ANTROPOSMODERNO
El territorio discursivo del ?contexto latinoamericano? en el ensayo a partir de la Revolución cubana. Ensayando confluencias con la filosofía latinoamericana.
Mgtr. Susana Gómez

La ensayística latinoamericana surgida en los primeros años de la Revolución Cubana, tuvo el rol político de conformar un territorio discursivo desde el cual posicionarse para hablar acerca de los cambios que suponía, en palabras de Mario Benedetti, “el a

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Por Mgtr. Susana Gómez
Prof. Adjunta en Teoría Literaria,
Facultad de Filosofía y Humanidades,
Universidad .Nacional de Córdoba


La ensayística latinoamericana surgida en los primeros años de la Revolución Cubana, tuvo el rol político de conformar un territorio discursivo desde el cual posicionarse para hablar acerca de los cambios que suponía, en palabras de Mario Benedetti, ?el asalto a lo imposible?. Señalaremos que un hecho histórico no consta de un solo acontecimiento, ni en una suma de muchos, sino de un proceso que puede llevar, como en este caso, más de medio siglo. A juzgar por los textos de J. Martí, el territorio de América Latina como espacio identitario es redefinido constantemente desde finales del siglo XIX, una vez que se reconoce la necesidad del nombre propio que permita no sólo ubicarse para hablar y ser, sino también la posibilidad de ser señalado por otros; reconocido por un signo cuya semiosis pueda a la vez cambiarlo y mantenerlo intacto.
El problema del nombre propio acompaña a los ensayistas latinoamericanos ?periodistas, cronistas, filósofos, escritores, artistas- en su búsqueda de un ensayo que permita a la vez, hacer la prueba para dar entidad a su dicción y conformar a través de él una identidad.
Sabemos que el nombre propio es un elemento necesario para denominar el territorio discursivo desde el cual se habla y se lucha (Foucault); un espacio de convergencias enunciativas a través de las cuales se configuran las entidades y los objetos conformadores de nuestras identidades.
Asumiendo que también está constituido por una idea de América Latina a través de la cual hablarle a otro acerca de sí, la alteridad ?de donde sea que provenga, a veces de la misma geografía continental- resulta un vector que evalúa la palabra propia como ajena: hablar de sí, pensarse, erigir los conceptos a través de los cuales negociar sus implicaciones supone para el ensayista ser necesariamente un polemista. En Latinoamérica, hablar en modo de prueba no resulta sólo una propiedad definitoria de un género, hace alusión a una posición autor política capaz de montar los engranajes que llevan al diálogo y a la dialéctica. Ambos dinamizan los discursos, en la necesidad de una palabra propia, un gesto o una actitud que posibiliten pensar la situación y los problemas de los latinoamericanos. Hablamos de diálogo en el sentido bajtiniano de una respuesta en cada enunciado, por definición formulador de preguntas y cargado de una ética en la responsabilidad del hablante de ser escucha del otro para ser sí mismo. Dialéctica en las palabras de Leopoldo Zea:
?Cada filosofía, a fin de cuentas, no hace sino aplicar la negación dialéctica de que habla Hegel, la misma negación que pedía al americano para que dejase de ser eco y reflejo de vidas ajenas. Negación que es asimilación, autodevoración del espíritu. Ser lo que se ha sido para no tener que seguir siéndolo.? (1969, en: 1982, 38)

