El barroquismo del padre ausente

Sonia Montecino.
alvarado@upa.cl Publicado el: 2014-09-04

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En este artículo comentamos el libro “Madres y huachos” de la antropóloga literata chilena Sonia Montecino. Donde se dan rupturas de distinto orden.

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El barroquismo del padre ausente
Lecturas de ?Madres y huachos. Alegoría del mestizaje chileno? de Sonia Montecino.

Dr. Miguel Alvarado Borgoño
Universidad de Playa Ancha
E-mail: alvarado@upa.cl
http://sincronia.cucsh.udg.mx/borgono04.htm

Síntesis del artículo

En este artículo comentamos el libro ?Madres y huachos? de la antropóloga literata chilena Sonia Montecino. Donde se dan rupturas de distinto orden. En este análisis, intentamos demostrar cómo estas rupturas se generan desde un argumento, el de la existencia de una identidad cultural barroca, basándose en una apertura a la intertextualidad y la teoría literaria, y desde una identidad de género: la de "ser mujer que escribe", hasta llegar a un tipo de texto que definimos como barroco, tanto porque habla del barroquismo latinoamericano, como porque sus formas textuales, recargadas de un "barroquismo textual" lo asocian con la literatura, y en el que la metáfora -bella y estridente- ocupa el lugar que en algún momento ocupó el "dato empírico".


Introducción

Cuando el psicoanalista Jacques Lacan suspende su propia Escuela, cometiendo casi un parricidio voluntario, anuncia su cometido desde su condición de gran padre perverso y polimorfo, y así consciente y cruel; da cuenta icónicamente del papel del padre en la cultura occidental como sostén simbólico de la ley, pilar del sentido, epicentro de la estabilidad y la integración del sistema social. Lacan, el inanalizable según Roudinesco (1993), es el que no tuvo padre en un sentido conceptual, cometiendo la originalidad de mezclar más allá de lo que se creía posible distintas disciplinar y teorías; tuvo que refundar el freudismo para crearse a sí mismo. Por ello, es el único padre posible capaz de asesinar ritualmente su propia escuela, dejando en la orfandad incluso a aquellos que aseguran ser ?más lacanianos que Lacan?.


Desde un intento de pensar lo latinoamericano, en las distintas formas de pensamiento situado que ensayamos, nos preguntamos ¿Qué ocurre cuando esta figura totémica está ausente? ¿ Cuándo el padre es una ausencia que no del todo suscita añoranza?, Y peor aún ¿Qué ocurre con un sistema cultural cuando este se define desde esta condición de orfandad? Tanto o más que el padre violento, el padre como huella aislada, como ausencia, es aún más dañino; esta carencia de presencialidad ocasiona el desmembramiento de la personalidad, en definitiva de sufrimiento intrapsíquico; en esta situación, la presencia vive en el plano de la subconciencia pero no se materializa en el gesto del abrazo, el padre que ignora es más cruel que el padre que conscientemente daña. El daño de ignorar es negar mezquinamente un trozo de vida, una parte de la estructura psíquica diseñada para soportar temporales, remedio para el desamor o para el exceso de éste y, en general, para todas las formas de dolor.

El libro de la antropóloga Chilena Sonia Montecino Madres y huachos. Alegorías del mestizaje chileno, se estructura desde esa carencia que de dolorosa, pasa a ser ritual y luego festiva. Montecino demuestra que la ausencia del padre no es una carencia, sino una ausencia legitimada, una forma de hacer cultura, como en el sistema avuncular[1], particularmente donde la figura del padre la ocupa el hermano de la madre. El sistema cultural latinoamericano resuelve en el rito una vivencia que llega a no ser carencia y, por ello, no llega a ser dolor sino diferencia, especificidad.

Tal ejercicio teórico requiere de la transgresión textual, para hacernos olvidar el pecado de negar al padre, negarlo más de tres veces, sin dejar que ningún gallo cante. Tal pecado sólo puede hacerse desde un texto heterodoxo, desarraigado de los géneros y, por ello, luminoso en su libertad expresiva

Este libro es, sin duda, un nicho de transgresiones, y toda lectura interpretativa del mismo debe llegar en algún momento a la enumeración de las irreverencias ideológica de género, la científica, y por sobre todo, la más importante para este estudio, la transgresión tipológica...

"Gozosa es la transgresión a la cual nos convida Sonia Montecino con este libro: travesía en nuestras máscaras, por nuestros ladinos disfraces de mestizos.
El texto, que viola públicamente una de las leyes primordiales, según la autora, de nuestra cultura, la palabra (como encubridora de la experiencia y el rito que le están disociados), no provoca en forma ininterrumpida un gesto de asombro, de temor incluso, ante las figuras reconocibles que éste desentraña. Sorpresa y euforia contenida de quien es atrapado en su propia bufonada, "demonio feliz" sin lugar a dudas, descubierto en la comedia festiva que ayuda a levantar como escenario" (Santa Cruz, 13: 1991).

En este análisis, intentamos demostrar cómo estas rupturas se generan desde un argumento, el de la existencia de una identidad cultural barroca, basándose en una apertura a la intertextualidad y la teoría literaria, y desde una identidad de género: la de "ser mujer que escribe", hasta llegar a un tipo de texto que definimos como barroco, tanto porque habla del barroquismo latinoamericano, como porque sus formas textuales, recargadas de un "barroquismo textual" lo asocian con la literatura, y en el que la metáfora -bella y estridente- ocupa el lugar que en algún momento ocupó el "dato empírico".

Desde el subtítulo del libro, como primera estrategia paratextual, se habla justamente de una "alegoría del mestizaje chileno. Sabemos que una alegoría no es en ninguna forma una descripción objetiva; por el contrario es una recreación creativa, un hecho semiótico que mantiene el vínculo entre significado y significante de forma mimética, no pudiendo nunca confundirse lo alegorizado con la alegoría misma El texto de Montecino no es Chile en ninguna de sus esferas, y ninguno de los valores que nos propone tienen pies ni caminan. El texto es un mundo propio que se gesta en la conjunción de las condicionantes de la autora empírica, combinadas creativamente por la autora textual, y de allí la "barroca alegoría" de las obsesiones de Montecino.

Se trata de textos disímiles[2], lo cual se explica, como tratamos más adelante, desde el origen de los mismos; no obstante, los hilos conductores son básicamente macroestructurales, se definen desde temas: la mujer y la maternidad, la huerfanía expresada en el huacherío, la síntesis ritual, la oralidad, el poder.

