Jorge Luis Borges - El hacedor secreto de un gran poeta

Vlady Kociancich

Publicado el: 2017-08-03


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UNA AUSENCIA .La figura de la madre fue dominante en la vida pública de Borges y relegó al olvido la del padre . Creo que fue en el año de la ...




Jorge Luis Borges

VLADY KOCIANCICH

El hacedor secreto de un gran poeta

PARA MUCHOS, SOLO HEREDO DE SU PADRE EL APELLIDO Y LA CEGUERA. PARA OTROS, ESTE HOMBRE TIMIDO, AMIGO INTIMO DE MACEDONIO FERNANDEZ, FUE DECISIVO EN LA VIDA DEL AUTOR DE "FICCIONES".


UNA AUSENCIA .La figura de la madre fue dominante en la vida pública de Borges y relegó al olvido la del padre . C reo que fue en el año de la publicación de El Hacedor , en 1960, cuando Borges me habló de su padre, por primera vez y largamente. No recuerdo la fecha precisa (pudo ser antes o después de la salida del libro) ni las circunstancias, aunque debió ocurrir una mañana de los días en que estudiábamos inglés antiguo, quizá en la Biblioteca Nacional, quizá en una calle del barrio sur, andando y conversando en dirección al norte, donde estaba su casa. Pero recuerdo bien mi asombro.

En aquel entonces, Borges hablaba tan poco de su pasado que uno podía imaginar que no lo había tenido. A una edad -sesenta años- cuando la infancia y la juventud toman la lejanía de un país extranjero y surge el gusto compulsivo de contar a los otros, a la gente que no estuvo ahí, cómo era ese país, él lo excluía de la conversación, urbanamente, a la manera en que una persona respetuosa del aburrimiento del prójimo se niega a hablar del clima o de sus problemas de salud. De hecho, lo reservaba para tamizarlo en la escritura, eligiendo y puliendo los trozos más brillantes del material un tanto burdo que es nuestra propia historia, hasta encontrarle un único sentido -el literario- y un lugar en sus libros.

Ancestros militares como el coronel Francisco Borges, intelectuales como Francisco Narciso de Laprida, presidente del Congreso de Tucumán que declaró la Independencia en 1816, crónicas de frontera, personajes de mala vida del barrio de Palermo, poetas, ciudades, amores entrevistos o fracasados, no se deslizaban al anecdotario más común, que cuenta, detalla, rememora, hablando. En la discreción de Borges había un orden: apuntaba a los relatos y poemas que finalmente, minuciosamente, escribiría, sin dejar una página de ese pasado en blanco.

Que Borges se extendiera en describir la personalidad de su padre era un hecho inusual; que subrayara cuánto le debía en términos de conocimiento y de lecturas, de apoyo para cumplir su "destino literario", me desconcertó.

Como todo el mundo, suponía que había sido la madre, Leonor Acevedo, quien había encauzado el talento del escritor en formación. ¿Acaso ahora, cuando la ceguera del hijo crecía parejamente con la fama, no seguía vigilando el camino de su obra, leyendo para él, tomando dictado, acompañándolo en las conferencias y los viajes? El mismo Borges declaraba: "Fue ella, aunque tardé en darme cuenta, quien silenciosa y eficazmente estimuló mi carrera literaria". Comparado con la contundente figura de Leonor Acevedo, que ayudaría a caricaturizar la imagen pública del Borges privado como un hombre débil y sujeto a la autoridad maternal, Jorge Guillermo Borges no parecía haberle transmitido más que el apellido y la ceguera.

La introducción de la memoria del padre en un diálogo sobre espadas sajonas y poesía medieval no fue, sin embargo, abrupta o producto de un repentino golpe de nostalgia. Cortésmente -borgeanamente- los recuerdos se presentaron con un libro que me había traído, un pequeño volumen en inglés sobre las batallas más importantes para la historia de Occidente. Entre las dieciséis (el título, algo escolar, era Sixteen Decisive Battles ) estaban, por supuesto, las de Salamina y Maratón.

"Mi padre", dijo, "me explicaba esas batallas sobre la mesa, con migas de pan. Esta, decía, era la posición de los persas, esta la de los griegos. Durante mucho tiempo yo seguí pensando en ejércitos y en barcos, en héroes y en batallas, como migas de pan".

La escena de las batallas ilustradas con migas de pan despertó mi curiosidad. Revelaba a un hombre inteligente tomándose su tiempo para interesar a un niño inteligente en un tema fuera de lo común y de su edad. Pero además contradecía la versión oficial de un Borges educándose solo o bajo la alerta mirada de la madre.

