La palabra, el escritor y la poesia

Héctor Valle
hector@netgate.com.uy
Publicado el: 2002-09-05


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Con la simple palabra de hablar todos los días,
que es tan noble que nunca llegará a ser vulgar,
voy diciendo estas cosas que casi no son mías,
así como las playas casi no son mar.

Con la simple palabra con que se cuenta un cuento,
que es la vejez eterna de la eterna niñez,
la ilusión, como un árbol que se deshoja al viento,
muere con la esperanza de nacer otra vez.

Con simple palabra te ofrezco lo que ofreces,
amor que apenas llegas cuando te has ido ya:
Quien perfuma una rosa se equivoca dos veces,
pues la rosa se seca y el perfume se va.

Con la simple palabra que arde en su propio fuego,
siento que en mí es orgullo lo que en otro es desdén:
Las estrellas no existen en las noches del ciego,
pero, aunque él no lo sepa, lo iluminan también.

Y así, como un arroyo que se convierte en río,
y que en cada cascada se purifica más,
voy cantando este canto tan ajeno y tan mío,
con la simple palabra que no muere jamás!

Con la simple palabra (José Angel Buesa)


La Palabra, protagonista del hacer creador, es acción vocacional para el hombre y para el mundo todo. Su pronunciación, su estar, da sentido, denota el sentir de la esencia y es, por lo tanto, luz y sombra a la vez.

Platón y el significado de valentía

Platón nos narra el diálogo entre Sócrates y Laques, a propósito de qué se entiende por valentía. Sócrates lleva, progresivamente, a Laques, a dilucidar las distintas maneras de entenderla, no por buscar una definición en sí misma sino en procura de precisar el sentido del término en cuestión.
Avanza el diálogo, alcanzando una primera aproximación a si valentía es coraje, o más precisamente, si es un coraje sensato, al comprender la razón; o bien si debe también contemplar la belleza para serlo, puesto que la valentía es algo bello, para arribar al final a que aún habiendo sido, Platón y Laques, valientes de hecho, no lo fueron de palabra, puesto que no pudieron expresar lo que cada uno entendía por valentía, en palabras. Así es de hondo y maravilloso el poder de la palabra.

En un mundo de información, el axioma socrático es una evidencia: sin reconocer la propia ignorancia no hay disposición a aprender ni a corregir sobre lo aprendido.


La responsabilidad del hombre en el mundo es activa

Al ser capaz de transformarlo para bien y para mal, no puede caber duda alguna del tenor de la responsabilidad inherente al hacer humano. Fue Saussure quien distinguiera al lenguaje, en su doble vertiente de ?lengua? y ?habla?, luego la palabra contiene un significado que trasciende lo lingüístico, una vez que la palabra comprende tanto a la realización como al ?ser? mismo que es, a no dudar, palabra en sí mismo, logrando, pues, la unidad. Esta misma unidad de criterio que en la Biblia encuentra un sentido aún más hondo de la Palabra.

Como reza en el Evangelio de Juan:

":1 En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.
1:2 Este era en el principio con Dios.
1:3 Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. ?

El hombre es la última palabra de Dios, la más grandiosa obra de su creación. La palabra es tanto herramienta cuanto arma, depende de cómo se la utilice y qué intención anime su uso, así como la ponderación con que sea pronunciada.


El escritor

Tomaremos algunas palabras de unos pocos hombres, a saber: William Faulkner, John Steinbeck, José Saramago y Paul Eluard.

El carismático William Faulkner, ese gran escritor norteamericano y hombre vital supo, como pocos, aquilatar, valorar el poder de la palabra. Fue arduo convencerle de ir a Estocolmo a recibir, allá por el mes de diciembre del año de 1950, el Premio Nobel de Literatura. Más trabajoso aún lo fue el lograr que saliera de la habitación de su hotel. Pero lo hizo y cuando tuvo que hablar, fue tan breve como magistral.

Manifestó en aquella ocasión, lo siguiente:
"Siento que este premio no se me concedió a mí como hombre, sino a mi trabajo ?el trabajo de una vida en la agonía y en el sudor del espíritu humano, no por la gloria y menos que nada por el beneficio, sino por producir los materiales del espíritu humano que antes no existían. De modo que este premio se me ha confiado solamente a mí. No será difícil encontrarle una dedicatoria a la parte del dinero, proporcionalmente con el propósito y el significado de su origen. Pero me gustaría hacer también lo mismo con la aclamación, usando este momento como pináculo desde el cual me puedan escuchar los hombres jóvenes y las mujeres dedicados ya a la misma angustia y afán, entre los cuales ya está aquél que algún día se pare donde yo estoy parado.?