Su hipótesis esencial es la primacía que tendría la condición de hijo ilegítimo o "huacho" en la identidad cultural de nuestro país, ello desde una lectura que se apoya en términos argumentales en fuentes sociológicas, antropológicas e históricas, y recurre, a nivel del estilo - en el plano de las metáforas utilizadas y de las citas que afianzan la textualidad- a las formalidades de la literatura, la que se constituye en una fuente básica; por ello, lo literario es tanto un sostén intertextual como expresivo.

El texto ha sido leído como un alegato desde el género sexual. Nosotros creemos que, sin dejar de serlo, es ante todo un experimento textual que busca llenar vacíos, que no sólo se remiten al tema del género sexual, sino que guardan relación con la expresión misma en un contexto de redemocratización. Por ello, más que demostrar un argumento respecto de lo femenino -que de paso lo hace-, este texto es una experimento que abre la ruta nuevas formas expresivas.


El costo de transgredir

Una frase clandestina escuchada hace unos años ...?todo estaba bien en la antropología chilena hasta que apareció Sonia Mortecino? es la evidencia de la significación pragmática de la autora en general y de este libro en particular. Esta frase no tiene las connotaciones agresivas que pareciera, y en realidad ni siquiera quien la dijo pensaba que todo estuviese tan bien en la antropología chilena antes deMontecino; más bien refleja el desconcierto frente a la capacidad de una pluma para subvertir el orden, mostrar caminos, generar modos de expresión y alterar los tipos de discurso. De esta forma, el texto representa -en términos de una comunidad científica en Chile-, un límite, un paradigma, y una frontera, que se puede cruzar o descruzar pero nunca dejar de reconocer.

Madres y Huachos es, en opinión de algunos, el primer texto donde verdaderamente se ve la audacia de la teoría dentro de la antropología de nuestro país. No obstante, para ello el texto debe romper con una premisa básica, que la antropología chilena aprendió de sus maestros europeos: la reflexión antropológica teórica es el fruto esforzado de años interminables de trabajo de campo; así entendido, el esfuerzo teórico de la antropología en su función de "acumuladora de verdades", es posterior a un proceso sistemático de búsqueda de información empírica. La data es posible de encontrar a través de la experiencia de nuestros sentidos, los que no mienten, desde el principio positivista y neopositivista de isomorfia entre lenguaje pensamiento y realidad. Por lo tanto, el texto de Montecino, se sale del margen. Visto así, este libro es antropología, pero no la antropología -insistimos- que enseñaron los maestros europeos, Metraux, Titiev, Stuchlik, entre otros y que sus discípulos latinoamericanos digirieron con sumisión, en ocasiones inteligencia y, por sobre todo, con disciplina.

En realidad, las cosas no andan tan bien antes de Sonia Montecino, porque el texto antropológico chileno aún no adquiría ningún tipo de impronta propia. El efecto del pensamiento antropológico chileno, luego de la época dorada que va desde el ?20 al ?40 con maestros como Latcham o Guevara, da paso a una fuerte repetitividad respecto de las formas textuales de la antropología, propia de los países centrales; más aún si consideramos el contexto de dictadura militar en que debe funcionar el Departamento de Antropología de la Universidad de Chile, y la represión sufrida por la Carrera de Antropología de la Universidad de Concepción.

Poco podía esperarse de la década de los ochenta, sin embargo, se obtiene mucho; en ese contexto se generan las tres obras fundacionales de la Antropología Poética Chilena: El umbral roto de Juan Carlos Olivares, Crónicas de la Otra Ciudad de Carlos Piña, y Madres y Huachos de Sonia Montecino.


El género y a metalengua de "Madres y Huachos"

Desde una mirada tipológica poco profunda, el texto es un ensayo, así nos lo dice su autora y así es leído; no obstante, cabe inmediatamente la pregunta ¿De qué tipo de ensayo se trata?, ¿Es un ensayo antropológico, un ensayo literario, un ensayo histórico o un ensayo sociológico? Nuestra hipótesis sostiene que se trata de un ensayo antropológico poético y ello se demuestra en una visión de conjunto del mismo. Las preguntas anteriores no son solamente importantes para nosotros en este capítulo, ya se la plantea la propia autora en el inicio del libro y la respuesta la intenta dar ella misma desde el principio, pero a decir verdad, no nos deja del todo satisfechos...

?... se trata de un ensayo es decir de una tradición escritural que más que en la rigurosidad se posa en la libertad de asociar ideas sobre un objeto? (Montecino, 14:1991).

Luego agrega justamente el dato respecto de su valoración de lo intertextual, lo cual nos da luces para entender su esencia tipológica...

?...escritura que se vale de otras, escritura que toma lenguajes y metáforas para constituirse" (Montecinos, 15:1991).

Queda pues la pregunta por la tradición que da sentido al texto en términos de género y la continuidad que intenta generar. Para nosotros, ello se explica por el carácter transgresor del mismo. Se trata, en definitiva, de un nuevo tipo de ensayo que se abre desde la intertextualidad y la metalengua a un nuevo tipo de género textual.

En lo que respeta al plano concreto de la metalengua de este texto, es difícil hablar de un texto que ya ha tomado un carácter "canónico" en el ambiente intelectual chileno. No obstante, la transgresión que significa en el canon antropológico tradicional para nuestro país, al incluir tanta referencia literaria y -por sobre todo- al no significar en sí mismo una sistematización de una experiencia de campo prolongada, representa así una nueva forma de hacer antropología.

La utilización del lenguaje, que proviene del ámbito del arte y la literatura, no es nueva en las ciencias sociales latinoamericana. Como hemos visto en capítulos anteriores, se trata justamente de retomar una línea que proviene del romanticismo sudamericano a nivel literario y que representa la base primero del ensayismo y, luego del propio texto con pretensiones científico social. Mas la novedad del libro de Montecino, es el abierto recurso a la analogía estética como modo de articular el texto y darle un sentido; dice todo cuidando el estilo, pero además el argumento racional se define desde categorías originadas en lo estético, particularmente en lo estético literario.

El eje metalingüístico se juega de la siguiente forma: el proyecto ecuménico del barroco determina, desde el primado del rito y de la oralidad, la aparición de una identidad mestiza que se juega en la polaridad hombre/ mujer, blanco/ negro, y dialécticamente se resuelve en la polaridad esencial de nuestra identidad como país, la de la madre y su(s) huacho(s).

Concretamente en la metalengua de este texto, vemos diversas intencionalidades en su emica, una es ideológica, la del género sexual, la otra es teórica, no obstante, paranosotros, la teórica rebasa y supera ampliamente a la ideológica. Si se trata de un texto de agitación, ello se hace desde una originalidad teórica que sobrepasa la meta valórica. Pero existe un tercer factor metaligüístico implícito y que es la licencia de la metáfora, la posibilidad implícita de recurrir a la metaforización de los conceptos para elaborar el texto. Justamente, este factor de la metalengua, el cual aunque está centrado en la reflexión analítica, no obstante, recurre a un lenguaje lleno de belleza y barroquismo que define el tipo textual; ello no constituye argumento sino una práctica textual permanente que representa un hecho fundante también de la emica del libro.