Ciertamente, de un modo muy sutil, cuando Borges se refería a sus primeras lecturas daba la imagen de un precoz autodidacta, que descubre sin otra guía que su voracidad el mundo inagotable de los libros. Una huella del estilo elusivo con que borraba delicadamente de las revelaciones literarias otra presencia que no fuera la suya quedó en unas líneas de la Autobiografía , el ensayo autobiográfico dictado a Norman Thomas Di Giovanni, que se publicó enla revista The New Yorker en 1970: "Si tuviera que señalar el hecho capital de mi vida, diría la biblioteca de mi padre. Creo no haber salido nunca de esa biblioteca". El hecho capital que señalaba era la biblioteca, no su padre.

Cuando en otra página enumera las lecturas favoritas del padre, libros sobre metafísica y psicología (Berkeley, Hume, William James) libros sobre Oriente (Lane, Burton y Payne) usa un tono de afectuosa distancia, omitiendo la transferencia de esas lecturas a la suya y la marca imborrable que dejaron en su visión del mundo. Sólo hay un momento en que Jorge Guillermo se ve nítidamente en primer plano: "El me reveló el poder de la poesía: el hecho de que las palabras sean no sólo un medio de comunicación sino símbolos mágicos y música. Cuando ahora recito un poema en inglés, mi madre me dice que lo hago con la voz de mi padre".

La memoria siempre es más sabia que la voluntad de recordar. En 1960, Borges podía mirar su pasado literario desde la altura de una obra y El Hacedor tiene algo de conciencia del camino hecho y de melancólica incredulidad. En los últimos versos de "La lluvia", uno de los poemas del libro, se filtra una inesperada evocación del padre: ...La mojada tarde me trae la voz, la voz deseada,/de mi padre que vuelve y que no ha muerto.

Si esos versos emocionan es porque en ellos hay una verdad. Alguien querido muere y uno descubre que el tiempo borra aquello que parecía grabado para siempre: los rasgos de una cara vista todos los días, las singularidades de un cuerpo. Nada más frágil de retener en la memoria que la voz humana, aire en el aire. Y sin embargo, cuando se ha olvidado casi todo del muerto, el recuerdo de su voz perdura, inconfundible, extrañamente vivo.

Otra verdad, no menos importante, es el deseo de esa voz. Para que una voz vuelva del pasado y se haga oír en un poema que ni siquiera la titula, debió escucharse con atención, ser una compañía amigable, mucho más que una nota de la música de la infancia. Injustamente, el dueño de esa voz quedó en la historia de la obra de Borges como una sombra silenciosa.

Los datos de su vida cuentan que Jorge Guillermo Borges (1874-1938) era entrerriano, hijo del coronel Francisco Borges y de Frances Ann Haslam. Estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires, se recibió de abogado, fue profesor de psicología en el Lenguas Vivas, heredó de su abuelo Haslam la progresiva ceguera que en 1914 lo obligó a jubilarse. Publicó una novela, El caudillo , y algunos poemas, tradujo a Omar Khayyam de la versión inglesa de Fitzgerald. Tuvo dos hijos con Leonor Acevedo, Norah, que se dedicaría a la pintura, y Jorge Luis, de "quien se esperaba que cumpliría el destino literario que las circunstancias le negaron". Vista desde la sequedad de los datos, una vida mediocre con un toque patético: el escritor fracasado que da un genio a la literatura. Vista desde los adjetivos que se le aplicaron, su personalidad parece todavía más deslucida: inteligente, bueno y tan modesto que quería ser invisible. ¿Cómo podría ese hombre borroso influir en la marcha de la extraordinaria obra de su hijo? La supuesta paradoja se desvanece al examinar los pormenores y matices que la escueta biografía de Jorge Guillermo Borges ha pasado por alto. Ya el matrimonio de sus padres tiene algo novelesco. El coronel Francisco Borges, comandante de las fronteras norte y oeste de la provincia de Buenos Aires, se enamora de una inglesa, Fanny Haslam, nacida en Staffordshire, Northumbria. Jorge Guillermo nace unos meses después de la muerte del coronel Borges en la batalla de La Verde. La madre, que habla pobremente el español, no sólo le transmite su idioma sino su experiencia de la vida de frontera y, más importante para él que los relatos del desierto, una tradición literaria. Edward Young Haslam, el abuelo, doctorado en filosofía en la universidad de Heidelberg, director de un diario en inglés; la hermana de su madre, Caroline, educada en Inglaterra, profesora de literatura. Del lado paterno, Juan Crisóstomo Lafinur, uno de los primeros poetas argentinos.

