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    APROXIMACION
    PSICOANALITICA A UN TEXTO DEL ESCRITOR
    ROBERTO ARLT 


    Escritor que, en el desecho, no fracasa 
    Un examen de las condiciones de posibilidad de la escritura, 
    a partir del análisis del relato “Escritor fracasado”, 
    de Roberto Arlt, cuyo centenario se cumple el martes que viene.

    Producción: “La producción inconsciente no es un perro atento a la voz del amo: es como esos animalitos vivarachos a los que la menor contrariedad aleja”. 


    Por Carlos D. Pérez

    Arlt postula una escritura del desecho; afirma que, en el crepúsculo de la piedad, no queda más alternativa que “escribir desechos de pena”. No la pena sino el desecho. ¿Puede afirmarse que hace cien años nacía el autor de Los siete locos? Decididamente no; ese autor nació en 1929, año de su publicación, por efecto de la obra. De otro modo creeríamos que desde la fecha del nacimiento biológico se carga el peso de realizar tal o cual destino. Es cierto que solemos malvivir con esa carga, una razón fundamental que bloquea la posibilidad creativa.
    El propio Roberto Arlt se ha encargado de poner en evidencia lo antedicho en una ejemplar narración titulada “Escritor fracasado”: desarrollando la lógica de un escritor fracasado, Arlt –el escritor– no fracasa. Llevados por la ficción de la lectura, creemos estar en la misma posición que el autor, cuando ocurre que nosotros entramos donde él ha salido. Extremando las cosas, puede decirse que todo escritor es fracasado hasta que logra escribir, y como nada garantiza que el éxito (en caso de haberlo) sea perdurable, luego debe reemprenderse la tarea. 
    “Nadie se imagina el drama escondido bajo las líneas de mi rostro sereno”, se lee al comienzo del cuento. Las primeras líneas dibujan el
    semblante del protagonista: un hombre mayor, del que no se dice la edad, recuerda el esplendor de sus veinte años, cuando emprendía un camino que se le antojaba soberbio, prometedor de la obra inmortal. Era la época en que hubiese podido exclamar ante los mediocres: “Vedme, canallas...; yo también soy un dios rodeado por grandes nubes y arcadas de flores y trompetas de plata”. Los hombres de treinta lo miraban con rencor, los camaradas le auguraban un porvenir brillante. Pero mientras vivía con ardor sus días, una imperceptible gotera cavaba en él una caverna, tan vacía como oscura, hasta producirle un desmoronamiento. Quiso retroceder, pero el orgullo se lo impedía, intentó avanzar, pero el horizonte se le estrechó hasta cerrarse. Para describir la desesperación de haber perdido el paraíso debía ser escritor, ¡pero amargamente comprobó no lo era! Dos años sin escribir una línea, la sombra vil de la eternidad perdida.
    Arlt llega a una primera puntuación: quien llevado por su ambición se había adelantado a proclamarse autor se torturaba con la incapacidad de redactar siquiera una línea original. No sabía encontrar; tampoco buscar.
    Para defenderse de las críticas que comenzaban a rondarle, cargó sus palabras con ironías agrias, y la gente se apartó de él. “Con esa malignidad en el movimiento de los ojos que hace tan repulsivos a los ratones, descubría lo ridículo donde nadie lo sospechaba”, dice de sí el protagonista. Resolvió permanecer en la superficie de las cosas, porque “únicamente los badulaques profundos le concedían importancia a lo que nacía de ellos”. Notemos la irónica habilidad del autor: los que se ufanaban de ser profundos eran meros badulaques, se necesitaba la valentía de mantenerse en superficie para desentrañar alguna verdad. Nietzsche, Freud o Lacan quizá hubieran refrendado la aseveración, pero al ser proferida por quien padecía una caverna en el justo sitio donde debía estar la sustancia de un gigante, la situación sólo expresaba una exasperada impotencia para producir algo en superficie, en la superficie de una hoja que permanecía en blanco. 