Respecto del pensamiento de Sonia Montecino y específicamente respecto de la metalengua del libro aquí analizado, existe un texto externo que resulta fundamenta. Se trata del discurso de aceptación del Premio Academia Chilena de la Lengua, donde la metalengua a nivel teórico e ideológico quedan bastante claras...

?... la oralidad es la forma en que ethos latinoamericano ha transmitido su historia y su resistencia frente a la expansión del texto. la oralidad es también el lenguaje, que apropiado por las mujeres, desencadena un habla que se resiste a una cierta economía por que sus tiempos nos son los de la producción en serie sino los tiempos artesanales de la elaboración de alimentos, del hilado, del arrullo maternal, de la dilapidación festiva (...) claves de comprensión en donde tradición oral y tradición escrito, roto y palabra se han conjuntado para proponer una escritura de bordes, de sitios fronterizos? (Montecino, 1992)

Como ya afirmamos, en el plano de la ideología, estos textos se definen metalingüísticamente desde la opción de género; el género, y no otra cosa, es el punto articulatorio de las orientaciones de valor presentes; más aún, en el plano pragmático el texto tiene un intención ideológica: la de pensar el tema de la identidad cultural chilena desde lo femenino, y así lo lograr, al menos en lo que respecta a la presentación de un esquema coherente consigo mismo. Esta "Teoría del Huacherio? conlleva asumir un desarraigo fundamental, que pone en la madre, es decir, en lo femenino el acento y allí encuentra su fuente explicativa; no obstante, es una metalengua plenamente situada, comprometida con su contexto social inmediato y mediato; es parte del esfuerzo de una intelectualidad que responde al proyecto refundacional de la dictadura militar, pero es también un pensamiento definido desde el género femenino. Por ello, no sólo es antropología o literatura es también ideología. En este sentido, vemos una metalengua militante.


Violentando el secreto profesional

En lo que respecta a las bases de la metalengua, reconocemos dos fuentes metalingüísticas fundamentales, que se nos presentan básicamente como fuentes teóricas; ellas están fundadas en el aporte de dos importantes pensadores chilenos: Jorge Guzmán desde el ámbito de la teoría y crítica literaria, y Pedro Morandé desde el ámbito de la teoría sociológica. Ni siquiera las fuentes antropológicas o las teóricas del género tiene una influencia tan decisiva en la metalengua autojustificante, en la emica implícita y explícita del texto.

Guzmán aporta, básicamente, un elemento en la metalengua que se fundamenta en la pregunta por el mestizaje. Su posición entre lo blanco y lo negro que tiñe tanto la escritura como la lectura de textos, resulta un factor primordial. En Montecino resulta patente, a nivel de su metalengua, su voluntad de escribir desde lo mestizo, pero también de invitar a leer desde allí, con ello lo mestizo clave hermenéutica, constituyéndose en una dimensión emica fundamental. Así como Guzmán hace, por ejemplo, una lectura mestiza de Vallejo, Montecino propone una lectura mestiza de nuestra identidad. Con ello, la clave ideológica del género se ve complementada con este nuevo elemento emic, esto es la voluntad de leer y, por tanto, escribir desde la mezcla.

Otro aspecto de su emica es el fundamento que existe en Morandé, desde una perspectiva teórica. Podríamos hacer un largo ensayo respecto del aporte de este autor a toda la obra de Montecino, no obstante, si nuestra interrogante es tipológica, y particularmente en este nivel, metalingüística, debemos afirmar que el tema del proyecto ecuménico del barroco es una aspecto esencial, no solamente a nivel teórico, sino como argumento justificante que da sentido a la exposición. Si Guzmán invita a pensar a leer y a escribir a Montecino desde lo mestizo, Morandé le explica cómo se produce este mestizaje desde su teoría del sincretismo generado desde este proyecto ecuménico.

Volviendo a Guzmán, la influencia reconocida de este autor en la metalengua, se define para nosotros en una invitación a la transgresión. Guzmán abre la pauta y el texto de Montecino entra, de manera violenta y bulliciosa.[3]

Si nuestra mirada es un tanto superficial, el texto de Guzmán apenas intenta proponer un nuevo camino para la crítica literaria...

?... la importación ingenua y crítica de métodos de análisis literario producidos en otras culturas, determina siempre un efecto ocultante de la propia realidad cultural (Guzmán, 13: 1991).

Esta desnaturalización del método sistemático de lectura, es combatida por Guzmán desde procedimientos semióticos culturalmente situados. Desde categorías como hombre /mujer y por sobre todo blanco/ negro, Guzmán logra conocer la poesía de Vallejo, asumiendo lo que Bajtín entiende como una pluralidad de voces que intercalan dentro del marco de su propia coherencia originada en su contexto cultural e histórico.

Montecino retoma esta polaridad blanco/ negro y hombre/ mujer, como una clave hermenéutica...

?... los análisis sobre la mujer en nuestro territorio podrían ser aún más fecundos si profundizáramos en el espacio de los símbolos que rodean su constitución como sujeto (...) En este sentido el ícono mariano muestra, por ahora, sólo el vértice de un iceberg que flota en la superficie del cuerpo social mestizo? (Montecino, 33:1991).

El aporte de Guzmán es inmenso en la elaboración no solamente de una hermenéutica en el plano metodológico, sino en la invitación interdisciplinar, lo cual abarca la posibilidad de leer desde polaridades, bajo la forma de pares binario, lo que decanta en la polaridad madre y huachos, factor fundamental del texto...

? Jorge Guzmán, aporta el enfoque desde la madre, el otro polo de nuestra construcción social de las diferencias genéricas.? (Montecino, 55:1991).

Más aún, la invitación de Guzmán no es solamente la invitación a un método, sino por sobre todo es la apertura a un nuevo modo de interdisciplina; la metalengua del texto lo afirma a cada momento. Sería admisible la inclusión de sociólogos como Morandé y Cousiño en su discurso, no obstante, al introducir el pensamiento de Guzmán, rompe los límites, transgrede alevosamente lo que es la formalidad del texto antropológico chileno. Se permite extraer no sólo una referencia anecdótica para la elaboración de su discurso, utilizando a un humanista que como especialista es más bien ajeno las ciencias sociales, sino que lo ubica en el epicentro de su argumentación. Con ello, la transgresión se completa, y la metalengua da lugar a un texto que no es el antropológico chileno de la década de los ?80, es otra cosa, un híbrido expresivo y textual[4].