No se destaca como alumno en el Colegio Nacional de Buenos Aires, pero su curosidad intelectual no es inferior a la de su compañero de estudios, Macedonio Fernández, que se convierte en su mejor amigo. Juntos cursan el secundario, juntos ingresan en la Facultad de Leyes y reciben el título de abogado en el mismo año. La amistad y las conversaciones sobre filosofía y literatura duran toda la vida. Su timidez, tan recordada, no le impidió dialogar interminablemente con un hombre cuya inteligencia encandilaba a quien lo conocía.

Fue abogado con resignación y disgusto. En la única novela que escribió, dice de la abogacía: "Protege los intereses mezquinos de la sociedad, su afán de lucro, las pequeñas preocupaciones de familia, nacionalidad, Estado..." De la escuela, sostiene que "es nefasta cuando la sociedad es lo que es, mezcla de cuartel y de fábrica, explotación de los más por los menos, clases y castas y la deificación del éxito".

Ese hombre tímido lleva a la práctica sus ideas de librepensador, de anarquista individualista. Educa a sus hijos en casa y no en la lengua imperante en la cultura de esa época, el francés. Les impone el inglés, un idioma tan de minorías entonces que el hijo rememora, exagerando un poco, "que aprender inglés era tan raro como hoy aprender sueco". En casa de los Borges se habla en inglés, se lee y se recita poesía inglesa. El desafío de Jorge Guillermo Borges a las convenciones de su tiempo va todavía más allá. No someterá a sus hijos al yugo de una carrera universitaria. Pueden formarse solos con el mejor de los medios, el libro, para el mejor de los mundos, el del pensamiento y del arte. El resto es simplemente vida. Jorge Luis, de seis años, acompaña al padre a sus sesiones de lectura en la Biblioteca Nacional. La madre lleva los chicos al Zoológico.

El énfasis sobre la modestia y la timidez de Jorge Guillermo Borges sugiere a un hombre recluido en sí mismo y con una vocación de escritor que se manifiesta avergonzada, como un secreto de familia. Por el contrario, era abierta y gregaria.

Todos los domingos había reunión de amigos en la casa de Palermo. Los amigos del padre de Borges eran, entre otros, Evaristo Carriego, Macedonio Fernández, Enrique Banchs, Manuel Gálvez, Alfredo Palacios y el primo Alvaro Melián Lafinur, que trabajaba en la revista Nosotros y donde Jorge Guillermo Borges publicaba sus poemas. Se hablaba de filosofía, de literatura y de política. Como correspondía a sus ideas sobre la educación, los hijos estaban presentes. No es extraño que el cuento de Oscar Wilde, "El príncipe feliz", traducido por Jorge Luis Borges a los nue ve años, apareciera en el diario El País, donde colaboraba su tío Melián Lafinur, ni extraño que se pensara que era una traducción de Jorge Borges padre. Libros, revistas, artículos, tendencias, crítica, poesía, rodeaban con un ámbito hecho de voces la inolvidable biblioteca de la que el hijo no hubiera querido salir nunca y familiarizaron al niño con un mundo -el literario- del que nunca salió.

Que Jorge Guillermo Borges le asignara a un chico que no había cumplido diez años la pesada carga de un sueño irrealizable para él es una leyenda romántica, encantadora pero falaz. Durante la infancia de Borges, el padre estaba seguro de llevar a cabo sus proyectos literarios y ni siquiera la pérdida de la vista le impidió escribir una novela, ayudado por su mujer, que leía para él y a quien le dictaba. Fue con este propósito, después de la estadía en Ginebra (Borges ya iba a cumplir veinte años) cuando viajaron a España, que eligieron Mallorca como residencia, porque les habían recomendado la tranquilidad del lugar. Más importante y fuera de lo común es que padre e hijo compartieran la misma pasión por la literatura. Jorge Guillermo Borges aceptaba las sugerencias de Jorge Luis Borges, poeta barroco, fervororo ultraísta. El padre escuchaba al hijo, el hijo escuchaba al padre y años después repetiría los mismos consejos.

