ANTROPOSMODERNO

CONVERSACIONES SOBRE EL PODER

(Una experiencia colectiva)

Volumen 1 de la Serie Conversaciones

Juan Carlos Marín

Editorial
Ciclo Básico Común/Instituto "Gino Germani"
Universidad de Buenos Aires’

Compilación, revisión crítica y notas:
Leandro Caruso, Nuria Fernández y Ana Pereyra
Responsable de la edición: Leandro Caruso

Diseño de tapa: Guadalupe Marín Burgin y Nicolás Geller
Esculturas: Guadalupe Marín Burgin

    Versión completa del texto



    “A los jóvenes que, interrogándome,
    me ayudaron a pensar.
    Espero que lo sigan haciendo”

    PRESENTACION
    Por Inés Izaguirre



    PROLOGO DEL AUTOR A LAS CONVERSACIONES

    Una primer advertencia: en gran parte, los diálogos que el lector encontrará a lo largo de estas conversaciones no obedecieron a una rutina rigurosa convencional, sistemática y acumulativa de reuniones, con las cuales tradicionalmente se logra un conocimiento científicamente riguroso; tampoco constituyen ni reflejan un modo académico y limitado de expresión en las reuniones que les dieron origen.
    Ni el origen ni el orden de estos textos resultan de respuestas a una unidad programática de interrogantes, previamente establecidos, sino que fueron, y así lo siguen siendo, tan sólo el producto de un intercambio del cual la transcripción y su articulación temporal obedeció a la lógica de la secuencia y al desenvolvimiento concreto de tales reuniones. Sobre ellas debo decir que tomaron forma a partir de las demandas que un grupo diverso de jóvenes latinoamericanos me fue presentando desde fines de la década del setenta -en 1978 fue la primera- en adelante. El registro y la transcripción de lo dicho en ellas fue difundido en un conjunto más amplio de personas, que luchaban de muy diversas maneras por reconquistar sus derechos políticos y civiles en sus diferentes países.
    Han pasado ya muchos años desde los primeros días de aquellos encuentros iniciales; releer este material es para mí una empresa difícil. Cada palabra entonces pronunciada amenaza con conmover mi memoria y hacer aparecer no sólo el contexto en el que apareció sino hacer surgir una enorme cantidad de digresiones y de casi infinitos desplazamientos; la tarea sería interminable y, si me arriesgara, daría posiblemente origen a nuevos e intraducibles manuscritos, no ya de viejas conversaciones sino de memorias fragmentadas y proliferantes.
    Pero, adicionalmente, hay una razón quizás más importante: esas transcripciones, en su forma actual, han circulado y se han convertido en una empresa colectiva que me trasciende, que ya no me pertenece exclusivamente; por dar un solo elemento de esa "colectivización", debo decir que la casi totalidad de las referencias bibliográficas que realicé durante el desarrollo de las conversaciones fue hecha "de memoria" y, gracias a una contribución excepcional y magnífica de otros jóvenes, que incorporaron otras rutinas de combate, esos textos consiguieron una brillante compaginación bibliográfica que muchas veces excede, en originalidad y vigor, mi papel de "memorioso ilustrado". Gracias a ello, estas conversaciones adquirieron un rigor mucho mayor.
    Otra precisión: los jóvenes que iniciaron las reuniones y sus preguntas no fueron los mismos que intervinieron en la búsqueda y recopilación bibliográfica, al menos no todos. Es más, casi siempre fueron otros, más jóvenes, convocados por la difusión inicial, quienes más contribuciones hicieron para esa recopilación. Unos y otros se articularon solidariamente de muy diversas maneras para lograr por fin construir este objeto cultural que ha tomado la forma de un libro.
