ANTROPOSMODERNO
Entre la democracia y el imperio.
Mauricio Márquez Murrieta

?Estados Unidos es el único país del mundo que cree que Estados Unidos es el único país del mundo?

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Entre la democracia y el imperio.
La suspensión de la ética y el goce obsceno de Bush

Mauricio Márquez Murrieta


?Estados Unidos
es el único país del mundo
que cree que
Estados Unidos
es el único país del mundo?

ARTURO MÁRQUEZ


?El poder no es algo que nos manda (ordena) despóticamente sino
algo que creamos
La Declaración de la Independencia de los Estados Unidos
ensalza esta nueva idea del poder en los términos más claros.
La emancipación de la humanidad de todo poder trascendente
se funda en el poder de la multitud para constituir
sus propias instituciones políticas y constituir la sociedad ?

MICHAEL HARDT Y ANTONIO NEGRI


Estos dos epígrafes ejemplifican la escisión interna que ha atravesado a Estados Unidos desde su surgimiento como nación independiente, hasta su constitución como potencia mundial hegemónica, a partir de la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, su tentación imperialista se ha visto mediada y, hasta cierto punto, contenida por los principios de respeto a la soberanía, libertad de las naciones y de resolución multilateral de los problemas internacionales.
Ciudadanos norteamericanos como Thomas Jefferson, Benjamín Franklin, Abraham Lincoln, Franklin D. Rooselvelt, Marthín Luther King, entre otros, son, hoy en día, universalmente considerados símbolos de la democracia, la libertad y la igualdad. Podría afirmarse, incluso, que el primer documento donde estos conceptos se plasman con claridad es la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica.
Sin embargo, en menos de tres años el gobierno del Presidente George W. Bush movió salvajemente el suelo sobre el que descansan estos símbolos y principios. Después de la Guerra contra Irak, impuesta no sólo a ese país sino al mundo entero con mentiras y falsos argumentos paranoides, el gobierno de Estados Unidos no ha sido capaz de presentar ninguna prueba de la supuesta existencia de las armas de destrucción masiva con que defendía la inminencia de un ?ataque preventivo?; sin ellas queda flagrantemente desvirtuado el principal argumento esgrimido para convencer a sus ciudadanos, y al mundo entero, de la ?urgente? y ?absoluta? necesidad de un ataque a todas luces desigual que costó la vida a miles de personas inocentes. En cambio, quedó evidenciado que sus propósitos reales no eran otros que los expuestos desde el principio por sus detractores y críticos : frenar la economía de la Unión Europea (re-incentivando, simultáneamente, la suya propia); recuperar, aunque fuera por la vía violenta, la hegemonía que ese país ha venido perdiendo, lenta pero evidentemente, desde la década de los años 70 ; fortalecer la posición del grupo de los ?halcones? dentro del grupo de poder estadounidense; controlar más férreamente el mercado mundial del petróleo ?con lo que simultáneamente ponía un freno a la economía europea, debido a su dependencia del petróleo proveniente del medio oriente, particularmente de Irak.
Lo increíble, es que mientras atacaba Irak, el presidente Bush aprovechó la distracción para privar a su país de muchos de sus logros sociales y políticos más importantes, como la libertad de opinión, la cual fue censurada al más puro estilo macartista. Sirviéndose del ataque a las torres gemelas , Bush estableció un gobierno cimentado en el odio y el miedo al Otro, la intolerancia y la prepotencia, que ha despojado, simultáneamente, a un sector importante del pueblo norteamericano de las los logros que le permite gozar de un modo de vida digno, justo aquello que teóricamente estaba defendiendo. Es cierto que George W. Bush no es el primer presidente reaccionario y conservador de la Unión Americana (no olvidemos a su padre), pero tal vez sí sea el que haya llevado más lejos una política imperialista e intransigente que raya en el fascismo.
Al respecto, resulta paradójico observar cómo, durante las últimas décadas, la industria cinematográfica estadounidense ha insistido hasta la saciedad en el carácter inmoral e ilegítimo de la guerra de Vietnam. Una y otra vez, una película tras otra, nos ha mostrado la sinrazón de esa guerra y el inútil sufrimiento que inflingió; una y otra vez se nos ha machacado hasta la saciedad con la imagen de la vergüenza que el pueblo norteamericano sintió (y siente) por las atrocidades y crímenes que su país cometió en aquella nación asolada por la pobreza y la violencia colonial.
Con todo ?y tal vez con impotencia ?los norteamericanos vuelven a presenciar la misma historia: vieron con todo detalle cómo su país atacó y bombardeó brutalmente a civiles inocentes , igual de inocentes que los fallecidos durante el ataque a las torres gemelas de Nueva York ; volvieron a observar impávidos como su país y sus principios les eran arrebatados de las manos por un personaje llegado a la presidencia a través de las elecciones más cuestionadas de la historia de su país y que ha cargado sobre sus espaldas y conciencias otra guerra sangrienta, absurda e injustificada.
