Pensarse es pensarLe

Alberto Sánchez León

Publicado el: 2004-04-11


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Son las once de la noche. No hay nubes y la luna se manifiesta con total nitidez. Es la hora de la escritura, es la hora de la belleza, donde el búho dilata sus pupilas y donde la soledad comparece con total presencia.



Pensarse es pensarLe
Alberto Sánchez León

Son las once de la noche. No hay nubes y la luna se manifiesta con total nitidez. Es la hora de la escritura, es la hora de la belleza, donde el búho dilata sus pupilas y donde la soledad comparece con total presencia.
También es la hora del silencio o la reflexión, llámese como se quiera. Lejos del mundanal ruido el yo reflexiona sobre su mayor don: la vida. Y hablar de la vida, es pensar sobre la muerte.
La muerte me pone en la realidad más radical y más trascendental. No pensarla es inhumano. Soslayarla es inconciencia, inmadurez.
Bonito escenario para discurrir semejante asunto. En tal caso, se trata de un enfrentamiento necesario, porque si de algo hay certeza es sobre ella.
Muchos hacen tremendos esfuerzos intelectuales por evadirse de ella. Suelen ser siempre los mismos ingenuos, idealistas, románticos o quizás, ilusos de la diosa ciencia. Y es que, pensar en ella cuesta, porque ahí ya no nos podemos agarrar a lo que tenemos, sino más bien, a lo que dejamos: amistades, familiares, recuerdos. En definitiva: mi vida con los más íntimos. Por tanto, no es posible ?sería una ingenuidad que roza la locura patológica- agarrarnos a la esfera del tener, sino que no nos queda más remedio que acogernos a la esfera del ser, y, en concreto, a la esfera de las personas que han vivido y, -por un lado u otro- han modificado mi existencia.
No es pues el recuerdo de los éxitos profesionales, de las distintas casas en las que he vivido, las cosas que he tenido. Es el momento de lo íntimo, es el momento de enfrentarme a la realidad de lo que he sido, es el tiempo de enfrentarme conmigo mismo.
Quizá sea esta una de las realidades que más miedo causan en la persona. Realmente da miedo conocerse a uno mismo ?aunque la mayoría piense que eso es empresa fácil-. Conocerse puede ser un gran proyecto de carrera. Es tarea de primer orden. Ya nos lo recordó Sócrates y también Platón. Hablar de la muerte es, de alguna manera, resucitar a los clásicos y entablar un diálogo con ellos.
El momento de lo íntimo tiene como denominador común los seres personales. Y esto no es ninguna cuestión baladí, es trascendental, porque pensarse es, de alguna manera, pensarles.
Decía que era el momento de pensar qué hemos dejado, pero la pregunta más difícil es qué ganamos o qué perdemos.
Nos volvemos a llenar de pavor cuando se asoma la posibilidad de perderles. Porque está claro que las cosas que se ganan o pierden vienen dadas por los méritos o desméritos que uno ha hecho por ello.
Si hay méritos, es decir, si mi vida merece un premio porque me he logrado como persona, entonces el pavor inicial se va convirtiendo en esperanza. Ahora bien, si me he malogrado como persona, si no he ganado méritos, perderé aquello que tuve, dejaré de ser ?siendo yo mismo- un ser con mis íntimos y caeré en la soledad más terrible donde sólo habita la desesperanza. Porque la desesperanza es la experiencia de la soledad, la experiencia personal de no poder contar con los demás.
Ante estas reflexiones sobre la muerte se puede experimentar la necesidad de explicarnos, es decir, de rendir cuentas sobre lo vivido. Pero, brota ahora otra pregunta que se me impone de modo necesario, pues, si tengo que rendir cuentas debe ser ante alguien que las pida. También es evidente que ese alguien no soy yo mismo ni los otros, pues también ellos tendrán que hacerlo.
Llegamos ya al término de estas reflexiones que ?aunque solo sea por intuición- tienen por puerto un alguien que pide, y pide algo que es suyo: nosotros mismos. Y es verdad que quien pide reivindica. Cuando me prestan un bolígrafo, después de usarlo lo devuelvo y si no lo hiciera me lo pedirían. Es lógico, ...pura justicia. Bien, pues de modo análogo ?salvando las distancias- el ser que nos pide es un ser que es dueño de aquello que pide, y lo que pide es la vida, pero no ya una vida en minúscula, sino la Vida y para siempre.
Una persona que es dueña de algo es señor. Un buen señor quiere y trabaja sus tierras. El señor del que venimos hablando, esa persona, pide la vida que se ha logrado, las tierras que se han cultivado, sus pertenencias ya maduradas. Los señores no quieren las tierras estériles. Una tierra que es estéril y merece la pena se cultiva, se trabaja con más ahínco, y si no rinden, entonces es cuando se venden o abandonan.
Con todo, la muerte me ha llevado a la Vida, que no es más que donar los méritos de mi vida a ese Señor de la Vida. La muerte me ha conducido a un señor tal, que puede pedir a la humanidad sus vidas, y ese señor con tal capacidad pedigüeña no puede ser otro que un Absoluto que pide absolutos, una Persona que pide personas.
Por tanto, recapitulando, bien se podría decir que pensarse es pensarLe.


Alberto Sánchez León



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