Feminidad y máquina: el cuerpo construido

    María Eugenia Esté



    Marzo de 1999

    En El malestar en la cultura, Freud desarrolla su teoría de que la cultura o el cuerpo social es tanto un mecanismo para satisfacer nuestras necesidades y procurarnos placer, como una manera de alejar o evitar el sufrimiento y las desgracias exteriores que vienen aparejadas con las fuerzas incontroladas de la naturaleza. La satisfacción de nuestras necesidades, que pasa por el despliegue ilimitado del instinto sexual y el instinto de agresión, puede convertirse también en causa de intenso sufrimiento cuando el mundo exterior nos priva de ella.

    La cultura actúa en este caso, pues, como un mecanismo de atenuación de los instintos, para devolverle al principio del placer posibilidades exentas de frustración y dolor. El alejamiento de las desgracias exteriores supondrá, por su parte, el dominio y control de la naturaleza para someterla a la voluntad del hombre, como miembro de la comunidad humana. Dominio y control de la naturaleza interior que, de acuerdo con Freud, debe culminar en el establecimiento de un robusto superyó o conciencia moral, es decir en la interiorización de la autoridad y la ley; dominio y control de la naturaleza exterior mediante la ciencia y la técnica que perfecciona los órganos humanos con el diseño y desarrollo de innumerables artefactos y prótesis, como sostiene Leroi-Gourhan, exteriorizaciones o exudaciones del cuerpo del animal humano.

    Pese a que en sus Lecciones introductorias al psicoanálisis, Freud discute las rupturas de las discontinuidades cosmológica, biológica y psicológica que en cierta forma han hecho estallar el ego del hombre, la concepción freudiana de la cultura conserva su antítesis respecto a la naturaleza. Cultura-naturaleza es un primer grupo binario que nos gustaría poner en cuestión, sosteniendo que los dispositivos tecnológicos contemporáneos se despliegan planetariamente como una segunda naturaleza, respecto a la cual nos resulta cada vez más difícil discernir su discontinuidad y su esfera ontológica diferencial, en relación con una supuesta naturaleza originaria y auténtica cuyo recuerdo yace vago y opaco en la oscura noche de los tiempos.

    Ahora bien, llama poderosamente la atención, sobre todo para un lector aficionado o desprevenido de Freud como yo, que en su antropología la mujer encarna, por una parte el fundamento "natural" de la cultura merced a las exigencias de su amor, y por la otra, una corriente hostil a la obra cultural. Esta se convierte cada vez más en tarea de los hombres - recordemos que sólo a los hombres les esta dada la apropiación del fuego, en tanto sólo ellos tiene la capacidad de extinguirlo con su orina - quienes en una asombrosa aritmética de la sexualidad, deben sustraer a la mujer y a la vida sexual una importante porción de energía psíquica a favor de los fines culturales. La mujer aparece aquí como la encarnación de la naturaleza, fundamento y oposición de toda cultura. El cuerpo femenino, dotado biológicamente para la gestación, es la naturaleza misma, una naturaleza de la que no puede escapar so pena de una feminidad inacabada. Tenemos aquí un segundo grupo binario que también pondremos en cuestión con la figura del cuerpo tecnológicamente construido.

    Sin embargo, más desconcertante para mí, como lector aficionado de Freud, es que el vienés ha tenido la virtud o la inconsistencia de mostrarnos que las características de la feminidad, aunque debidas a la ausencia anatómica de pene, sólo se desarrollan en el seno de un complejo social cargado de significaciones y valores. Por lo tanto, aunque existe un cuerpo biológicamente femenino en sí — aquel que tiene órganos reproductores y sistema endocrino aptos para la concepción - no existe feminidad en sí o mujer en sí. Lo cual no quiere decir que el concepto y su significación se construyan de espalda a los imperativos biológicos, de espalda a los umbrales etológicos propios de la especie y en este caso del género. Las coacciones originarias que constituyen el cuerpo del animal humano en general lo confrontan con su medio y lo obligan, para sobrevivir, a negociar — diremos técnica o culturalmente — con él.

    Podríamos afirmar, todavía con un poco de duda, que las exigencias fisiológicamente determinadas pudieron haber tenido incidencia sobre la especialización prehistórica de las tareas, caza masculina, recolección femenina, y esto a su vez sobre las relaciones de dominación entre los sexos. Con un ejemplo más contemporáneo diremos que el hecho de que la reproducción sexual necesite un óvulo y un espermatozoide es un imperativo biológico aparentemente ineludible; que ello signifique necesariamente intercambio sexual entre un hombre y una mujer es algo que las tecnologías de la reproducción se han encargado de superar.

    El filósofo nietzscheano Anthony Ludovici, en 1924 predijo que cuando la gestación extrauterina se hiciera realidad, el feminismo triunfante alcanzaría su cima y los hombres serían francamente superfluos. Ciertamente a muchos puede parecerles que esta es la consecuencia lógica de las prácticas de procreación artificial, pero el asunto tiene un abanico de efectos mucho más complejo; en tanto las derivaciones y trayectorias de un proceso tecnológico dependen de las prácticas en un campo social concreto. En el campo del feminismo, algunos sostienen que la ectogénesis es bienvenida en aquellos casos en los cuales la preñez no se produce por las vías normales, siendo de esta manera un método sustitutivo. Pero la tecnología ha alcanzado cierta popularidad entre la población homosexual femenina o entre aquellas mujeres que ven en ella una forma de consumar sus "instintos maternales" o su "maternal drive" sin comprometer sus fluidos corporales, y las consecuencias que de ellos derivan, con hombre alguno.