Para nosotros, la inclusión de Guzmán abre la puerta para la constitución de un nuevo tipo textual, el cual desde la voz antropológica, se sumerge en la interdisciplinar y sigue un camino propio en el cual la fidelidad a las macroestructura textuales de la antropología dejan de importar. Lo que importa ya no es hacer o no texto antropológico, lo que realmente interesa es contar lo que se quiere, y hacerlo como se quiere, para demostrar el argumento en una lógica que une la recargada belleza de la expresión con la demostración del argumento.

El barroco como base de la metalengua

Hemos situado al concepto de barroco como un factor determinante, no solamente porque corresponda a la categoría de Morandé, sino porque desde esta perspectiva abre el camino para la innovación textual en Montecino, como si se dijese: América Latina es barroca entonces barroco es este texto que creemos, situado en este suelo y, por ello, definido desde este barroquismo esencial.

Como planteamos en un capítulo anterior, el concepto de "BarrocoLatinoamericano" es de antigua data en nuestro continente respecto de su uso por parte de nuestra intelectualidad; está presente en la obra de Alejo Carpentier y Pedro Morandé (de una punta a la otra del siglo, y desde el arte hacia las ciencias sociales), y aún antes que ellos desde conceptos como los "de barroco popular americano", fundamentales en la obra y metalengua del poeta chileno Pablo de Rokha. Por ello, la inclusión metalingüística del concepto de barroco en este texto supera lo teórico para constituirse en el elemento esencial de la metalengua. Si el tema es lo femenino en la identidad mestiza, en el barroco sale hasta por los poros, barroco en una lectura histórica, barroco en una lectura sociológica, y, por que no decirlo, asumiendo una postura barroca al momento de realizar la escritura, con una belleza dentro de la cual no deja indiferente lo recargado del estilo, la vehemencia, se ve apuntalada por un modo de escritura pesado, como puede ser pesado todo texto donde la belleza se comprime, y que el lector descomprime, para llegar a inundarlo desde las primeras páginas.

Desde nuestra lectura de este libro de Montecino, podemos decir el concepto de barroco es una categoría de doble registro, ya que se presenta desde un doble origen: en estética literaria y en las ciencias sociales latinoamericanas. Su aparición en la cultura latinoamericana es anterior en la literatura y su metalengua, que en la teoría social; no obstante, para poder llegar a constituirse una teoría sociológica del barroco americano, como la de Morandé, tiene antes que existir una metalengua literaria como la de Alejo Carpentier.

Esta metalengua literaria, nos da algunas pistas para responder a la pregunta ya planteada por el itinerario del concepto de barroco, mostrándonos de manera prototípica cómo el concepto de barroco inunda la escritura, desde la literatura hasta las formas escritúrales más recónditas, siendo "Madres y Huachos" una expresión de ello.

Las mismas sorpresas vividas por Carpentier, son las del etnólogo en un contexto donde lo que la literatura antropológica clásica describe como la "alteridad radical", es decir la "absoluta diferencia respecto de lo occidental" y la literatura surrealista definida como la escritura de lo inconsciente, se transforma en realidad nítida e identificable, identificable en la propia biografía y en la vivencia de la experiencia colectiva. Respondamos a la pregunta por el barroquismo de la escritura de Montecino con otra pregunta ¿Por qué el contexto histórico cultural que determina el surgimiento del "realismo mágico" no podría determinar un tipo de escritura antropológica? Sobre todo si ésta se abre a una visión que entiende la identidad latinoamericana como barroca y que asume sin tapujos la posibilidad de la influencia de la teoría literaria a nivel del argumento, y de la intertextualidad .

Por otra parte, si entendemos por racionalidad, según el uso que Morandé hace de las categorías webereanas, como el conjunto de valores que definen "acción social en un contexto específico", entonces este concepto puede ser extrapolado más allá de los límites de la modernidad y del mundo occidental, hacia el universo axiológico que define la conducta del hombre precolombino latinoamericano. Entonces debemos decir que esta racionalidad se mueve dentro de los límites de las sociedades arcaicas y, por lo tanto, lo substancial de ésta es el ámbito de lo dramático sacrificial.

El drama como exacerbación de la expresión de los significados y el sacrificio como inmolación socialmente compartida, como ofrenda dentro de la estructura social dan, para Morandé, como resultado una cultura en la cual el dolor da sentido a lo social y el quiebre continuo no es más que un eslabón dentro de una continuidad de hechos de carácter dialéctico, en el cual desde la persistente hecatombe surge el replanteamiento, al que dentro de nuestra racionalidad damos el nombre de porvenir, queda la pregunta ¿Cómo se vive entonces el par binario sacrificio-género?

Esta lectura de la temporalidad se funde, para Montecino, en aquello que por nuestra parte denominamos "el tiempo de lo femenino" en el que las labores diarias y los procesos biológicos se ven aunados en una temporalidad, que se expresa por la oralidad y que se diferencia radicalmente de la cronología de la producción capitalista. Desde las citas a Tamara Kamenszain[5], Montecino hace una fecunda síntesis con el pensamiento de Morandé, para explicar en un lenguaje lleno de bellas metáforas el modo en que el tiempo pasa a leerse de manera distinta y, por ello, genera un orden social sumergido, que opera realmente, pero bajo la forma de mecanismos poderosos e invisibles.

Por otra parte, Montecino afirma desde Morandé la injerencia de lo cosmocéntrico en la identidad latinoamericana, es decir, tiene una concepción del cosmos en la cual el centro es la propia cultura, particularmente en el caso de las altas culturas como los incas, mayas y aztecas, siendo también el centro del universo. Esta faceta, propio de las culturas precolombinas, no solamente determina la existencia de una realidad mental específica, la cual podía traducirse, por ejemplo, en un tipo de religión puntual, sino que tiene que ver con fenómenos como la estructura social, o con modos particulares de vincularse con la naturaleza en el plano ecológico?cultural. El cosmocentrismo define un vínculo con la organización social y con la relación tecnoambiental; y ese vínculo se da fundamentalmente en el plano de los valores, quedando esto expresado en la presencia del sacrificio en todas las esferas de la vida de estas sociedades, desde lo mítico hasta lo material, lo cual se proyectaría en nuestra sociedad en la actualidad.

Para el esquema de Morandé, esta contraposición entre lo europeo y las culturas precolombinas, más que significar una ruptura o un quiebre, en el sentido de apocalipsis absoluto, más bien significa un encuentro de carácter dialógico, en tanto significa que por parte del español y por parte del indígena precolombino tiene que existir un pensarse mutuamente, en tanto conlleva la necesidad de idear categorías que permitan, dentro de los límites de la propia cultura, dar cuenta de este otro cultural tan extraño y, al mismo, tiempo tan presente.