    Por supuesto, estas aclaraciones, y otras que podrían hacerse, no me restan responsabilidad: hay mucho en el libro que es producto de mi especulación e imaginación; a veces llego, lo advierto ahora, al límite de la fantasía. En cambio, lo que haya de rigor es mérito de la artesanal paciencia y obstinada labor de aquellos que entraron con valor en el pantanoso bosque inicial de las conversaciones. Abriéndolo, lograron trazar con claridad senderos mucho más firmes por los que pudieron internarse otros más jóvenes que, aunque profanos, tenían en su favor una exigencia de rigor que les permitió avanzar con densidad en la reflexión, unos y otros juntos.Numerosas preguntas respondían a circunstancias sociales y políticas vividas durante esas décadas en diversos lugares de América, producto de la formidable expansión y extensión cualitativa de las relaciones sociales capitalistas en el continente. Los innumerables procesos emergentes descentraron y agotaron los modos de comprensión tradicionales de nuestra realidad social. Tuvimos que hacernos cargo de eso de tal modo que las primeras reuniones tuvieron lugar, por lo tanto, en un complejo clima cultural, social y político. Y si quienes interrogaban lo hacían a partir de historias e identidades culturales muy heterogéneas, que obedecían, fundamentalmente, a una cultura de archipiélago, los instrumentos conceptuales utilizados para la formulación de sus interrogantes eran producto de hipotéticas y coherentes imágenes de un enorme rompecabezas político cultural. En realidad, los jóvenes que se incorporaban a la resistencia, a la necesaria desobediencia debida a las dictaduras civiles y militares de las décadas del sesenta/setenta, recibieron infinitas piezas de complejos y amplios rompecabezas nunca armados. Lograr instalar -en esos jóvenes y en esos momentos- un modo de interrogarse diferente a los habituales, constituyó, en mí, durante esos años, permanentemente, una meta. Desde mi perspectiva, intenté atacar los modos convencionales y tradicionales que dominaban en ese período las maneras de pensar acerca de los procesos políticos y sociales, y cambiarlos. Fue en las respuestas donde busqué esa reestructuración teórica y conceptual intentando, luego, localizarla en determinados modos de reflexionar como desbloqueo de lo que gran parte de las corrientes del marxismo, en sus diversas expropiaciones burguesas de Marx, había confundido y oscurecido en relación con los procesos sociales contemporáneos. A lo largo de esos años, y de esas charlas, los escritos de Karl Marx hicieron de convocatoria y ejemplo simultáneamente, sin dejar de lado la contribución de muchas investigaciones científicas del siglo XX; ese enfoque posibilitó un conocimiento y una reflexión más rica, rigurosa y entusiasmante de nuestras realidades sociales. Por esa peculiar fuerza de comprobación que otorga el fuerte carácter empírico, y sistemático, de ese arsenal teórico, que se actualizaba en la comprensión de las acciones del presente, el pensamiento de Karl Marx se tornó imprescindible y actual para investigar el carácter social de los acontecimientos políticos inmediatos; se trataba de un desafío, el que todo proceso empírico riguroso formula cuando se abandona la especulación.
    En las últimas décadas, las instituciones académicas y la cultura científica, muy especialmente en el campo de las ciencias sociales, fueron reprimidas en toda América, de norte a sur. Inicialmente, eso estuvo a cargo de destacamentos policiales, siempre dispuestos a responder a las exigencias de las burguesías locales o regionales, heridas en sus intereses corporativos por el proceso social; luego, en la medida en que las burguesías se sintieron agredidas en sus valores, la represión se fue convirtiendo en un aniquilamiento militar, más dramático.
    Ambos momentos, y en diferentes escalas, generaron enormes lagunas culturales en el mundo y particularmente en América, como efecto de las interrupciones y la destrucción de las continuidades sociales.
    Conviene recordar que, desde la finalización de la llamada Segunda Guerra Mundial, había comenzado a desenvolverse, de manera embrionaria pero creciente, un movimiento intelectual democrático, progresista y radicalizado, en el campo de la cultura y la investigación en las ciencias sociales en el mundo; ese proceso se reflejó, también, en toda América. Por supuesto, era minoritario, sobretodo en su capacidad financiera, en relación con las grandes centrales culturales que dominaban y monopolizaban los más grandes recursos en docencia e investigación a escala mundial, pero eso no le impidió desenvolverse y crecer acumulativamente.