    Pensemos ahora en los efectos que estas prácticas pueden tener en tanto se trata de una descendencia tecnológicamente construida, y en relación con la definición del par hombre/mujer, o la idea que conecta el papel del hombre con la civilización y el de la mujer con la naturaleza; en relación con nuestra noción de familia, la definición del esquema parental, sus efectos sociales, económicos y jurídicos, el entorno social, y –una reflexión especial para psicoanalistas– con el triángulo edípico y sus secuelas.

    Sin querer negar la base fáctica o el conjunto de constreñimientos biológicos que ordenan la identidad, nos parece cada vez más evidente que los dispositivos tecnológicos contemporáneos y sus efectos sociales muestran cómo la identidad se construye en términos sociopolíticos antes que en términos biológicos. Un ejemplo de esta afirmación lo encontramos en el informe presentado por el Comité Nacional Australiano de Bioética, titulado Developments in the Health Field with Bioethical Implications, capítulo "Transexualismo y embarazo abdominal", en el cual los redactores sostienen que si el embarazo abdominal fuera exitoso en la mujer biológica, podría también serlo en el hombre biológico o en el hombre biológico que ha sido rediseñado como mujer. El embrión podría colocarse en el peritoneo –cosa que ya se ha hecho exitosamente en conejos hembras a las que previamente se les ha extraído el útero– donde sería retenido mediante la sutura de una especie de solapa o saco sustitutivo. El cuerpo del transexual, siendo un artefacto tecnológico, daría a luz un cuerpo cuya procreación y gestación estarían tecnológicamente determinadas, comprometiendo así una condición femenina en el cuerpo de quien fuera hombre en su pasado, y por supuesto, replanteando las definiciones de identidad sexual como prácticas sociales con consecuencias y efectos éticos evidentes.

    Pero también vamos en vía de superar la reproducción sexual, con lo cual el umbral biológico o etológico quedaría completamente franqueado. Lo cual nos recuerda que la tecnología, superando el mero proceso técnico, no produce sólo objetos técnicos artificiales o simuladores de la naturaleza, sino también y cada vez más objetos naturales tecnologizados –alimentos, órganos, animales, cuerpos humanos–, híbridos, simbiosis maquínicas de cultura, técnica y naturaleza.

    El proceso de hibridación va acompañado de un proceso creciente de miniaturización, para producir eso que Paul Virilio llama con bastante exactitud la intraestrucura; término con el que Virilio designa una esfera distinta de la superestructura y la infraestructura, donde la reciente miniaturización nanotecnológica favorece la intrusión intraorgánica de la técnica y sus micromáquinas en el seno de lo vivo. Desde las prótesis evidentes de miembros y partes mecánicas del cuerpo. Pasando por la sustitución creciente de órganos y tejidos naturales por minúsculas prótesis artificiales como marcapasos, córneas, lentes intraoculares, siliconas para los senos, colágenos para los labios, etc. Hasta los productos químicos y bioquímicos que estimulan toda clase de transformaciones físicas y psíquicas en el individuo, las biotecnologías capaces de poblar las entrañas del soma representan el salto a la posibilidad de un diseño tecnológico del cuerpo y la personalidad, y el fin del privilegio ontológico del cuerpo individual, del cuerpo propio definido conforme a un fenotipo heredado de padres y abuelos. Ya lo vemos en misses, artistas del entretenimiento y la televisión, y en deportistas, para compensar las "deficiencias" estéticas, los perjuicios de la edad, o las carencias en la fortaleza física; donde los modelos a seguir son cada vez más homogéneos y uniformes. Ya lo vemos en la terapéutica avanzada y en la medicina a pesar de los altísimos costos que todavía implican.

    Y más allá de tejidos y órganos, que representan si se quiere un nivel macromolecular, las investigaciones dirigidas a la elaboración del mapa completo del genoma humano supondrán un cierto dominio de la unidad genética, con fines que van desde la terapéutica de terribles enfermedades como la diabetes y el mal de Alzheimer, hasta la selección del sexo, la estatura, el color de los ojos y el cabello de nuestros hijos. Imaginemos entonces las consecuencias del proyecto cartográfico del genoma humano, inscrito en una constelación de valores que otorga predilección o jerarquía axiológica a determinada configuración sexual o racial, a ciertos rasgos fenotípicos en detrimento de otros, o que castiga con el rechazo social determinadas enfermedades de origen congénito.

    El cuerpo es el campo de inscripción de innumerables procesos biológicos, semióticos, cognitivos y sociales que construyen la simbiosis hombre-máquina. Y más que enfrentar lo humano con la máquina para indagar y evaluar sus correspondencias, sus prolongamientos, sus posibles o imposibles sustituciones, tratando de separar lo que pertenece en propiedad a la naturaleza de aquello que pertenece al orden artificioso de la técnica; una pragmática que dé cuenta de la tecnología contemporánea, sus procesos y efectos sociales, en relación con los distintos grupos e individuos que la experimentan y la usan, tiene como tarea fundamental hacerlos comunicara a ambos para mostrar cómo el hombre forma pieza con la máquina, o forma pieza con cualquier otra cosa para constituir máquina.

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