En Montecino, la mujer es la "radicalmente otra?; su diferencia al ser genérica e involucrar aspectos biológicos y psico-culturales, determina un segundo nivel de alteridad. Ello pone a la mujer en un papel nuevo distintivo en el que, desde lo doméstico, subordina aunque también provee de otros mecanismos. El papel de la mujer, y también sus ejes de poder, se define desde la conquista misma. Para Montecino, la madre violada, la distinta que por la consumación sexual, por puro efecto de la pulsión más rotunda, llega a convertirse en la compañera y en la compañía; no obstante, la acompaña la invisibilidad y el poder de estar en todo lo cotidiano y, por lo tanto, en aquello que Foucault denomina como la microfísica, y que sencillamente podríamos llamar la cotidianidad, que como sumatoria de las partes es el todo más significativo de la existencia.

La intertextualidad para la belleza en la reflexión

La propia autora nos confiesa su modo de entender el ensayo; según ella, es una escritura que se vale de otras escrituras. Entonces, evidentemente, el nivel intertextual pasa a tener un papel preponderante al momento de definir la identidad del texto. Este proceso de intertextualización, responde por una parte a la necesidad argumentativa que guarda relación con la demostración de las hipótesis conceptuales; sin embargo, es un recurso narrativo que da forma al texto, ya que lo nutre de la apertura interdisciplinaria, para sacarlo de los límites estrechos del canon del texto científico social. Es así como la intertextualidad presente se percibe a cinco niveles: una intertextualidad respecto del texto científico social sociológico y antropológico, con un recurso permanente a la cita, incluso de textos etnohistóricos como radicalización de la intertextualidad; aquí no solamente la autora se nutre de la lectura socio-antropológica, sino de las fuentes del texto pretérito, jugando tanto con la fuente conceptual como con la fuente de la fuente conceptual...

"? venida la noche el Inca señaló, salieron los indios apercibidos de sus armas con grandes fierros y amenazas de vengar las injurias pasadas con degollar los españoles. (comentarios reales del Inca Garcilaso de la vega).? (Montecino, 78: 1991)

Una intertextualidad desde el texto literario, planteada como cita directa:

...?Doña Isabel quería,
suyo y lo mismo la parda,
y el Bernardo entre las dos
como un junquillo temblaba (Gabriela Mistral, Poema de Chile)

o respecto del texto literario popular

...?crece el hombre malamente
arrastrando su cadena
por eso no causa pena ver morir a un inocente" (canción de angelito)
(Montecino, 92: 1991)

Con esto, Montecino le proporciona un rasgo definitorio a la identidad textual, ya que se expresa no solamente por medio de la vinculación de argumentos ajenos, sino de sensibilidades propias en la combinación de la cita ajena y la metáfora propia, donde el argumento toma realmente vida.

Una intertextualidad desde el vocabulario de género donde es posible encontrar permanentemente el recurso a palabras como: hilar, bordar, tejer, lo que resulta en una transposición entre la autora empírica y la autora textual, y es un contenido estilístico que rápidamente toma un contenido ideológico, demostrando, o intentando demostrar, como el género se "toma" la escritura. Una intertextualidad que es extraída de las etnocategorías del mundo popular chileno e indígena latinoamericano,...

?? ¡la Tencha nos decía que Allende no servía!? (Montecino, 1991: 103)...?? en su calidad de ñusta (princesa) tiene dominio sobre súbditos y soldados? (Montecino, 74: 1991).

Con ello, la recuperación del habla pasa a ser un tipo de recurso etnográfico, casi un atisbo de fuente empírica, que remite a lo más directo que el tiempo puede tener un escucha y cita directa respecto del lenguaje del actor.

Por último, destacemos del texto un recurso permanente de tipo intertextual: el epígrafe, que no posee un carácter complementario sino que representa un recurso textual de primer orden, ya sea por la metáforas que contiene como por las ideas que expresa de manera implícita o explícita. Se trata de un tipo de intertextualidad, en el sentido más tradicional planeado por Genette[6], donde existe la presencia física de un texto dentro de otro. Es el caso de epígrafes de poesía como la de Paz o Mistral a la cual recurre constantemente Montecino; el texto citado orienta la lectura, la determina, tiene un rol prevaricador para el lector que se debe guiar por la insinuación que el epígrafe le entrega. Los textos en sí son simples, el modo en que orientan la lectura del texto que preceden es lo complejo. El siguiente extracto es prueba de ello...

"? en el patio un pájaro pía,
como el centavo en su alcancía.
Un poco de aire su plumaje
se desvanece en un viraje.
Tal vez no hay pájaro ni soy
ese patio en donde estoy.
(Octavio Paz, Identidad)

Este texto, que representa el epígrafe fundamental del libro, es en sí un factor intertextual determinante en la caracterización del lector modelo. Si lo que existe en el libro es la pregunta por la identidad, y el libro está escrito por una antropóloga, ninguno de los antecedentes anteriores, posibles de encontrar en la contratapa, deberán hacernos esperar un sesudo estudio sobre cultura nacional al estilo de la antropología psicológica o un estudio antropológico político. Este epígrafe, sacado de Paz, ya nos induce a un texto mucho más subjetivo y polisémico, en el que lo interdisciplinar fundamentado en la metáfora constituyen sus pilares.

Este tipo de epígrafes se repite en el texto, y en una caracterización general, los podríamos clasificar en dos tipos: el primero está compuesto por aquellos que rescatan la dimensión poética del libro invitándonos a una reflexión más intuitiva que analítica, como es el caso de los epígrafes de textos de Gabriela Mistral o de Octavio paz, como el que acabamos de citar. Un segundo tipo de epígrafe tiene el objetivo de centrar la lectura del texto en la problemática del género, específicamente en el terreno de lo femenino, es el caso de las citas epigráficas a Tamara Kamenszain o los cantos en quiché y castellano con que se inicia el capitulo titulado "La virgen Madre emblema de un destino", pero quizás el más significativo de estos epígrafes de género es el que dice..."A Cristián, por haber nacido", en él no sólo se expresa el vínculo emotivo que la autora evidentemente tiene con su hijo, sino que nos orienta la lectura posterior, desde allí, en la primera página del libro el lector, tendrá que partir del hecho que esta leyendo la obra de una mujer que escribe, es una escritura situada. Por lo tanto, esta intertextualidad determina tanto al autor modelo como al autor empírico, ello es de tal intensidad en la obra toda de Montecino que la última frase del discurso de agradecimiento por el ortorgamiento del premio Academia Chilena de la Lengua 1992, esnuevamente la misma..."a Cristián, por haber nacido".

Respecto de los paratextos, representados por los títulos y subtítulos, vemos en ellos el recurso permanente a la intertextualidad, desde el título mismo se utiliza una palabra española y una voz indígena "huacho", con lo cual desde este recurso intertextual esperamos un texto que deambule por las diferentes formas culturales que componen el sistema étnico social latinoamericano.