Me pregunto si Borges, en 1960, cuando por primera vez me habló del padre, no habría empezado a hacer la cuenta de su herencia, en lecturas, en amistades, en protección y estímulos; en temas, en rasgos de identidad, en la ascendencia literaria, en el amor de la lengua inglesa, de la historia, de la filosofía. Quizás adivinaba que la brillante presencia del padre en su iniciación a la literatura sería oscurecida por la cálida imagen de la madre, viva y presente en esta nueva etapa. Quizá, porque la conversación era para Borges el filtro de interminables borradores, se proponía corregir la invisibilidad que su padre había deseado. Pero sólo un eco de esas páginas no escritas se oye en la Autobiografía y en reportajes, y el poema "A mi padre", de 1976, suena pomposo y artificial, como plagiado de otros versos.
La voz evocada en "La lluvia" debió parecerle suficiente. Borges tenía razón.




Borges con Platón y Aristóteles
http://www.literatura.org/Borges/Platon_y_Aristoteles.html


De "conversaciones de Jorge L. Borges con Osvaldo Ferrari" aparecidas en 1984 en el periódico Tiempo Argentino

Osvaldo Ferrari: Borges. se impone que hablemos de la experiencia que usted trae de este viaje que realizó por Italia, Grecia y Japón. La primera impresión que uno tiene al verlo es la de que ese viaje le ha sentado muy bien, y que usted tiene el aire de haber hecho nuevos descubrimientos.

Jorge Luis Borges: No sé si descubrimientos. . . confirmaciones, más bien, desde luego. Vuelvo con una excelente impresión, y siemp;e con el asombro... no sé, de que me respete tanto la gente, de que me tomen en serio. Yo no sé si mi obra merece esa atencion, yo creo que no, creo que soy como una suerte de superstición ahora... internacional. Pero, la agradezco muchísimo y no deja de asombrarme eso; el hecho de haber recibido esos premios, esos honores: usted está hablando ahora con un doctor honoris causa de la Universidad de Creta. Todo eso me parece tan fantástico... bueno, me parece tan fantástico a mí como les parecerá a otros también, ¿no? Es decir, yo estoy asombrado de todo eso; pienso que quizá, bueno, ellos me han leído en traducciones, las traducciones pueden haber mejorado mis textos, o quizás haya algo entre líneas que no alcanzo a percibir, y que está allí. Porque si no, yo no sé por qué merezco todo esto. Pero vuelvo con la mejor impresión de esos países; yo no conocía el sur de Italia, aunque sabía que era Magna Grecia aquello. Estuve en Creta también, y tuve ocasión de decir que aquella expresión "Magna Grecia", expresión que se aplica al Asia Menor, al sur de Italia, a ciertas islas, podría aplicarse al mundo entero o, en todo caso, al Occidente entero. Es decir, que todos somos Magna Grecia. Eso lo dije allí, es decir, que todos somos griegos en el destierro _en un destierro no necesariamente elegíaco o desdichado, ya que quizá nos permite ser más griegos que los griegos, o más europeos que los europeos_. De modo que tengo el mejor recuerdo de esos países; yo no conocía el sur de Italia: me sorprendió oír la música popular, oí a un individuo tocando la guitarra, un campesino, me dijeron que estaba tocando temas sicilianos, y me pareció oír, bueno, esas tonadas criollas que corresponden a la provincia de Buenos Aires o a la República Oriental: esas tonadas con las que se toca "La tapera", o "El gaucho", de Elías Regules. Bueno, ése es exactamente el tipo de música que yo oí en Sicilia. Y luego, en Vicenza, estuvieron espléndidos conmigo, en Venecia también, y en el Japón, desde luego, confirmé las espléndidas experiencias de mi viaje anterior. Es decir, de un país que ejerce a la vez su cultura oriental y la cultura occidental y que, en lo que se refiere a cultura occidental, en lo que se refiere a técnica, parece que está, bueno, dejándonos atrás.

_Cierto. He visto que en un lugar de Italia lo han designado Maestro de vida.

_Bueno, ojalá eso pudiera referirse a mi propia vida, que ha sido una serie de errores, ¡eh! Pero, posiblemente uno pueda enseñar lo que no sepa, o lo que no ha practicado, ¿no? (ríe).

-Sí. Pero, además, es curioso: después de que en los últimos años viajó muchas veces por pafses, digamos, donde se impone la actual tecnocracia _el sistema más moderno_ : Estados Unidos, Europa occidental (la parte del norte), ahora parece que usted hubiera sido convocado por el sur, por el antiguo Occidente: Creta, Grecia y Sicilia.