La pregunta obligada es ¿por qué un país que se ha caracterizado por su cultura democrática y por la fuerza de sus instituciones republicanas, acostumbrado a limitar el poder de sus gobernantes, está permitiendo que esto suceda? ¿No se da cuenta? ¿O está pasando algo similar a lo ocurrido en la Alemania Nazi, cuando la gente optó por un gobierno autoritario a cambio de una imagen arrogante y autosuficiente de sí misma, canjeando sus miedos y complejos por ?certezas? y ?sentimientos de superioridad??
Aquí, como en otras ocasiones, el pensamiento de Slavoj Zizek resulta de gran utilidad. En su libro, El acoso de las fantasías, Zizek aborda el tema del antagonismo radical existente en toda sociedad y de la fantasía ideológica que tiene la función de ocultarlo, al tiempo que permite al sujeto un mínimo de acceso a la realidad . A propósito del fascismo escribe: ?...: el sueño fascista es simplemente tener el capitalismo sin sus ?excesos?, sin el antagonismo que causa su desequilibrio estructural. Este es el motivo por el cual tenemos en el fascismo, por un lado, el regreso a la figura del Amo ?el líder-? que garantiza la estabilidad y el equilibrio de la estructura social, es decir , quien nos protege del desequilibrio estructural de la sociedad; mientras que por el otro lado, la causa de ese desequilibrio se le atribuye a la figura del judío, cuya codicia y acumulación excesivas causan el antagonismo social. Así, puesto que el exceso es introducido desde fuera, es decir, es la obra de un invasor extraño, su eliminación nos permitirá recuperar un organismo social estable, cuyas partes formen un cuerpo corporativo armonioso, donde a diferencia del desplazamiento social constante del capitalismo, cada uno ocuparía nuevamente su lugar? (Zizek;1999:56-57).
Obviamente, Estados Unidos está lejos de ser un país fascista y su sociedad lejos de encontrarse atemorizada por la fragmentación del mundo capitalista. Por el contrario, ella es el producto más acabado del capitalismo y su principal representante. Sin embargo, las similitudes del discurso empleado por Bush, particularmente después del 11 de septiembre, encierra una gran dosis de contenidos y figuras retóricas que pueden ser identificadas con el fascismo, y a la situación actual puede encontrársele serias semejanzas con lo mencionado en la cita de arriba.
¿Acaso no podríamos sustituir al judío del discurso fascista nazi con el árabe fundamentalista en el discurso fascista de Bush? ¿No sustituyó el fundamentalismo árabe, desde fines de los 80 y principios de los 90, al comunismo como el enemigo fundamental del modo de vida americano, la ?democracia y la ?libertad? made in U.S.A.? ¿No resulta claro que los antagonismos sociales que se intenta ?suturar? (para emplear el concepto lacaniano utilizado por Zizek) a través de la construcción fantasmática del Mal en el discurso Bushiano, son los del resquebrajamiento social y la contradicción económica ocasionados por el capitalismo financiero? ¿No se está utilizando el fundamentalismo árabe ?dependiendo de las circunstancias, también el wet back mexicano/centroamericano, el coreano, la mafia china, el narcotraficante (siempre colombiano, mexicano, cubano o negro) ?como el otro culpable de los males que aquejan Norteamérica, convirtiéndolo en aquel que le impide alcanzar la ?armónica?sociedad ideal (idéntica a sí misma) a la que está ?destinada??
Por otro lado, hemos presenciado cómo el despliegue mediático y cibernauta de las atrocidades de la guerra y las manifestaciones multitudinarias en su contra ?ya no digamos en el mundo entero, sino tan sólo en Estados Unidos ?, así como la evidente oposición mundial, no lograron dar marcha atrás a la ciega obstinación de Bush por imponer su guerra a cualquier costo. No hubo imágenes, desplegados, argumentos, evidencias y denuncias que valieran para detener el curso idiota de los acontecimientos; el resultado no varió: la coalición bombardeó atrozmente Bagdad y asesinó civiles inocentes ?niños, abuelos, madres y familias enteras incluidos ?; arrasó con un ejercito supuestamente poderoso que resultó de pacotilla (contra el americano, por supuesto); impuso un sitio y un gobierno militar ilegítimo en un país soberano y, ahora, intenta apoderarse de su petróleo, haciendo caso omiso tanto de la comunidad internacional, como de los mismos principios democráticos y libertarios de Estados Unidos.