Los subtítulos, en tanto, van desde la descripción casi técnica, por ejemplo...?Mujer e identidad latinoamericana: reversión de los paradigmas eurocéntricos" (Montecino, 1991: 22) hasta la metáfora abierta..."Virgen madre: emblema de un destino" (Montecino,1991: 61). La variedad de modos de titular y subtitular probablemente tengan que ver con el modo de construcción de libro que la autora reconoce, en tanto éste responde a lo dicho en la elaboración de la obra"diversos espacios"(Montecino,1991:15) es decir, conferencias clases, ponencias charlas, artículos científicos, textos de difusión y comentarios etc. Por ello, aunque suponemos un retocado de los textos para la conformación del libro, ellos de todas formas responden a la lógica de textualidades un tanto disímiles, respondiendo los títulos, como vimos, a una intención de orientar pragmáticamente la lectura hacia un argumento caro y preciso, y en otros casos quiere llevar al lector a una perspectiva más amplia en su lectura donde el tema es más vago por tanto el texto es leído de manera más polisémica.

Temas y tipos barrocos

El modo estético que va dando identidad al texto, si asume lo barroco como categoría analítica, también se vale de este concepto en otro sentido, no solamente para interpretar la realidad sino para relatarla, con lo cual lo estético es una forma de hacer discurso más que un recurso ocasional de tipo narrativo o una simple categoría de análisis.

Las macroestructuras presentes en este texto poco se distinguen de su intertextualidad y, por otra parte, cuesta diferenciarlas de sus superestructuras; en verdad los temas abordados se entretejen con los tipos de enunciados a los que se recurre y ambos se enlazan en los argumentos que se defienden y sustentan, no obstante, podemos establecer algunas diferencias.

A nivel macroestructural, los temas son los propios del argumento, con algunos más destacados que otros. Sorprende, como primera cosa, que el tema género esté supeditado al tema de la identidad cultural, por lo que el texto aborda a nivel de macroestructuras textuales, fundamentalmente interrogantes respecto de la identidad cultural chilena, más que el tema del género como factor único o aislable. No vemos aquí el tema de la dicotomía hombre/ mujer como una macroestructura huérfana de contexto, por el contrario, ella responde a una lógica cultural que nos es develada, desde temas puntuales que son los del género, pero más que eso son los de la cultura como pregunta con mayúscula.

De estas macroestructura, en primer lugar podemos mencionar que el mestizaje desde el eje barroco como analogía estética que se constituye en el texto en un eje teórico...

?? si bien el barroco define una época cultural, será en Latinoamérica donde se desplegará, otorgando especificidad a todo el territorio? (Montecino, 38: 1991)

Por otra parte, otra macroestructura fundamental presente, como tema que simultáneamente se nos presenta como sustento de un argumento: es el del sincretismo definido desde el rito...

?? somos una cultura ritual cuyo nudo es el mestizaje acaecido durante la conquista y colonización? (Montecino, 1991: 37)

También podemos mencionar al género como tema medular, aunque, insistimos, no como única macroestructura de los textos,...

?? ser mujer y ser hombre, pertenecer al género masculino o femenino, definir las identidades desde esos parámetros, nos obliga a realizar un gesto que pasa por una mirada universal, pero que se detiene en lo particular? (Montecino, 21: 1991).

Por esto, se nos presenta como macroestructura, no por eso menos recurrente, el abandono del huacho y la presencia materna preeminente...

?? la noción de huacho que se desprende de este modelo de identidad, de ser hijo o hija ilegítimos, gravitaría en nuestras sociedades -por lo menos los datos para Chile así parecen indicarlo- hasta nuestros días. El problema de la legitimidad ?bastarda?atraviesa el orden social chileno transformando en una marca definitoria del sujeto en la historia nacional? (Montecino, 1991: 43)

En un cuarto punto macroestructural, vemos a la maternidad asociada a lo mariano como centro de la identidad ritual, presente como un aspecto temático fundamental...

?? nuestra hipótesis es que la alegría mariana se ha erigido en un relato fundante de nuestro continente, fundación expresada en categorías más cercanas a lo numinoso que a la racionalidad formal, al mito que a la historia? (Montecino, 28, 1991)...?? entonces se podría decir que el carácter inmortal de la divinidad materna mestiza, satura el suelo de la conquista? (Montecino, 82: 1991)

A nivel de las superestructuras, entendidas éstas como tipos textuales, creemos innecesario y estéril elaborar una tipología de las mismas para los fines de este capítulo; ellas se encuentran de una u otra forma identificadas en el nivel intertextual y macroestructura. No por eso deja de ser importante ?para este análisis- el papel que la metáfora como recurso tiene en el texto, a nivel de las superestructuras; tanto los argumentos originales como el procesamiento de las fuentes intertextuales, por medio de la elaboración teórica, se definen desde metáforas que enriquecen el texto y le dan esa identidad barroca recargada, pero estéticamente pertinente. Frases como...?la china, la mestiza, la pobre, continuó siendo ese Obscuro objeto del deseo? (Montecino, 1991: 50). o ?... iluminar destellos mestizos que hoy semeja una fractura? (Montecino, 1991: 59) son demostración del modo en que la metáfora es el pilar que define la identidad textual del libro. Más allá de la pertinencia y solidez de las ideas propuestas, como ya vimos, se trata de una escritura que se vale de otras escrituras y el procesamiento requiere de la metáfora como recurso estético, pero que supera el nivel de la herramienta textual para ser aquello que le da identidad en el contexto del ensayismo chileno.


¿Quién escribe y para quién?

Para nosotros, es evidente el tipo de autor modelo frente al cual nos encontramos, él (ella) es un ensayista enciclopédico, que pasa raudamente desde la teoría literaria a la teoría sociológica, en vuelos rasantes donde historia, antropología, sociología y teoría del género aportan poderosamente. Sin embargo, queda la pregunta fundamental respecto de qué es lo propio de este autor modelo; es una feminista furibunda que arremete con todas las herramientas de su inteligencia y de su cultura, pero también es una delicada ensayista científica social con un vocabulario exquisito, que quiere aportar no sólo desde la reflexión del género sino desde las interrogantes más amplias respecto de nuestra identidad sincrética y mestiza.

En resumen, más allá del marcado tinte ideológico feminista de la autora, el autor modelo presente es el de un especialista en estudios culturales, cuya identidad muy particular se define por su preocupación por el estilo, en el sentido de la búsqueda empedernida de la belleza en la expresión. No es gratuito, por cierto, el premio Academia Chilena de la Lengua que este libro obtuvo. Existe en el texto un cierta elegancia profunda que supera a la metalengua misma, casi como diría Kant como si la belleza del estilo nos hiciese distraernos de los argumentos planteados.