    A cambio de ello, el protagonista encontraba, en la superficie de su conciencia, “grietas que rezumaban amargo salitre de envidia”. El éxito de los demás era “una bagatela comparado con los que podía obtener yo explotando las posibilidades encerradas en mí”. Arlt presenta al protagonista de tal modo que no induce empatía. En vez de eso, estamos dispuestos a reconocer tal o cual aspecto en el proceder de otros, hasta que un sobresalto nos recorre: “Pero... ¡si ése soy yo!”. El hombre se prometió trabajar a destajo, porque a pesar de todo él era una esperanza, “y una esperanza sin proporciones es siempre superior a una realidad mensurable”. Indignado contra los propios obstáculos, pasó una semana recluido queriendo intimidar a la inspiración, amedrentar a lo inconsciente (que Arlt llama “subconsciente”); pero el resultado fue tan sólo una intoxicación tabáquica. Entonces se preguntó cómo podía ser que alguien que parecía un imbécil, incapaz de habilidad para sortear una provocación suya, escribiera con talento. Arlt ubica el dilema del escritor, que debe aceptar de la escritura que lo supere en inteligencia. Es preciso no envidiar el saber honroso o pervertido de los personajes, porque la producción inconsciente no es un perro atento a la voz del amo, es como esos animalitos vivarachos que la menor contrariedad aleja. Imposibilitado de esa renuncia habilitante, el hombre reflexionaba con amargura: “Mi concepto de lo armonioso y de lo bello rebalsaba en teoría muchas veces al que pudieran tener otros que sin necesidad de él creaban obras”, intuyendo que el odio o el desprecio hacia otros suele estar motivado por el afán de robo, aunque más no fuera el de un instante de anonadamiento liberador.
    Cayó en una evidencia, que constituyó en pretexto y justificación de su no-producción: “Cualquier estado de ánimo que pudiera expresar, cualquier trama que imaginara, la habían compuesto anteriormente a mí muchas generaciones de artistas, infinitas veces”. No se le cruzaba la idea de que, en vez de superar, podía hacer otra cosa, como la que solapadamente .sin aviso al lector– Arlt estaba haciendo al redactar este cuento.
    Acicateado por la ocurrencia de esa imposibilidad, se propuso escribir el decálogo de la no-acción. “Era necesario escribir ese libro de desolación frente a la eternidad, que cada corazón florecido en mirtos y con cantos de pájaros en sus oquedades se enfriara en el paisaje de mis palabras atroces; y entonces... yo... ¡quedaría únicamente yo!”. Al borde del desaliento, porque nadie sospecharía el esfuerzo que habría de insumirle la redacción del decálogo, prosiguió con el proyecto, interesando a revistas literarias que comentaron favorablemente la estructura de la futura obra. La propia mentira lo devoró y se lanzó a trabajar, como si el propósito de esa obra fuese verdadero. Pero no estaba loco del todo, el ánimo comenzó a decaerle, “las frases que escribía se atropellaban como abortos de pensamiento... no podía darse nada más estúpido que el trabajar sobre una obra en la cual el primero en no creer era yo”. Y mandó todo al diablo.
    Descubrió que su reiterado silencio de escritura se debía a que se había vuelto exigente. Anunció que escribiría la Estética del Exigente, “a base de un cocktail de cubismo, fascismo, marxismo y teología” (el lector puede, hoy, agregar las disciplinas en boga). Si bien logró acólitos, no tuvo eco en el gran público, pero eso no era problema. La opinión contraria lo galvanizó, al punto de proclamar, en su revista literaria: “De aquí en adelante no discutiremos. Distribuiremos razonables tandas de puntapiés y bastonazos”. Concluyó reconociendo que, salvo algún escándalo, no había producido nada. Tan sólo había girado en descubierto -.metáfora de cheque y de giro vital–, gastando a cuenta del nunca concretado talento juvenil. La opinión de sus seguidores no lo disuadió: “Tuve la dignidad de recibir a través de sus elogios la noticia de mi fracaso”. El, que había cavilado no para hermosear la vida sino para amargarla debidamente a los demás, abandonó la exigencia para convertirse en inquisidor. Y de inquisidor pasó a indiferente, hasta caer en la cuenta de los giros, de los agrios retornos que presenta el camino del fracaso.
    Debió confesarse que nada tenía para decir, que sólo fingía disconformidad con el medio en que actuaba, que era un burgués egoísta incapaz de indignarse seriamente. Entonces desembocó en la verdad final, esa que no admite argumento en contra: “¿Para qué afanarse en estérilesluchas, si al final del camino se encuentra como todo premio un sepulcro profundo y una nada infinita?”. Reencontraba, como destino, la caverna lentamente cavada en la sustancia de su orgullo. 
    Salido del ampuloso marasmo del protagonista, Arlt nos entregó esta narración, incitándonos a entrar en ella para asegurarse de estar fuera. Tal vez lo haya logrado, porque siguió escribiendo y describiendo “calles oscuras y parajes taciturnos, en contacto con gente terrestre, triste y somnolienta”, como dice en la dedicatoria del libro que incluye “Escritor fracasado”.


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