    Han pasado ya varios años y no se puede no convocar a los recuerdos para describir lo que ocurrió, al menos en nuestro país, en la enseñanza y la investigación de la sociología científica; pero si hay que recurrir a la memoria, no será en lo que tiene sólo y reductoramente de personal y subjetiva sino de experiencia colectiva, cada uno de nosotros es su memoria y la de un grupo.
    A partir del comienzo de 1958, empieza a funcionar en Buenos Aires, en la antigua Facultad de Filosofía y Letras, una Licenciatura en Sociología y se crea un Instituto de Investigaciones correlativo. En 1966, a partir de la llamada "Revolución Argentina", se cierne sobre ambas entidades un abierto proceso de amenaza y represión, vinculado por cierto con la situación represiva mucho más amplia que sufre la Universidad de Buenos Aires y el país en su conjunto. En 1973, en condiciones políticas nuevas, se intenta reinstalar o normalizar la disciplina pero ese objetivo, que podía ser compartido, no se logra en virtud de las condiciones sociales y políticas que configuraron una peculiar forma de violencia social que recorrió el país hasta 1983: una especie de acumulación primaria de represión que, en su reproducción ampliada, daría más tarde fundamento y forma al último gran genocidio argentino. Hacia 1985, se dibuja lo que sería la situación actual de la universidad, que refleja, sin lugar a dudas, todas las contradicciones presentes en la sociedad argentina. El pasado, del que llegan acechantes amenazas fantasmales, y el empobrecimiento incesante de la vida material, impiden tener las condiciones adecuadas para el desenvolvimiento universitario, sobretodo en lo que concierne a la investigación.
    Al volver a la Universidad, entre 1986 y 1987, nos encontramos con un territorio arrasado, frágil y descompuesto, teniendo que cohabitar, dentro y fuera de ella, con cómplices silenciosos del pasado inmediato, teniendo que soportar gesticulaciones culpabilizantes del tipo "no sabíamos nada, no nos enteramos de nada", como si lo ocurrido en nuestro país hubiera sucedido en los subsuelos infinitamente lejanos de un país más allá de los infiernos.
    El territorio universitario, en medio de los escombros, se poblaría de identidades diversas y en apariencia complementarias, el sobreviviente y los que regresaban, entre los cuales también había sobrevivientes, del mismo o de otro tipo. Lo menos que se puede decir es que aquellos compitieron con todas las armas contra muchos de los que regresábamos: cada vez que intentábamos alguna acción tendiente a reestructurar y reconstruir algo de lo perdido, éramos considerados por el conjunto de los sobrevivientes como casi... ¡aparecidos!
    Muchos de ellos habían perdurado, como sobrevivientes y, desde allí, habían logrado construirse una identidad para ellos sin tacha mientras que nuestra tacha era, para ellos, que habíamos ido a otros territorios buscando eludir la responsabilidad que ellos habrían asumido y la brutalidad de las confrontaciones dominantes.
    En su mérito, hay que decir que supieron cómo vivir y sobrevivir en tales condiciones. Por lo tanto, ¿por qué cambiarlas? ¿Por qué no dejarse llevar, en un movimiento inercial, hacia la reiteración infinita de lo mismo?
    El sobreviviente se convirtió, en consecuencia, en el guardián de las condiciones de su sobrevivencia al tiempo que ejercitó una rutina destinada a prolongar y completar inercialmente las tareas del pasado, sin saber demasiado qué lógica estaba siguiendo pero que estaba fundada, tal vez instintivamente, en la reproducción de su propia identidad. Creo que puedo afirmar que los elementos que la componían eran estos: 1. coadyuvar para que terminara de desaparecer una capacidad combativa social, personificada en muchos de los que regresaban. 2. impedir, en suma, la reaparición de una identidad.
    Pero fue justamente en ese punto que el sobreviviente se equivocó. Si su lógica era correcta en la confrontación con otros que regresaban, también como él, como sobrevivientes, aunque reproducidos en el exterior, resultaba equivocada cuando se dirigía a quienes buscaban consecuentemente los modos de proseguir una lucha. Estos existían, como era de preverse, y trataban de articularse con formas de combatividad persistentes, que nunca habían renunciado a sus viejos análisis ni a sus viejas determinaciones, nunca perdidas, mucho menos abandonadas, sólo a la espera de mejores condiciones para reaparecer, nunca cómplices de un movimiento inercial tendiente a su definitiva desaparición.
    Esos combatientes, cuya combatividad obedecía a una lógica ajena a la identidad de los sobrevivientes, eran la resultante y la personificación -en su identidad y en su acción- de la toma de conciencia de una teleonomía del desenvolvimiento de las condiciones sociales. Era uno de los modos en que se superaban con humanidad contradicciones inmanentes del desenvolvimiento y crecimiento capitalista del orden social. La determinación teleológica de los combatientes era una resultante y al mismo tiempo formaba parte reflexiva de la toma de conciencia de sus condiciones, no era la expresión de un voluntarismo ciego y mecánicamente prisionero de esas condiciones de existencia.
    Muchos de los que nos habíamos ido, lo habíamos hecho en razón de la búsqueda de mejores condiciones para prolongar, luchando, una identidad forjada en la decisión de superar humanamente contradicciones inherentes al ordenamiento social. También muchos de los que se quedaron, expresaron, en su momento, y de infinitas formas, una profunda e íntima articulación solidaria con esa compleja trama de luchas que se libraron contra la dictadura.
    Reitero e insisto: todo eso sucedió tanto con los que estuvieron adentro como con los que lo hicieron desde afuera. En realidad, lo que los sobrevivientes nunca comprendieron era que había un amplio abanico en las múltiples formas de enfrentamiento a la inhumanidad de determinado ordenamiento social.
    Desde esta perspectiva es comprensible por qué este libro no es estrictamente académico; no lo es por su modo ni por su origen. Y si se instala en la vida académica es porque es una respuesta al efecto perverso de un largo y profundo proceso represivo. Diríamos que es nuestro modo de expresar una contradicción inmanente.



    Juan Carlos Marín
    Octubre de 1995