Por ello, la identidad de la autora modelo es también la de una literata, muy culta, pero literata, que desde el pluralismo inter y transdisciplinario de la ciencia antropológica que le permite ir y venir desde y hacia otras disciplinas; elabora un texto de reconocida belleza, es por ello más que un texto de teoría, una primera muestra de un tipo textual emergente, el ensayo antropológico poético, donde no sólo importa decir cosas cuerdas, sino también decirlas bien, siendo coherentes con una suerte de barroquismo, bien entendido, es decir un cuidado por la forma, que no la frena pero la pule.

En cuanto al lector modelo, él supera a la comunidad antropológica, aunque evidentemente no responde a la búsqueda de una lectura masiva. Este lector debe superar el plano técnico para llegar a la búsqueda interdisciplinaria; no es el practicante de una disciplina sino un lector instruido, un raro espécimen, que no obstante parece abundar en Chile, si lo consideramos en función de la recepción y de la reedición de la obra. Nuevamente nos vemos frente a un lector cuyo universo es el de la intelectualidad de clase media chilena, la que se interroga por el género y por la identidad cultural, la que lee a Morandé, a Cousiño, a Kirwood, a Salazar y a Guzmán. Un tipo de intelectual pluralista con intereses amplios y con un bagaje de lecturas que le permiten llenar de significados los significantes que el texto utiliza, pero también es un lector con un habitus de clase, el cual necesita de la formación universitaria para comprender, y del desconcierto propio de la pequeña burguesía de los ?80. Alguien que además esté dispuesto a dejarse seducir por el argumento; alguien que no busca sólo evidencia empírica sacada del terreno, sino que esté dispuesto a seguir el hilvanado del texto, a recorrer los trazos y la textura; alguien que es capaz de hacer la travesía, solamente escoltado por la seducción del estilo. Un lector que se hace preguntas sobre sí mismo y sobre su medio y que para responderlas no tiene miedo a realizar los cruces ni a dejar que otros los hagan.

Una demostración de ello, es el uso del concepto de barroco latinoamericano creado originalmente por autores como Carpentier y re-utilizado por Morandé. La llegada de esta analogía al texto de Montecino, es una travesía aquí; va desde la metalengua del real maravilloso pasa con Morandé hacia la sociología y recala en el puerto del texto antropológico literario.

Por todo lo anterior, este tremendo camino da cuenta de un lector capaz de aceptar las aventura. No obstante, nos preguntamos quién le dice a la señora Montecino que ello era posible, ¿Quién la autoriza para sacar categorías de campos y subcampos culturales tan distintos y mezclarlos en su obra de artesanía? La audacia teórica es en este libro, en mucha medida, la audacia de la mezcla inaudita, y Montecino supone un lector modelo que la autoriza que le da el permiso tolerante y maravillado.



Un habitus para dar razón de las esperanzas

En su materialidad, la escritura misma no difiere del estilo del ensayo histórico social, Tomás Lago podría haber escrito un texto que en su apariencia, aunque no en sus argumentos macroestructurales, se semejase al de Montecino. No obstante, no son sólo los argumentos lo que difieren, la libertad se une al plano de la formalidad en la presentación de los argumentos. Se debe escribir bellamente, pero el argumento debe estar bien formulado. Es así el habitus que este texto genera, obliga a plantear argumentos cuyas bases sean sólidas y que también su estructura lógica resulte verosímil. Esta credibilidad, unida a la estética de la expresión, representa la base del habitus cuyos límites están en dos vértices, la argumentación del ensayo sociológico y la creación ensayística literaria, un ángulo necesita del otro para poder existir.

Toda lectura del texto de Montecino, y de los que en el futuro seguirán su huella al interior de la Antropología Poética Chilena, deberá atenerse a estos dos primados, el cuidado en el estilo, que aventure experiencias y experimentos textuales desde la metáfora, pero también que fundamente lógicamente sus afirmaciones. La belleza en la expresión deberá estar unida a la coherencia en el pensamiento.

La generación de ideología, en este caso ideología de género, resulta en un factor que define; los valores son claros, no dan cabida a la duda, no obstante este ensayo y todos aquellos que caben al interior de nuestra Antropología Poética no responden necesariamente a esta lógica de clara base axiológica. En definitiva, no es necesario ser feminista, ni teórico del género para adscribirse a este tipo textual, más bien la búsqueda estética en el plano del estilo y la coherencia argumentativa son el núcleo duro que nos proporcionan la gramática mínima de este habitus creativo.

Respecto del epicentro barroco, creemos que él representa el ángulo de juego o movimiento, que aunque no se mantiene en textos ensayísticos de autores posteriores. No obstante representa el epicentro de la perspectiva interdisciplinaria, tanto a nivel del argumento como a nivel de los tipos textuales utilizados. Para Montecino, América Latina es barroca; desde las tesis del Proyecto Ecuménico del Barroco de Pedro Morandé, ello no sólo se sustenta en una reflexión teórico-sociológica, sino que posee reminiscencias implícitas en el barroquismo literario y metalingüístico de autores como Carpentier, y en el barroco colonial latinoamericano, frecuentemente mencionado por la autora. Por ello el barroco es un período de la cultura europea y latinoamericana; un tipo ideal teórico sociológico, una analogía estética y un modo de encarar la escritura del texto.

El carácter recargado y al mismo intenso de la estética barroca atraviesa la comprensión de la identidad chilena y latinoamericana, pero supera el plano del argumento. Por este motivo, el habitus es barroco en su originalidad, dado aunque no se usen las categorías de Morandé, ni se mencione el barroco como corrientemente estética, se sigue elaborando desde 1991 -año en que se publica el libro- un tipo de ensayo recargado en su estilo, preocupado tanto de la coherencia analítica del argumento como de la forma estética de lo dicho, en el que la metáfora no sólo es una licencia, sino una exigencia del estilo de creación que Montecino inaugura. Del barroquismo radical, de la metáfora y la opción interdisciplinaria quedan como huella ensayos posteriores, tanto de la autora como de otras y otros que la seguirán.

Este habitus de creación tiene como punto de articulación el mismo eje descubierto en su metalengua, el barroco, el permiso para la forma recargada, que hecha mano del argumento racional traído desde diferentes disciplinas. Pero también se surte de la cita al poema, el poema como epígrafe que define sentido, y sobre todo de la metáfora. Parece que la autora más que convencer racionalmente, lo que desea es seducir con la forma expresiva, y para muchos lectores lo logra. Esa combinación de la metáfora, no grandilocuente, sino de gran elocuencia[7].