¿Con qué resultados? No se han encontrado las famosas armas de destrucción masiva; no se sabe nada de Saddam Huessein (lo que invita a las más oscuras especulaciones); con la invasión se vio fortalecida la facción chiíta Irakí (que es la facción islámica más fundamentalista y antioccidental); no se ha visto que el terrorismo haya perdido fuerza (apenas la semana pasada se repitió un atentado de Al Qaeda en Arabia Saudita, justo frente a las narices del ejército norteamericano). Ninguno de los objetivos argumentados para emprender la guerra se ha cumplido. En cambio sí se ha consumado el lado perverso del discurso, el que divide al mundo entre los que están con E.U. y los que no; sí se cumplieron las pretensiones de los ?halcones? de hacer prevalecer los intereses hegemonizantes de Estados Unidos, aunque fuera por la fuerza.
Lo paradójico es que el despliegue de su potencia, el show off de su fuerza militar, ocurre precisamente en el momento de mayor impotencia y fragilidad de la hegemonía mundial estadounidense. Su prepotencia militar coincide con su debilitamiento político-económico y con la pérdida, ahora evidente, de su supremacía.
El poder conserva su mayor eficacia en tanto que no se ejersa plenamente, mientras sea capaz de imponerse en forma cotidiana e imperceptible en el seno de las relaciones sociales y políticas. Un poder hegemónico es aquel que se insinúa como fuerza potencial y se despliega con el consentimiento desapercibido de aquellos a quienes les es impuesto, es un poder capaz de crear consensos y privilegiar el diálogo. Este es el poder que Estados Unidos perdió. El problema es que parece que todavía no lo sabe, aunque lo presiente y por eso muestra su pre-potencia. El acento en su poderío militar no es más que una pantalla, un acting out , que intenta desesperada e inútilmente evitar que el mundo se dé cuenta que el Emperador no tiene ropa.
Es probablemente por esto que una parte importante del pueblo norteamericano apoya a Bush y acepta que se culpe al primero que se ponga de pechito, porque no quiere aceptar que eso que constituye su Cosa Nacional se desvanezca en el aire. De lo que no se da cuenta, es que con ello justamente está perdiendo eso que atesora tanto, que quienes les están quitando eso son los mismos que apuntan hacia otro lado, quienes buscan un chivo expiatorio. ¿Qué va a pasar cuando ya no haya nadie afuera que culpar? ¿Qué va a pasar cuando ya no haya un otro extraño o un alien interno que pueda ser culpado por los males que deambulan en su espectral mundo fantasmático?
Al respecto, resulta ilustrativa la constitución de la ?comunidad? americana que los ?halcones? conciben y cuáles son las fibras emocionales que movilizan en los norteamericanos. Para ello, la película de Rob Reiner, ?Código de Honor? con Jack Nicolson, Demy Moore y Tom Cruise, resulta ejemplar. La cinta en sí es bastante ordinaria: un marine de los Estados Unidos es accidentalmente asesinado por dos compañeros, quienes siguiendo órdenes superiores le aplicaron un castigo corporal (que se les salió de las manos ) por haber roto el Código de Honor implícito del regimiento. Este Código Rojo funcionaba al interior del cuerpo de marines como una ley no escrita que apuntaba a mantener la lealtad del grupo y su patriotismo. Más que relatar la película, nos interesa como ejemplo, para resaltar la relación entre la ley pública y su suplemento obsceno, la ley superyóica no escrita ni abiertamente asumida. La ley manifiesta con respecto a la cual se regulan las relaciones en cualquier sistema social, está siempre acompañada por una ley superyóica oculta que constituye su sostén fantasmático. Es decir que, para que la ley pública funcione requiere de un suplemento no reconocido abiertamente que la sostenga simultáneamente más allá y más acá de su contenido visible. Como afirma Zizek, ?lo que mantiene unida a una comunidad en su nivel más profundo no es tanto la identificación con la ley que regula el circuito ?normal? cotidiano de la comunidad, sino más bien la identificación con una forma específica de transgresión de la ley (en términos psicoanalíticos, con una forma de goce específica)?. Cualquier individuo de una comunidad ?...sería efectivamente excomulgado, percibido como ?no uno de nosotros? en el momento en que abandone la forma específica de trasgresión que caracteriza a esta comunidad ...? (1999:76).
Ahora podemos volver a la película para analizar su relación con el discurso empleado por Bush desde que asumió el gobierno, particularmente tras el ataque a las torres. Como sucede a menudo en las películas americanas, en Cuestión de Honor se presentan dos posiciones éticas, correspondientes a las posturas liberal y conservadora preponderantes en el país vecino del norte: la liberal democrática, representada, claro, por Tom Cruise, cuyo personaje arriesga su propia posición de abogado con tal de persistir en la ?búsqueda de la verdad?; en tanto que la posición antagónica, magistralmente caracterizada por Jack Nicolson, está representada por un ilustre general tocado en su orgullo a causa del enjuiciamiento al que se está sometiendo al cuerpo de marines. Para él, el mero cuestionamiento de su ética, fruto de lo que considera una actitud mojigata, resulta insultante, ya que está convencido de la absoluta necesidad de la trasgresión cometida en nombre de algo infinitamente más importante: la integridad y solidez de los valores patrióticos de la nación. Lo remarcable de esta película es, por decirlo así, la forma pura y destilada, casi ridícula, de plantear este conflicto, específicamente en el momento clímax de la película en el que se desarrolla el pequeño diálogo que se ha vuelto famoso: cuando Cruise provoca al general gritándole ?