Leemos en 1970, casi como una respuesta, aunque no lo sea específicamente, una frase de Ambrosio Fornet, ensayista y sociólogo cubano quien emite un enunciado que responde al paradigma del discurso utópico:
?Bastó con abrir bien los ojos para descubrir lo que no éramos, pero para vislumbrar lo que queremos ser es preciso cerrarlos de vez en cuando e imaginar una ciudad futura, habitada por hombres para quienes la historia habrá dejado de ser una pesadilla y la libertad, la igualdad y la fraternidad meras palabras? (1970, 37)
Nos preguntamos por la función de un sociograma regulador de lo decible y pensable, que señala los límites para el verosímil político y hace actuar a los ideologemas, en los discursos sociales cuyas estrategias pretenden estabilizar ilusoriamente objetos y sujetos tendientes a un orden doxástico que se quiere común. Si es posible pasar de una reflexión crítica a una composición de lugar marcada por el olvido ideológico de los discursos utópicos latinoamericanistas, ¿porqué el ensayo latinoamericano subyuga y es subyugado por la seducción de los topoï ?lugares vacíos en los que cayó la noción de utopía- que fundan su argumentación?
Esto es lo que viene a nosotros cuando reconocemos a la ensayística que movilizó a Latinoamérica en el fin de las décadas del ?50 y hasta 1968 ?por poner un límite precario marcado por el conflicto suscitado en el caso Padilla en Cuba, que dividió aguas entre los escritores latinoamericanos-. Allí se construye la idea de un ?contexto latinoamericano?, que hace las veces de frontera entre los discursos acerca o desde Latinoamérica y sus textos. Frontera cuya zona de paso es permanentemente descripta por los intelectuales latinoamericanos que van ingresando a través de ella los ideologemas fundadores de una ?época? marcada por las tensiones entre los diferentes sectores sociales ante el reconocimiento de la ?realidad? latinoamericana. Asimismo, los significados identitarios del nombre propio salen a debatir su sentido en los ámbitos culturales: Esta es una época de movimientos culturales diversos, de reubicaciones en el campo intelectual y de experimentación estética.
?Contextualizarse? en Latinoamérica genera a la vez descubrimientos y clichés, sacudidas axiológicas que los escritores dejan permear en sus ensayos, haciendo cargo a sus lectores de una reflexión sobre la ubicuidad de una lógica propia para un pensamiento que se quiso propio. Surge en Carpentier una novela ensayística, Cortázar quiebra la lógica narrativa en Rayuela, Fuentes sacude al mundo con su Viaje a la semilla y Benedetti crea el Centro de Estudios Literarios de la Casa de las Américas.
¿Cómo se articularon los acontecimientos políticos con el discurso de sí latinoamericano, qué confluencias tuvieron lugar en el proceso de conformación del territorio discursivo de la palabra política? Veamos algunas de ellas:
En los ensayos latinoamericanos emerge la filosofía foránea cuya presencia en la prosa de ideas propone alternativas de modificación del universo conceptual a partir del cual pensar la relación entre los latinoamericanos y su espacio político. La presencia de Sartre, Camus y Fanon en los primeros años de la Revolución Cubana impactaron en los ensayistas que la apoyaron: el concepto de hombre nuevo, de tercer mundo y de colonialismo son citados por Benedetti, Fdez. Retamar, Cortázar, Collazos y otros, acudiendo a ellos para dar cuenta de una mirada sobre sí mismos que la literatura no había logrado reconocer hasta entonces. Nos preguntamos ¿Cómo fue posible oír las preguntas que se hicieron estos filósofos, preocupados por cuestiones que pudieron traducirse o transferirse a un pensamiento ubicado en Latinoamérica atravesando la alteridad intrínseca en sus propuestas? ¿Cuál fue el proceso evaluativo que los ensayistas políticos hicieron de ellos, mientras la filosofía se debatía por su latinoamericanidad como propiedad necesaria aunque insuficiente?
Una vinculación semiótica entre dichos conceptos, expresados en una tríada sígnica manifiesta en las metáforas o en el imaginario epocal expandido a otras textualidades. Veríamos una relación en la cual cada uno de ellos remite al otro, lo interpreta, interpela y resignifica. Cuando leemos lo que Salazar Bondy señala al reflexionar sobre Leopoldo Zea: ?resaltemos en este nuevo punto de vista el papel que desempeñan conceptos como los de interpretación, utilización y adaptación.? (1968, 93) notamos una operación filosófica compartida por la semiótica del discurso consistente en una triple relación en que el pensador actúa como observador de sus relaciones con el mundo, entendiéndolas en un proceso necesariamente social y participativo. La palabra del otro moviliza el sentido, ocuparse del otro es significar; por ello las memorias son identitarias y sus representaciones, compartidas.
Hablar de Latinoamérica, conforma un signo complejo cuya metáfora más común es la del árbol, recreada por Marx, por Trostky y hasta por Martí en Nuestra América: ?Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas!? (Martí:1891,en: 1997, 37). En este ejemplo accedemos no sólo un trabajo de simbolización que por literario que parezca es político, sino también a una memoria discursiva constituida a partir de una cadena de discursos que transmite históricamente una semiosis ligada al vínculo con la naturaleza, parte central del discurso decimonónico latinoamericano.
Vemos de nuevo al árbol en Cortázar:
\"¿Qué es la revolución? La revolución es un gran tronco que tiene sus raíces. Esas raíces, partiendo de diferentes puntos, se unieron en un tronco; el tronco empieza a crecer. Las raíces tienen importancia, pero lo que crece es el tronco de un gran árbol, de un árbol muy alto, cuyas raíces vinieron y se juntaron en el tronco. El tronco es todo lo que hemos hecho juntos ya, desde que nos juntamos; el tronco que crece es todo lo que nos falta por hacer y seguiremos haciendo juntos. [...](Discurso del 26 de marzo de 1980, en: 1995, 216)