_Bueno, pero es que lo que no es Creta, Grecia o Sicilia es un reflejo de esos lugares, es una extensión de esos lugares. Cuando tuve que hablar en Creta, cuando me hicieron doctor de esa Universidad de Grecia, recordé un hecho bastante curioso: uno piensa en el norte como opuesto al sur y, sin embargo, cuando _creo que Snorri Sturluson_ en ocasión de referirse al dios Thor, el dios que había dado su nombre al Thursday (jueves) inglés, ya que, bueno, el día de Thor, es decir, el día de Jove (Júpiter), ¿no? bueno, cuando Snorri Sturluson, en el siglo Xlll, tiene ocasión de referirse a Thor, da esta etimología _que, desde luego, es falsa_ pero que muestra el deseo que tenía el norte de incorporarse al sur. Es esto: él dice que Thor es hijo de Príamo y hermano de Héctor, por la similitud de los sonidos. Claro que eso es del todo falso, pero no importa; muestra el deseo de aquella gente allá... y, él escribió en Islandia, bueno, querían de algún modo vincularse al sur, querían acercarse a "La Eneida", que es lo que ellos conocerían del Sur, ya que no podrían conocer los poemas homéricos, desde luego, pero, en fin, el deseo de querer ser parte de la cultura mediterránea. Bueno, y eso se ve, por ejemplo... en alemán, la palabra "Vaterland", o en inglés "motherland", parecen muy germánicas y, sin embargo, ¿qué es "Vaterland" sino una traducción de "patria"? No es una idea que los germanos tuvieran, ya que para los germanos lo importante era pertenecer a tal o cuai tribu, ser leales a tal o cual caudillo.

_Tierra de los padres.

_Sí, tierra de los padres. Bueno, esa idea, "Vaterland", o "motherland" en inglés, para no confundir con "Vaterland" que parece exclusivamente alemán, esa idea es la misma idea, traducida, de "patria" en latín. Curiosamente, Groussac indicó la posibilidad de "matria", pero, claro, es un poco tarde ya, esa palabra resultaría muy artificial; pero vendría a ser "motherland" en inglés, lo de "matria". Quizá la idea de "tierra de la madre", bueno, por lo pronto es más segura que la idea de "tierra del padre", ¿no? (ríe): la paternidad es un acto de fe, como dijo Goethe, ¿no?; la maternidad es un hecho, bueno, que los animales reconocen, y que todo el mundo reconoce, sí.

_Ahora, usted ha recordado la mitología escandinava y la griega, y yo he estado leyendo a una escritora francesa, Simone Weil, que al recordar la mitologfa griega y también la oriental, sostiene que Platón fue el primer místico de Occidente, heredero de toda la mística de Oriente.

_Bueno, no sé si el primero, porque sería Pitágoras, que es algo anterior, creo. Y Pitágoras... creo que hay un busto de Pitágoras en que lo representan con un gorro frigio; es decir, asiático. Además, la idea de la transmigración y la idea del tiempo cíclico de los estoicos y los pitagóricos, tiene que ser algo que ha llegado del Oriente. Y en el Oriente, la idea de los ciclos tiene sentido, porque la gente, bueno, las almas, la transmigración de las almas en sus diversos ciclos; van mejorando, van empeorando, van modificándose. En cambio, la idea de ciclos exactamente iguales, que es la que tienen los pitagóricos y los estoicos, esa idea parece insensata, ya que, en realidad, no serviría absolutamente para nada: no sé hasta dónde podemos hablar, bueno, de un primer ciclo, un segundo y un tercero, ya que no hay nadie que pueda percibir las diferencias entre dos ciclos exactamente iguales. Posiblemente, la teoría del tiempo circular fue algo mal entendido por los griegos de la doctrina asiática, en que se supone que hay ciclos, pero esos ciclos son distintos.

_Los griegos pueden haber malentendido esa tradición, pero, a la vez, Occidente puede haber malentendido a los griegos. Porque, porque si decimos que Platón, y también quizá Pitágoras, son los primeros místicos de Occidente.

_Bueno, creo que la palabra primero no tiene mayor sentido, ya que no puede saberse, pero, en fin...

_Es que nuestra filosofía ha partido de allí, pero en lugar de tomar a Platón como punto de partida, ha tomado a Aristóteles como punto de partida, y tendriamos que llegar a saber algún dia cuál fue el acierto y cuál el error, porque todo hubiera sido diferente...