Nunca antes la antropología chilena se había visto inundada de tantas transgresiones textuales; ni siquiera por el experimentalismo etnográfico de Carlos Piña se había dado licencia hasta ese momento para conjugar una poética barroca elocuente, con una argumentación sólida en lo teórico y clara en lo ideológico. Es el punto de partida. La antropología chilena ya no podía ser la misma; desde aquí en adelante, la cita a disciplinas humanistas ajenas hasta ese momento, como la estética, la teología, la teoría literaria, la historia del arte y, por sobre todo, el recurso a la metáfora desdoblada se permiten licencia; ya no es sólo necesario decir verdad sino que debe hacerse bellamente.

No se aprende en una Escuela de Antropología a escribir como lo hace Montecino, lo que sí se logra es la simple constatación de los límites del método, la más humana de las ciencias o la más científica de las humanidades; se nos configura en un espacio de delimitación, que, no obstante, debemos considerar en la pragmática de los textos de la Antropología Poética Chilena y, por ello, en el reconocimiento de sus habitus de creación textual.

Tanto la etnografía, como modo de registro de información, como la antropología teórica en tanto manera de sistematizar esa información, se nos presentan colapsadas en el estilo formativo entregado por la Universidad de Chile en las décadas de los ?70 y ?80. Si surgen de esa institución grandes antropólogos, no es por su formación, más bien corresponde a aquello que Bourdieu entiende como la elección de los elegidos, altos puntajes en la PAA (Prueba de Aptitud Académica) venidos por lo general de colegios pagados; generan la identidad de una juventud, comúnmente, de sensibilidad de izquierda, al menos en sus periodos de estudiantes; ello define el perfil de Montecino como del resto de los autores esenciales de la Antropología Poética Chilena.

Pero no es la condición solamente de antropólogo lo que define la inclusión en el corpus de esta corriente a uno u otro autor, no obstante creemos que tanto en Montecino, como en otros autores, ello es un factor determinante de la pragmática. La paradoja es que lo opera por rechazo, al menos en Montecino es claro. Tenemos la certeza de que la autora no lee a Guzmán, ni a Morandé como parte de su formación en la Universidad de Chile; tampoco asiste a cátedras de antropología del género, ni menos aún considera en su formación metodológica la posibilidad de un barroquismo literario como el que aquí identificamos en su libro. Es, no obstante, el contraste respecto de la precariedad de la antropología estructural funcionalista y sus categorías positivistas a nivel metodológico, perfil en ese momento del Departamento de Antropología de la Universidad de Chile, lo que promueven la generación de un texto por parte de una antropóloga tan distinto a su formación original.

Se actúa por reacción, un tanto por rechazo; lo que se mantiene es la macroestructura textual, el gran tema marco de toda antropología; la pregunta por la identidad desde la consideración de la diversidad determina este carácter pionero del texto que genera una antropología absolutamente ?otra? que nunca será antropología para muchos de los practicantes de la disciplina en nuestro país. Hay demasiada libertad en este texto como para que ella sea digerida por tan disímiles generaciones y estilos antropológicos.

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43) Tyler, Stephen. 1988. In Other Words. The Other as inventio, Allegory, and Symbol. Massachusetts: Harvard University Press.
44) Tyler, Stephen. 1990. The Poetic Turn in Postmodern Anthropology: The Poetry of Paul Friedrich. American Anthropologist 86: 328-335.
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47) Vattimo, Gianni. 1995. Ética de la interpretación. Buenos Aires: Editorial

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[1] Para Lévi-Strauss, el avunculado parte del análisis desde el átomo del parentesco, con cuatro elementos y por tanto relación entre cuatro términos, relaciones de oposición -actitudes positivas frente a negativas-. Nuestro autor demuestra que no hay conexiones entre el sistema de parentesco y el de actitudes, siendo lo importante un hombre/ hermano de la madre, que da esposa a otro. Según Lévi-Strauss, la relación es positiva si el avunculado es patrilineal. Además el avunculado se da tanto en sociedades matrilineales como patrilineales. Así demuestra que no existe relación entre sistema de filiación y actitudes.
[2] En lo formal el texto se no presenta dividido en cinco capítulos: Punto de vista, Madres y Huachos, La Virgen madre. emblema de un destino, La "política maternal" y la palabra disociada de las prácticas,Tematización del mestizaje en Chile.


[3] Sintomáticamente el texto ?Contra el secreto profesional. Lectura mestiza de Cesar Vallejo? es publicado por Guzmán en la editorial Universitaria en el año 1991, el mismo en que aparece la primera edición de "Madres y Huachos", Montecino dispondrá de una serie de artículos previos de este autor para recibir su aporte y procesarlo.


[4] No podemos olvidar que en este contexto la influencia de autores como Walter Mignolo, Néstor Gracia Canclini o Jorge Larraín aún no es determinante en el medio chileno. A finales de los ?80 circulan tímidamente algunos textos de Canclini sobre cultura popular, Mignolo es considerado un teórico de la literatura exclusivamente y Larraín es un sociólogo brillante pero remoto en su exilio inglés.

[5]
SE INTERNA SIGILOSA?

Se interna sigilosa la sujeta
en su revés, y una ficción fabrica
cuando se sueña. Diurna, de memoria,
si narra esa película la dobla
al viejo idioma original. (Escucha
un verbo infantil el que descifra
una suma que es cifra de durmientes
delirios conjugados en pasado.)
¿Quién, por boca habla de los sueños
cuando hacia ellos la vigilia va o
cuando lo envuelto con ellos en esa
pantalla de la sabana se escribe?

Tamara Kamenszain


[6] Gerard Genette define a la transtextualidad (trascendencia textual del texto) a nivel general como... "todo lo que pone al texto en relación manifiesta o secreta a un texto como otros textos" (Genette, 1989). Esta búsqueda de categorías para sistematizar la presencia de un texto sobre otro, puede convertirse en una clave para liberar a la ciencia de la literatura de sus intentos maniqueos respecto de la originalidad. Parece que todo texto puede ser un de un architexto o hipertexto, el cual, conocido o no, define el curso de la palipsesto aparente originalidad en creación textual.


[7] Ha treinta épocas, ha treinta épocas, tu ilusión temblaba en los ELEMENTOS del orbe. ?ERES anterior a la materia,?hoy, iluminas el capullo irremediable de sus consecuencias, sus resultados conclusiones: el automovil A LA LUNA, la pálida locomotora hija de metales grises, la hulla y las aguas eximias y egregias, los aeroplanos errantes, y las oscuras multitudes, las oscuras multitudes, las oscuras multitudes revolucionarias conmoviendo LA SOCIEDAD con su ideal grandilocuente.

ORACIÓN A LA BELLEZA

Pablo de Rokha










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