Es interesante comprobar cómo las metáforas e imaginarios sociales se vinculan mutuamente y contribuyen al discurso político atando lazos entre la ensayística y la filosofía, como parte de una misma operación conceptualizadora que se enfrenta al lenguaje -los lenguajes- al intentar dar cuenta de relaciones fenoménicas u objetuales que los actos locucionarios no logran provocar. En este aspecto, nos vemos en inquietud acerca de signos comunes o pensados en común, ante una dificultad también compartida, muy presente aún: la idea de América se actualiza permanentemente. ¿Cómo se establecen estas relaciones entre signos y objetos en sí, cuál de las ?conciencias latinoamericanas? ha imperado en la lógica semiótica de los ensayistas que pretendían escribir como latinoamericanos, sin preguntarse en qué consistía tal subjetividad? La pregunta sigue vigente hoy.
En tercer lugar, una escritura en tanto acto de dicción política fundante. Dice Graciela Scheines que ?nosotros los latinoamericanos fundamos la patria en la escritura. Si no lo hiciéramos, aquí no se podría vivir? (1995, 195). Este enunciado, parecido a un axioma promueve la reflexión sobre la capacidad del discurso de erigir dialécticas de indagación, cuyos caminos en el territorio discursivo de Latinoamérica, invitan a explorarlas :
a) Entidad / identidad
b) Palabra propia / palabra ajena
c) Geografía / territorios discursivos
d) Presente político / futuro como historia, la utopía de América.
En este punto, compartimos con la filosofía algunas preocupaciones acerca de estos trayectos en los cuales las categorías del tiempo, del espacio, de la subjetividad ingresan en el sociograma definido por la idea de Revolución, imbuido éste por sus filiaciones también europeas. La caída de los últimos colonialismos permitió fortalecer las preguntas acerca de sí mismo en Latinoamérica. ¿Cómo se instala un estado de discurso social ?contextualizado en Latinoamérica? bajo conceptos bipolares de liberación / dependencia, de exterioridad / interioridad?
Los ensayistas nucleados en la Revolución Cubana gracias a la política cultural organizada por la Casa de las Américas, acuden a encuentros programados con la finalidad de erigir un discurso que hiciera las veces de la prosa de emancipación del siglo XIX. Durante la década se emitieron comunicados, se fortalecieron lazos entre los intelectuales, se realizaron polémicas que intentaban dar lugar al constructo ?identidad? en términos libertarios; se formalizó una prosa que fue leída como panfletaria y generó polémicas que permitieron centrar la atención en los espacios en blanco en el proceso de asunción del nombre propio. Una de ellas fue la que se creó entre Julio Cortázar y José María Arguedas a final de la década del ?60, movilizadora de la cuestión acerca del intelectual latinoamericano, su papel en la escritura como lugar de residencia de un pensar a Latinoamérica.
Las críticas que hoy podríamos hacerle como intento de crear un estado de cosas posible en lo imposible de los ideales de la revolución permanente estarían justificadas por el paso del tiempo el devenir de los movimientos económicos y geopolíticos ulteriores.
Bibliografía citada:

ANGENOT, Marc: La parole pamphlétaire, Paris, Payot, 1982
ARDAO, Arturo: América Latina y Latinidad. UNAM, México, 1993
CORTÁZAR, Julio (1980, en 1995): Obra crítica/3, Alfaguara, Bs. As.
FORNET, Ambrosio (1970, en 1971): ?El intelectual en la revolución?, en Literatura y arte nuevo en Cuba, Estela, Barcelona
MARTÍ, José (1891, en 1997): ?Nuestra América?, en: Política de Nuestra América, Siglo XXI, México
SCHEINES, Graciela (1995): ?Fundar la patria en la escritura?, en El ensayo iberoamericano,
UNAM, México
SALAZAR BONDY, A. (1968): ¿Existe una filosofía de nuestra América?. Siglo XXI, México
ZEA, Leopoldo (1969 en 1982): La filosofía americana como filosofía sin más. Siglo XXI México.



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