Discurso sobre la reconstrucción en Palestina

Albert Einstein

Publicado el: 2013-12-04


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A Partir de 1920, al observar la expansión del antisemitismo en Alemania después de la Primera Guerra Mundial, Einstein, que hasta ese momento había mostrado poco interés por los asuntos religiosos...


A Partir de 1920, al observar la expansión del antisemitismo en Alemania después de la Primera Guerra Mundial, Einstein, que hasta ese momento había mostrado poco interés por los asuntos religiosos, se contirtió en un ferviente adepto del movimiento sionista. En 1921 viajó a Nueva York, acompañado por el profesor Chaim Weizmann -que más tarde sería el primer presidente del Estado de Israel - para reunir fondos para el Jewish National Fund y la Universidad hebrea de jerusalén (fundada en 1918). Sin embargo, las primeras tres conferencias que aquí presentamos corresponden a su tercera visita a los Estados Unidos en 1931-1932. (Había realizado su segunda visita a América en 1930.) La cuarta charla fue pronunciada muchos años antes, al tiempo de su regreso a Berlín, en 1921, en tanto que la quinta, la más reciente, es anterior a su afincamiento en Princeton (1933). Todas han sido publicadas en Mein Weltbild, Amsterdam: Querido Verlag, 1934.

Hace diez años, cuando por primera vez tuve el placer de dirigirme a ustedes para hablar en favor de la causa sionista, casi todas nuestras esperanzas estaban aún puestas en el futuro. Hoy podemos contemplar esos diez años con alegría, porque en este período los esfuerzos aunados de todo el pueblo judío han realizado con éxito una espléndida tarea de reconstrucción en Palestina, una labor que sin duda excede todo lo que nos habíamos atrevido a esperar en aquel comienzo.

I

También hemos sido capaces de soportar con firmeza la dura prueba a la que nos han sometido los acontecimientos de los últimos años. El trabajo incesante apoyado por una noble finalidad, lleva siempre al éxito. las últimas declaraciones del Gobiemo británico indican que se ha vuelto a una concepción más justa de nuestro caso; y por esto expresamos públicamente nuestra gratitud.

Pero no debemos olvidar jamás lo que esta crisis nos ha enseñado: el establecimiento de relaciones satisfactorias entre los judíos y los árabes no es asunto de Inglaterra sino de nosotros mismos. Nosotros -es decir, los árabes y los judíos - debemos elaborar de común acuerdo las líneas fundamentales de un entendimiento ventajoso que satisfaga las necesidades de ambos pueblos. Una solución justa y digna para las dos partes, no es un objetivo menos importante que el trabajo de reconstrucción. Recordemos que Suiza representa un elevado nivel de desanollo político - mayor que el de otras naciones porque se ha visto obligada a resolver serios problemas políticos antes de que pudiera edificarse una comunidad estable, sobre la base de diversos grupos nacionales.


II

Mucho es lo que queda por hacer, pero al menos una de las finalidades de Herzl ya ha sido lograda: el asunto palestino ha dado al pueblo judío un asombroso grado de solidaridad y el optimismo sin el casi ningún organismo puede llevar una vida sana. Quien quiera verlo no tiene más que abrir los ojos. Todo cuanto hagamos en bien del propósito comunitario redunda no sólo en beneficio de nuestros hermanos de Palestina, sino del bienestar y el honor de todo el pueblo judío.

Hoy nos hemos reunido para traer a la memoria de los miembros de nuestra milenaria comunidad el recuerdo de nuestro destino y de nuestros problemas. la nuestra es una comunidad poseedora de una tradición moral que siempre ha demostrado su fuerza y su vitalidad en tiempos de prueba. En todas las épocas ha producido hombres que representaron la conciencia del mundo occidental defensores de la dignidad humana y de la justicia.

En la medida en que nosotros mismos nos preocupemos por ella, nuestra comunidad continuará existiendo para beneficio de la humanidad, a pesar de carecer de organización propia. Hace unas décadas, un grupo de hombres de gran clarividencia, entre los que destacaba el inolvidable Herzl, llegó a la conclusión de que necesitábamos un centro espiritual para salvaguardar nuestro sentimiento de solidaridad en tiempos difíciles. Así surgió la idea del sionismo y se inició el trabajo de asentamiento en Palestina, la estupenda, recién de cuyo éxito - al menos en este prometedor comienzo - hemos podido ser testigos.

Para mi gran alegría y satisfacción, he tenido el privilegio de observar cuánto ha contribuido este logro a la feliz convalecencia del pueblo judío: porque, por minoritarios en las naciones que habitan, los judíos están expuestos no sólo a peligros exteriores sino también a otros, internos, de naturaleza psicológica.

La crisis que la obra de construcción ha tenido que confrontar en los últimos años nos ha perjudicado y todavía no ha sido completamente superada. Pero las últimas noticias son que el mundo, y en especial el Gobierno británico, están dispuestos a reconocer los grandes principios que son la base de nuestra lucha por el ideal sionista. Brindemos un recuerdo lleno de gratitud a Weizmann, cuyo celo y circunspección han contribuido al éxito de esta buena causa.