Y al decir esto Faulkner, nosotros también hacemos un alto, no desde su pináculo sino desde otra altura, aquella que narrara el texto bíblico.

Moisés, Faulkner y los spirituals

La Palabra dada y el hombre que la recibe: Moisés. Fue el hermano de Aarón, el primero y más notorio hombre en elevar sus brazos al cielo para luego recibir la Palabra. La que sería tanto proferida como cantada, en alabanza, en súplica, en el silencio mismo que es, a no dudarlo, parte vital del acto de habla, en la desesperanza como en la esperanza, en la creación humana.

Al ingresar en el maravilloso mundo de la imaginación creativa habremos de encontrarnos en un espacio y en un tiempo en donde todo es dable y, por ende, luminoso. Hablemos de la palabra cantada, hablemos de la música, de un estilo de música: Los negros spirituals.
Cantos corales y de contenido religioso, tienen mucho de la tierra africana y expresan el diálogo interior de quien estando encadenado, privado de libertad, e igual encuentra espacio y consuelo en unión con lo inefable. En suma, un canto a la vida.

Cánticos estos, cargados de un simbolismo luminoso en donde razas, credos y épocas se confunden en una sola y esperanzadora mirada al principio del Bien.

Me explico, puedo -y quiero que lo intenten conmigo- ver a un hombre negro, esclavo, sufriendo en aquella época en que la esclavitud aun no había sido abolida, tomar, por medio del Sonido, el rol de Moisés, recibir la palabra divina y llevarla a su pueblo. Ese mismo hombre negro del que nos hablara William Faulkner, por ejemplo, en su novela ?Desciende Moisés?. Ese conjunto de siete relatos donde el autor de ¡Absalón, Absalón!, nos acerca, una vez más, el drama de la raza negra que diera curso, tan arduo como doloroso, a una convivencia de dos razas en aquel especialísimo lugar que fuera, hablo en pasado por la intensidad de aquel entonces, el Mississippi profundo de principios del siglo XX.

De la novela pasamos al spiritual, recordando aquel que dice:
¡Go down Moses and tell the Pharaoh to let my people go!

Tenemos, luego, otro cántico tradicional que expresa, por ejemplo:
?Nobody knows the trouble I´ve had, nobody knows but Jesus, y en otro pasaje del mismo, escuchamos decir: Sometimes I´m up, sometimes I´m down, Oh, ¡Yes, Lord!?

Esto es, el hombre desvela su diálogo interior, la voz de su conciencia, esa comunicación entre la tierra y el cielo, ese cántico profundo que busca elevarse al cielo, por medio del Sonido pero también del más puro Silencio, para intentar retomar el contacto con lo inefable, llámele cada uno de nosotros como le llame a la síntesis de su sistema de creencias; yo, por lo pronto y como ya quedó claro desde el inicio, le llamo Dios.


Convengamos, pues, que la música negra o afroamericana, tiene dos brazos:
Lo inefable y colectivo, en los negros spirituals
Lo mundano e individual, en los blues.

Dos brazos que con el tiempo se unen y forman el jazz, en el que luego se basan obras tan distintas como la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Antonin Dvorak y la ópera Porgy and Bess, de George Gershwin. Crear es tanto como permitir que fluyan las energías divinas que nos impregnan.

Continúa Faulkner su discurso, al decir que: ?Nuestra tragedia hoy es un miedo físico general y universal sostenido desde hace tanto que ahora podemos incluso cargarlo. Ya no hay problemas del espíritu. Hay solamente una pregunta: ¿Cuándo reventaré? Debido a esto, el hombre joven o la joven mujer que escriben en la actualidad se han olvidado que los problemas del corazón humano en conflicto consigo mismo puede por sí solo escribir bien porque solamente eso vale la pena de escribir, valen la pena la agonía y el sudor. Deben aprenderlos otra vez. Deben enseñarse que la base de todas las cosas es tener miedo: y, enseñándose eso, olvidarlo para siempre, no dejar espacio en su lugar de trabajo más que para las viejas realidades y verdades del corazón, las verdades universales que necesitan de cualquier historia efímera y condenada ?amor y honor y lástima y orgullo y compasión y sacrificio. Hasta que no lo hagan así, trabajarán en la maldición. Escriben no de amor sino de lujuria, de las derrotas en las que nadie pierde ningún valor, y de las victorias sin esperanza y, lo peor de todo, sin lástima o compasión. Sus penas no se conduelen de los huesos universales, no les dejan ninguna cicatriz. Escriben no con el corazón sino con las glándulas.? Se refiere, quizá, a los hombres prácticos, esos seres moralmente pequeños y perpetuadores de pesadillas.
Lo que nos recuerda la importancia capital de la libertad.