¡I want the truth!?; a lo que éste contesta ?¡You can?t handle the truth!?. Lo esencial aquí, es que pese a que el general se inculpa compulsivamente a causa de la provocación del abogado defensor, se hace evidente que lo que realmente quería era hablar, defender su punto de vista y asumir abiertamente su posición ética.
Indudablemente, la moral que visiblemente triunfa en la película es la liberal democrática: nos sugiere que en el sistema judicial americano nadie está por encima de la ley, ni siquiera aquellos que tienen bajo su responsabilidad la defensa y protección de la nación. Sin embargo, el mensaje real sugerido es otro. El general es elevado a figura épica a partir del momento en que está dispuesto a sacrificarse a sí mismo, a pasar como el trasgresor / culpable, con tal de conservar ?a salvo? la sustancia nacional, amenazada en nombre de una justicia liberal vacía . ¿No es este el propósito ?verdadero? de la película? Pese a que (seguramente) el público norteamericano se identifica con la primera lectura en un nivel aparente, el punto real de identificación fantasmático resulta ser el General, exaltado al nivel de héroe ético. Sin embargo, debemos cuidarnos de concluir con ello que la película pudo haber tenido el desenlace contrario ?que el juez (quien también era un militar) secundara al general, lo dejara en libertad, sancionara al fiscal por desacato y condenara a los dos soldados a quienes les había faltado el valor de declararse culpables para salvar el Código de Honor . Para que la identificación imaginaria fuera eficaz, era necesario sacrificar al general y castigar su postura. De esta forma se reafirma la ficción, esencial para el discurso nacionalista conservador, sobre la necesidad de la suspensión de la ley/ética legal liberal para mantener a salvo la Cosa Nacional que el otro amenaza con destruir.
¿No tiene todo esto una evidente similitud con el discurso de Bush?¿No ha suspendido y transgredido la ley en nombre de una amenaza exterior? ¿No ha chantajeado a su país haciéndolo renunciar a sus principios libertarios a través de la imposición de una elección forzada, ante la que rehusarse significa automáticamente traicionarse y traicionar? ¿No ha explotado el sentimiento de vulnerabilidad y orgullo herido de su país para romper con prácticamente todos los compromisos asumidos a nivel internacional?
La estrategia elegida por los ?halcones? para poner a la opinión pública de su lado, sacó el máximo provecho posible de la estupefacción en la que Estados Unidos se sumió tras el atentado aéreo de Nueva York. Inmediatamente los ideólogos de Bush se pusieron a trabajar para simultáneamente azuzar el nacionalismo exacerbado e irracional, orientar el sentimiento de ira y fragilidad hacia un Enemigo conveniente, el árabe fundamentalista, y, finalmente, eliminar la oposición al máximo, tanto fuera como dentro de Estados Unidos, transmutando su discurso en ?el discurso nacional? y haciendo pasar a sus enemigos políticos por ?enemigos de la nación?, lo que quedó claro con su ?quienes no estén con nosotros, están contra nosotros?.
La trampa de este simulacro radica en la exclusión de un elemento esencial: el de la ganancia para el que lo sostiene, el de la ?ocultación? de sus intereses reales y su transmutación en intereses de la mayoría. El gran engaño radica en que la verdadera usurpación del poder, el real atropello de la Cosa Nacional, es Bush quien la está llevando a cabo, mediante la simulación del robo del goce por parte del otro intransigente y la amenaza destructiva que encarna.
Así pues, hoy más que nunca el pueblo norteamericano se debate entre esos dos mitos fundacionales que lo atraviesan desde sus inicios: el de la libertad, la tolerancia y la convicción en un futuro al que sólo se puede llegar incluyendo a los otros en términos de igualdad y buscando soluciones por consenso; o el del Imperio, que busca imponer, aunque sea por la fuerza, los propios ?principios? y las propias ?verdades?, el que reduce el mundo a una oposición maniquea entre el Bien y el Mal, condenando a todos los que no se someten a su voluntad y se pliegan a sus designios a ser arrojados sobre los abismos del infierno creado ex-profeso para ellos.
¿Estados Unidos optará por imponer su Imperio, traicionando su propio legado libertario y democrático, o dará el paso fuera de su caparazón imaginario y dejará de ser el único país del mundo que cree que es el único país del mundo?



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