Las dificultades por las que hemos atravesado han traído, con todo, algo bueno. Nos han demostrado la fortaleza del nexo que une a los judíos de todos los países en un destino común. La crisis también ha aclarado nuestra manera de ver la cuestión de Palestina, limpíándola de los sedimentos del nacionalismo. Se ha proclamado de manera muy clara que no intentamos crear una sociedad política; el nuestro, según la antigua tradición del judaísmo, es un objetivo cultural en la más amplia acepción de la palabra. De modo que a nosotros nos corresponde resolver el problema de vívir junto a nuestros hermanos los árabes de una manera abierta, generosa y digna. Aqui tenemos una oportunidad de demostrar lo que hemos aprendido en los milenios de nuestro martirio. Si elegimos el recto camino, triunfaremos y ofreceremos un magnífico ejemplo al resto del mundo. Todo lo que hagamos por Palestina, lo hacemos también por el honor y el bienestar de todo el pueblo judío.

III

Me complace esta oportunidad de dirigir unas palabras a la juventud de este país, que se muestra favorable a los objetivos comunitarios del judaísmo. No ds descorazonéis por las dificultades que surgen cada día en Palestina. Esas cosas sirven para poner a prueba la voluntad de vivir de nuestra comunidad.

Ciertos procedimientos y declaraciones de la administración inglesa han sido criticados con justicia. Sin embargo, no debemos permítir que las cosas queden así: es necesario que extraigamos una lección de esta experiencia.

Es imprescindible que prestemos una atención especíal a nuestras relaciones con los árabes. Si las cultivamos con cuidado, en el futuro estaremos en condiciones de impedir que surjan tensiones tan peligrosas capaces de ser utilizadas para provocar actos de hostilidad. Esta meta está a nuestro alcance, porque nuestro trabajo de construcción se ha ejecutado (y debe seguir ejecutándose) de modo que también sirva a los verdaderos intereses del pueblo árabe.

De esta manera no nos veremos obligados a caer tan a menudo en la necesidad -desagradable para los judíos y también para los árabes - de tener que apelar al arbitraje de la potencia mandataria. Por ende, no podemos remitimos tan sólo a los dictados de la Providencia; hemos de acudir asimismo a nuestras tradiciones, que dan sentido y estabilidad a la comunidad judía. La nuestra jamás ha sido una comunidad política y jamás deberá serlo; esto constituye la única y continua fuente de donde se pueden extraer nuevas energías y el único ámbito dentro del cual se puede justificar la existencia de nuestra comunidad.

IV

Durante los últimos dos mil años, la única propiedad del pueblo judío ha sido su pasado. Esparcida por todo lo ancho del mundo, nuestra nación ha poseído como único acervo común su bien conservada tradición. Sin duda, muchos j!idíos han creado obras importantes pero, al parecer, el pueblo judío en su conjunto no ha tenido fuerzas para alcanzar g-randes logros colectivos.

Todo esto ha cambiado ahora. La historia nos ha impuesto una noble tarea bajo la forma de una cooperación activa para una nueva Palestina. Eminentes personalidades de nuestro pueblo están ya trabajando con todas sus fuerzas en la materialización de este fin. Ahora se nos presenta la oportunidad de establecer focos de civilización, que todo el pueblo judío podrá considerar como suyos. Abrigamos la esperanza de erigir en Palestina un hogar para nuestra propia cultura nacional, que sirva de estimulo para despertar en el Cercano Oriente una nueva vida económica y espiritual.

El objetivo que se han fijado los líderes del sionismo no es político sino socíal y cultural. En Palestina, la comunidad debe hacer que se concrete el ideal de sociedad que tuvieron nuestros antepasados, tal como está descrito en la Biblia; pero al mismo tiempo, habrá de convertirse en asiento de la vida intelectual modema, un centro espiritual para los judíos del mundo entero. De acuerdo con este criterio, establecer una universidad judía en Jerusalén constituye uno de los propósitos más importantes de la organización sionista.

En los últimos meses he viajado a los Estados Unidos para contribuir en la campaña de recolección de fondos que ayudarán a edificar esa universidad. El éxito de la empresa ha sido el lógico. Gracias a la inagotable energía y al espléndido espíritu de sacrificio de los médicos judíos de América, hemos logrado reunir el dinero suficiente para Ia creación de una facultad de medicina y los trabajos prácticos han comenzado ya. Después de este feliz resultado, no me cabe duda de que pronto obtendremos lo necesario para establecer nuevas factdtades. La fácultad de medicina es antes que nada un instituto de investigación en el que se concentran los esfuerzos para hacer un país sano, tarea de primordial importancia en nuestro proyecto. A la enseñanza a gran escala se le dará importancia un poco más tarde. Dado que un buen número de científicos de elevados méritos ya ha manifestado su predisosición a aceptar contratos en esta universidad, el establecimiento de la facultad de medicina puede considerarse un hecho seguro. Puedo anunciar que se ha constituido ya un fondo especial para la universidad, totalmente independiente de los fondos generales destinados a la construcción del país. Y debo agregar que en ese fondo se han recogido sumas considerables durante estos meses, en América, gracias a la infatigable actividad del profesor Weizmann y de otros líderes sionistas y también a la respuesta generosa del espíritu de sacrificio de las clases medias. Quiero concluir con un cálido llamado a todos los judíos de Alemania; les pido que contribuyan en la más alta medida de sus posibilidades, a pesar de las actuales dificultades económicas, para que sea realidad la construcción de un hogar judío en Palestina. No se trata de una obra de caridad, sino de una empresa que incumbe a todos los judíos, cuyo éxito promete ser una fuente de satisfacción sin igual.