La Libertad

El privilegio de la libertad va junto con la carga de la precariedad, por lo que debemos estar atentos ante el riesgo que esto encierra.

Recordemos que Kant nos iluminó al advertir que la libertad no es más asequible al significado íntimo, en el ámbito de la experiencia interior, de lo que a los sentidos que nos hacen posible tanto bien como comprender el mundo.
También vale citar que él distinguió entre la razón pura o teórica y la razón práctica, cuyo centro es el libre albedrío. Siendo que la libertad y el libre albedrío se funda en el hacer, en la acción.

Agreguemos a esto lo dicho por la filosofa Hannah Arendt, de que ?en la medida en que es libre, la acción no está bajo la guía del intelecto ni bajo el dictado de la voluntad ?aunque necesita de ambos para llegar a cualquier fin particular- sino que surge de algo por completo diferente que ?recordando a Montesquieu en su análisis de las formas de gobierno- llamaré principio?


Para seguidamente clarificar la querida Hannah, que: ?A diferencia del juicio intelectual que precede a la acción, y a diferencia del mandato de la voluntad que la pone en marcha, el principio inspirador se manifiesta por entero sólo en el acto mismo de la ejecución.?

Somos, pues, libres, porque somos, en nosotros mismos, un principio.

El hombre es un inicio y un iniciador, porque sólo el hombre puede empezar en tanto él es un comienzo, lo que nos lleva a sostener ser humano y ser libre, es una y la misma cosa.

El hombre, digámoslo con claridad, desde una lectura bíblica e interpretativa, es un sistema abierto: mantiene la posibilidad inefable de progresar y perfeccionarse, de ahí lo de initium. De ahí que defendamos con ardor la propuesta antigua, retomada por Arendt, de que el hombre es la capacidad cabal de empezar.

Es él quien podrá, merced a lo antes dicho, cambiar, ahondar, y por tanto, el mejorar las condiciones de la vida; pese a la realidad que muchas veces puede ser y es acuciante, pese a las condicionantes tanto históricas como de orden externo, aun así, el hombre mantiene viva la llama de la esperanza por imperio de dar curso a la esperanza activa del principio redentor de la acción en la esfera de lo público como complementación de lo actuado en la esfera de lo privado; en el ejercicio irrestricto la libertad, en el marco del Derecho, de la Justicia y del amor, el hilo conductor en todo este proceso dinámico.

En lo que atañe a la libertad, uno siente que la invoca cuando hace posible, -en términos prácticos y cotidianos- la comunicación sin barreras, sea al exponer pareceres sobre cuestiones científicas, intelectuales y religiosas, por ejemplo, bien como la enseñanza más abarcadora que, en lo societario, facilite la manifestación plena de nuestras inquietudes.

Podemos, pues, colegir que, en una tal sociedad, existe un espíritu tolerante, el cual, además de las garantías que la ley pueda y deba suministrar, genera una atmósfera propicia a la expansión de la libertad, de una libertad externa.

Ahora bien, para el desarrollo espiritual de la persona, la libertad es tal cuando la persona, que no el individuo, antes bien y reitero: la persona, tiene a su alcance las posibilidades efectivas de satisfacer sus necesidades básicas sin que esto le impida el poder manifestarse en los restantes ámbitos de la vida, esto es, sea en la esfera de lo público, como en la esfera de lo privado. Apoyamos, claro está, que los bienes instrumentales, destinados a sustentar la vida y la salud, sean posibles en el marco de un trabajo tan digno y benéfico para la persona y su comunidad, puesto que no se trata, de una quimera, sino del derecho inalienable de la persona a tener una existencia digna, derecho al que jamás habremos de renunciar.



