenguaje, mientras que la poesía
hace un uso material del mismo.
Quede claro, a pesar de todo, que la metamorfosis
lingüística o verbal de la realidad estimular
en mundo, o sea, en sistema de signos, es la metáfora
originaria que también sirve de fundamento a la
ciencia.
No obstante, los signos, palabras, marcas o señales
del lenguaje humano (los términos lógicos) no
poseen ninguna relación esencial o intrínseca
con aquello de lo cual se toman como signos.
Semejante asignación o designación es
convencional, o sea "que lo que hace
interpretar determinadas marcas físicas como
signos es cierta convención que podemos elegir a
nuestro arbitrio o conveniencia"(26). La
"cárcel" del lenguaje ha sido elegida
socialmente, hasta cierto punto, estando como está
sometida a continuas reestructuraciones y
reelaboraciones por parte de la gente y de los
profesionales del logos: científicos, técnicos,
filósofos, escritores, creadores de opinión,
locutores, etc.
Para el sujeto que nace en un medio cultural,
dominado por los lenguajes naturales, parece
cierto, sin embargo, que los nombres de las cosas
no son simples convenciones, porque han llegado a
vincularse "naturalmente" con sus
respectivos objetos. Toda cosa parece traer ya
consigo su signo y su leyenda y el caos
perceptivo aparece originalmente codificado y
reducido a unidad. Pero por el modo "natural"
en que las cosas se nos aparecen ya vinculadas a
sus signos, hemos de entender aquí la fuerza de
la costumbre como "segunda naturaleza"
(moral) en la que nos instruimos personalmente.
El hombre concreto, desde luego, no crea el
artefacto-lenguaje, antes bien, es el artefacto-lenguaje
el que produce la conciencia social del hombre
histórico. La poderosa máquina del lenguaje es
también la segura jaula de las convenciones, de
los prejuicios, los clics(27), las categorías o
clichés coyunturales, las alegorías míticas o
simbólicas, los gestos publicitarios, los
preceptos y los tabúes... A este respecto, sería
más correcto decir que "el lenguaje se
habla en mí" que decir "yo hablo el
lenguaje", si no fuera porque el lenguaje no
alcanza su existencia sino al precio de una
reapropiación que incorpora la transgresión, la
innovación, la reforma.
Centro de trabajo: I.B. Fco. de los Cobos
Pza. Primero de mayo, Ubeda. Tlf.: 953756240
Artículo publicado originalmente en la revista Mágina,
1996
NOTAS
1. Los argumentos nihilistas de Gorgias de
Leontini sobre la inadecuación entre el
pensamiento y el lenguaje, o la incomunicabilidad
del conocimiento, los actualiza M. Merleau-Ponty
en su obra póstuma: La prosa del mundo, Madrid,
1971, pg. 31.
2. La misma idea se puede espigar en nuestro
Unamuno y en Condillac (Art de Penser, I, 6).
3. v. H. G. Gadamer, "Hegel y la dialéctica
de los filósofos griegos" en La dialéctica
de Hegel, Madrid, 1981, pg. 46-7.
4. Felipe Martínez Marzoa. Iniciación a la
filosofía, Madrid, 1974, pg. 35.
5. Aparece como séptima característica en la
completísima caracterización hecha por Sebastián
Serrano en La Semiótica, una introducción a la
teoría de los signos, ed. Montesinos.
6. F. de Saussure. Cours..., París, 68, pg. 115.
7. Séneca, Cartas a Lucilio, I, y H. Bergson,
Introducción a la metafísica, Buenos Aires,
1979.
8. Antonio Machado no se equivocaba cuando decía
que pensar es conversar con uno mismo.
9. Cfr. E. Gilson. Lingüística y filosofía,
Gredos, Madrid, 1974, cap. IV.
10. Tomás de Aquino. Quaestiones Disputatae: De
veritate, q. IV, art. I, Respondeo.
11. Aristóteles. De la interpretación, I, 16a3.
12. E. Sapir. Language, 1929.
13. M. Merleau-Ponty. La prosa del mundo, ed. cit.
pg. 43.
14. Ibidem, pg. 43-44. Los paréntesis son del
autor de este artículo.
15. Todos estos sentidos son recogidos por la
palabra alemana Trieb, que tanto utilizó Freud y
que ha sido traducida muchas veces, según
algunos críticos muy torpemente, por "instinto",
siendo muy discutible que en los seres humanos se
pueda hablar de impulsos instintivos, como en los
animales.
16. Wilhelm von Humboldt. Ueber die
Verschiedenheit der menschbichen Sprachbanes,
Berlín, 1836.
17. N. Chomsky. Current Issues in linguistic
theory. Chomsky reconoce que esta concepción
productiva o "ingeniosa" del
entendimiento humano como potencia orgánica
creadora y fecunda, tuvo su precursor en Huarte
de San Juan, v. "Contribuciones de la Lingüística
al estudio del entendimiento", en El
lenguaje y el entendimiento, Seix Barral,
Barcelona, 1977.
18. V. Merleau-Ponty, op. cit. 66-7 y 74.
19. Tractatus..., Madrid, 1984, trad. E. Tierno
Galván. 4.01., 4.021, 4.022, 3.221, 5.6.
20. Ibidem, 4.0312 y 6.522.
21. Javier Sádaba. Conocer Wittgenstein, Dopesa,
Barcelona, 1980, pgs. 47-51.
22. Tractatus, 4.21, 4.25, 4.023.
23. El reproche puede verse formulado por Kant en
su Dialéctica trascendental, 2,3,4.
24. Entendemos aquí por "proposición analítica"
aquella cuya verdad o falsedad puede determinarse
por la mera inspección de los significados de
sus términos. Es "a priori" y
necesaria porque no se origina en la experiencia
ni hace referencia a hechos, ejs.: "2 + 2 =
4", no (X y no-X), "el todo es la suma
de las partes", "Deus est ipsum esse".
25. El concepto es de Meinong, que define a la
proposición: "proposición significará lo
que se dice o puede decirse acerca de cualquier
ser que sea existente o subsistente. Cfr.
Untersuchungen zur Gegenstandstheorie und
Psychologie, 1904.
26. Marx Wartofsky. Introducción a la filosofía
de la ciencia. "Sistemas formales, modelos y
representación de los hechos", Alianza,
Madrid, 1981, pg. 167.
27. Cfr. André Martinet. Elementos de lingüística
general, BRH, Gredos, Madrid, 1974.
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