V

Para nosotros, los judíos, Palestina no representa una empresa colonial o caritatíva, sino un problema de fundamental importancia para nuestro pueblo. En primer término, Palestina no es un lugar de refugio para los judíos de Europa oriental; es la corporización del nuevo despertar del espíritu de toda la nación judía. ¿Es éste el momento justo para despertar y fortalecer el sentimiento de comunidad de nuestro pueblo? Me veo obligado a contestar a esta pregtmta, no llevado por mis sentimientos espontáneos sino por razones de peso, de manera rotundamente activa.

¡Echemos una mirada a la historia del pueblo judío en Alemania, en los últimos cien años! Hace un siglo nuestros antepasados, con pocas excepciones, vivían en el ghetto. Eran pobres, carecían de derechos políticos, estaban separados de los gentiles por la barrera de las tradiciones religiosas, las costumbres y las restricciones legales. Su desarrollo intelectual se ceñía a su propia literatura y permanecían casi ignorantes del poderoso avance que la vida intelectual en Europa había experimentado desde el Renacimiento. Aun así ese pueblo oscuro y humilde tenía una gran diferencia con respecto a nosotros: cada uno de ellos, en cada fibra de su ser, pertenecía a una comunidad que lo absorbía completamente, de la que se sentía un miembro de pleno derecho, en parte porque esa comunidad no le exigía nada que fuese contrario a su hábito natural de pensar. Intelectual y físicamente, en aquellos días, nuestros antepasados eran pobres, pero en el plano social gozaban de un equilibrio espiritual envidiable.

Vino entonces la emancipación, que de pronto abrió posibilidades insospechadas a cada persona. Algunos se forjaron, cm rapidez, una posición en los ámbitos sociales y financieros más elevados. Llenos de interés, se acercaron a la magnificencia del arte y de las ciencias del mundo occidental. Se unieron con fervor al proceso general haciendo contribuciones de valor perdurable. Al mismo tiempo, imitaron las formas externas de vida de los gentiles, se apartaron paulatinamente de sus tradiciones sociales y religiosas y adoptaron las costumbres, maneras y hábitos de pensamiento de los gentiles. En apariencia, perdieron su identidad, sumergidos en la superioridad numérica y la alta organización de la cultura de esas naciones en las que vivían, dando la impresión de que, al cabo de pocas generaciones, ya no quedarían huellas de ellos. Parecía inevitable una total desaparición de la nacionalidad judía en los países de Europa central y occidental.

Pero el curso de los acontecimientos se alteró. Nacionalidades de distintas razas parecen tener un instinto que les impide la fusión entre si. Por mucho que Ios judíos se adaptaran a los pueblos europeos entre los cuales vivían, tanto en la lengua y las costumbres como en la religión - al menos hasta cierto punto - el sentimiento de diferenciación entre unos y otros jamás desapareció. Ese sentimiento espontáneo es la causa más profunda del antisemitismo, y ninguna propaganda, por bien intencionada, logrará extirparlo. Las nacionalidades quieren proseguir sus propios destinos y se niegan a toda clase de mezcla. Sólo con la tolerancia y respeto mutuos puede conseguirse una situación satisfactoria.

El primer paso en esta dirección ha de ser que nosotros, los judíos, volvamos a tomar conciencia de nuestro ser nacional y recuperemos el amor propio imprescindible para una existencia plena. Debemos aprender, una vez más, a respetar a nuestros antepasados y a nuestra hístoria y también a asumir, como nación, tareas culturales que fortalezcan nuestro sentimiento de comunidad. No basta con que desempeñemos como individuos nuestro papel en el desarrollo cultural de la humanidad: es necesario que cumplamos tareas que sólo una nación en su conjunto, puede llevar a cabo. Por este único camino podrán los judíos recuperar su fortaleza de grupo.

Desde este punto de vista querría yo que consideráramos el movimiento sionista. Hoy la historia nos ha asignado la labor de tomar parte activa en Ia reconstrucción económica y cultural de nuestra tierra de origen. Algunos entusiastas, hombres de brillantes dones, han abierto el sendero y muchos excelentes representantes de nuestro pueblo están preparados para entregar sus almas y sus corazones a esta causa. ¡Que cada uno de nosotros comprenda la importancia de este esfuerzo y contribuya, de acuerdo con sus posibilidades, al éxito final!.




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