Corresponde ahora el acceder al segundo aspecto que es el de la libertad interna y, por extensión o mejor dicho, por su profundización, el arribar a la actividad creadora del espíritu.

Según sostiene Ruth Nanda Anshen, es dable el pensar con independencia de las limitaciones de los prejuicios autoritarios y sociales, bien como frente a la rutina filosófica y al ámbito embrutecedor en general. Luego, en sociedad, en el ámbito educativo, en el núcleo familiar -como en el vecindario- se debe favorecer esta libertad, al fomentar el pensamiento independiente.

Al trabajar, cotidianamente en este marco, habremos de generar una atmósfera fecundante de la que devendrá el hombre-en-sociedad, junto con los otros y para con los otros, mejorando tanto su vida espiritual, como así también las condiciones materiales básicas para un desarrollo pleno de la persona.

De regreso a Faulkner

Dejemos que Faulkner continúe su discurso ante sus pares, en Estocolmo:
?Hasta que aprendan estas cosas, escribirán como si sólo estuvieran parados, observando el final del hombre. Yo no creo en el fin del hombre. Es harto simple decir que el hombre es inmortal sencillamente porque prevalecerá, porque cuando el eco de la última campanada del juicio se haya apagado en la última y más miserable roca, vacilante, aunque ya no le sacuda la marea, en el último crepúsculo rojizo y agonizante, aún entonces habrá un sonido más: el de la mezquina pero inextinguible voz humana que seguirá hablando y hablando. Lo que yo creo es algo más. Creo que el hombre no sólo perdurará, sino que prevalecerá. Es inmortal, no porque sea la única criatura que tiene una voz inagotable, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión y sacrificio y resistencia...?

Detengámonos y sopesemos estos conceptos. Nos habla a corazón abierto, sentimos esa sístole y esa diástole que torna a la palabra en elixir de vida.

Luego prosigue el sureño diciendo que: ? El deber del poeta, del escritor, es escribir sobre esas cosas. Es privilegio del escritor ayudar a que el hombre resista elevándole el corazón, recordándole el coraje y el honor y la esperanza y el orgullo y la compasión y la piedad y el sacrificio que han sido la gloria del pasado. La voz del poeta necesita no simplemente ser el recuerdo del hombre, puede ser uno de los puntales de los pilares que lo ayuden a resistir, a prevalecer..."

En tiempos de aflicción, de perplejidad e incertezas tales, que muchas veces la angustia se instala en el centro de nuestras sociedades, de nuestras familias y de nosotros mismos, es que apelamos a lo inefable, a lo inasible: a lo cordial: La palabra dadora de sentido, reflejo de amor, aliento y pulsión de vida en tanto muestra la esperanza activa de quien la profiere para aunar, para rodear, para responsabilizarse, para hacer en comunidad desde el deber ser, desde un sustrato ético y moral hondo.

Por eso es bueno recordar a Faulkner cuando afirmaba que:
?La voz del poeta necesita no simplemente ser el recuerdo del hombre, puede ser uno de los puntales de los pilares que lo ayuden a resistir, a prevalecer..."
Analicémoslo. Indaguemos y, al hacerlo, advertiremos que a resultas de la porfía intrínseca de aquellos seres dotados de decisión, armonía y claridad, la persona vencerá. Y vencer significa, a mi modesto entender, ser dueños de nuestro destino que no es otra cosa que el tomar cuenta de nuestro cotidiano existir, con responsabilidad, de cara al viento y en armonía con el Otro.

Dueños, pues, en determinación, dueños en responsabilidad -con lo que implica de rigor y misericordia para con nosotros mismos-, dueños de querer y de soñar, siempre soñar, pero despiertos, fundamentalmente despiertos, mientras permitimos que nuestros sueños nocturnos proyecten, reparen, adviertan y tramen un amanecer mejor.

Ya en el año de 1962, el escritor norteamericano John Steinbeck, al recibir la misma distinción, dijo en tal ocasión que: ?La literatura es tan antigua como el habla. Surgió de la necesidad humana y no ha cambiado, excepto para hacerse más necesaria.?

Prosiguió este grande de la narrativa y del humanismo, manifestando que:
?La humanidad ha pasado por un tiempo gris y desolado de confusión. Mi gran predecesor, William Faulkner, al hablar aquí se refirió a éste como una tragedia de temor físico universal, sostenido por tanto tiempo que no hubo ya más problemas del espíritu, de manera que escribir sobre el corazón humano en conflicto consigo mismo pareció ser lo único digno de emprender.?