_Bueno, representan... creo que, en todo caso, representan para nosotros dos hechos muy distintos. El hecho de que uno piensa, bueno, Aristóteles es una persona que piensa por medio de razones. En cambio, Platón piensa, además, por medio de mitos.

_Justamente.

_Y eso se ve en el último diálogo de Socrates: parece que él usa, a la vez, el razonamiento y el mito. En cambio, ya después de Aristóteles, o se usa un sistema u otro, ¿no?; ya no somos capaces de usar ambas cosas. En cuanto a mí, personalmente, me creo casi incapaz de pensar por medio de razones; parece que yo pensara _ sabiendo lo peligroso y lo falible del método_ yo tiendo a pensar, bueno, por el mito, o en todo caso, por sueños, por invenciones mías, ¿no?

_O por la intuición, como en Oriente.

_O por la intuición, sí. Pero sé que es más riguroso el otro sistema, y trato de razonar, aunque no sé si soy capaz de hacerlo; pero me dicen que soy capaz de soñar, y espero serlo, ¿no? Al fin de todo, yo no soy un pensador, soy un mero cuentista, un mero poeta. Bueno, me resigno a ese destino, que ciertamente no tiene por qué ser inferior a otro.

_Pero usted advierte que en lugar de la mística y la poesía como tradición, se ha optado por la razón y el método.

_Sí, pero sin embargo nos rigen la mística y la poesía.

_Ah, claro.

_Eso desde luego, y nos rigen inconscientemente, pero nos rigen.

_Pero, es curioso, porque filósofos occidentales, como Wittgengstein, por ejemplo, terminan hablando de las posibilidades de lo místico o de lo divino, después de todo el circuito cumplido por la razón a lo largo de siglos.

_Y, posiblemente si se practica exclusivamente la razón, uno llegue a ser escéptico de ella, ¿no?, ya que toda persona llega a ser escéptica de lo que conoce. Los poetas respecto del lenguaje, por ejemplo: son fácilmente escépticos del lenguaje, precisamente porque lo manejan y porque conocen sus límites. Creo que Goethe dijo: "A mí, que me ha tocado la peor materia", que era el idioma alemán _cosa que creo que es un error de él_ pero, en fin, él, que tenía que lidiar con el alemán, sabía sus límites. Bueno, y si no es inmodesto decirlo... yo, en fin, mi destino es la lengua castellana y por eso soy muy sensible a sus obstáculos y a sus torpezas; precisamente porque tengo que manejarla. En carnbio, en el caso de otros idiomas, los recibo, simplemente. Pero los recibo con gratitud, yo trato de recibir con gratitud todas las cosas, y no advierto sus defectos. Pero, posiblemente, si mi destino hubiera sido otro idioma, yo me daría cuenta, bueno, de las deficiencias o de las incapacidades de ese idioma.

_Es curioso: usted habla últimamente cada vez más de la aceptación y la gratitud.

_... Es que yo creo, como Chesterton, que uno debería agradecer todo. Ya el hecho, Chesterton dijo, que el hecho, bueno, de estar sobre la Tierra, de estar de pie sobre la Tierra, de ver el cielo, bueno, de haber estado enamorado, son como dones que uno no puede cesar de agadecer. Y yo trato de sentir eso, y he tratado de sentir, por ejemplo, que mi ceguera no es sólo una desventura, aunque ciertamente lo es, sino que también me permite, bueno, me da más tiempo para la soledad, para el pensamiento, para la invención de fábulas, para la fabricación de poesías. Es decir, que todo eso es un bien, ¿no? Recuerdo aquello de aquel griego, Demócrito, que se arrancó los ojos en un jardín para que no le estorbara la contemplación del mundo externo. Bueno, en un poema yo dije: "El tiempo ha sido mi Demócrito". Es verdad, yo ahora estoy ciego, pero quizás el estar ciego no sea solamente una tristeza. Aunque me basta pensar en los libros, que están tan cerca y que están tan lejos de mí, para, bueno, para querer ver. Y hasta llego a pensar que si yo recobrara mi vista, yo no saldría de esta casa y me pondría a leer todos los libros que tengo aquí, y que apenas conozco, aunque los conozco por la memoria, que modifica las cosas.

_Es un diálogo que tuvimos recientemente, yo le dije que últimamente usted se alejaba de Platón, pero ahora veo que está más cerca que nunca del Platón místico que mencioné antes.

_Y, quizás alejarse de Platón sea peligroso. Y de Aristóteles también, ¿no?, ¿por qué no aceptar a los dos?; son dos bienhechores.







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