Y, añade: ?Faulkner, más que la mayoría de los hombres, estaba consciente tanto de la fuerza humana como de la debilidad humana. Él sabía que el entender y el resolver el temor, son gran parte de la razón de ser del escritor.?

John Steinbeck fue protagonista de la hora dramática vivida en los Estados Unidos de Norteamérica, luego del derrumbe de la Bolsa de Wall Street ?la tristemente célebre Depresión- y, con menos de treinta años de edad, merced a su alta sensibilidad, supo ver los problemas sociales que se daban en su país por aquel entonces y les plasmó en una obra de la talla de Las uvas de la ira, crónica de una familia en el trance de resurgir luego de la debacle, donde crea personajes de una profundidad tal que hicieron resaltar más aún, en todo el mundo, la grandeza ética y literaria de este escritor.

Al culminar su intervención, Steinbeck, ese hombre que nunca perdió al niño interior, dijo: ?Hemos usurpado muchos de los poderes que una vez fueron atribuidos a Dios. Temerosos y sin estar preparados, hemos asumido señoría sobre la vida y la muerte de todo el mundo de seres vivientes. El peligro, la gloria y la elección reposan finalmente sobre el hombre. La prueba que mide su capacidad para la perfección está a la mano. Habiendo tomado un poder divino, debemos buscar en nosotros mismos la responsabilidad y la sabiduría que una vez rogamos que tuviera la deidad. El hombre mismo se ha convertido en nuestra más grande amenaza y en nuestra única esperanza. Así que hoy?, finaliza Steinbeck, ?podemos parafrasear las palabras del Apóstol Juan: Al final está la palabra, y la palabra es el hombre, y la palabra está con el hombre.?

Alguien comentó -creo que fue Goethe- que "todo lo cercano se aleja."
Hoy nosotros tomamos cierta distancia para poder apreciar y valorar, más que nunca, la vida misma.

Este nuestro mundo, ha visto resquebrajarse la fe en la modernidad, en ídolos tales como la razón (en tanto se la quiera reverenciar en lugar de ser lo que es: un método); el progreso (en cuanto a la involución en valores); la raza; la clase.


El vacío existencial es un dato de la realidad

El hombre está alienado de sí mismo y se inclina ante las obras de sus propias manos, lo que nos recuerda, por oposición, a Abraham. Su padre era artesano y creaba o recreaba ídolos a encargo de sus clientes. Lo que el hombre moldea luego venera. Visto está que Abraham, a partir de esas imágenes tempranas de su vida, tomó un camino francamente diferente. Optó por lo inefable.

La alienación del hombre se da por imperio de una caducidad de los sentimientos y una carencia, cada vez mayor, de pensamiento crítico. Hay una queda de la responsabilidad que le atañe a cada persona y que no hace más que propiciar una renuncia a la libertad individual, porque asumirla implica responsabilizarse y para hacerlo hay que dar cabida a la reflexión, al diálogo interior, a la voz de la conciencia y a la cordialidad, al buen latir del corazón.

Un seguimiento lineal de este proceso de renuncia, llevará al hombre a su deshumanización y a la constatación de una depresión profunda del individuo. La cosificación, el mero tener para sentir que se es, así se alcance un nivel importante, nos empobrecerá enormemente, puesto que, recordando a Erich Fromm, podremos tener mucho pero seremos muy poco.

Ver sin ver, es recordar a Polifemo, aquel cíclope que con su único ojo hoy nos representa a quien se niega una mirada más abarcadora, privándose, pues, de vivir la complementariedad al optar, en su lugar, por una síntesis perversa tanto de personas y como de sus interacciones. Al no dar paso al Otro; al no estar en el Otro para entonces reconocerse en su unicidad, en tanto existencia entre iguales.

Luego, nos preguntamos, ¿quién ha muerto?

Cuando Ludwig Feuerbach planteó su teoría de la proyección -o la muerte de Dios-, en verdad lo proyectado fue "la muerte del hombre".

Una vez producido el Holocausto, se dio, irremediablemente, el fin del paradigma de la modernidad. Ésta comenzó promediando el siglo XVII para caer en una profunda crisis luego de la Primer Guerra Mundial, iniciándose un período entre ésta y la Segunda Guerra que Martin Buber denominara el oscurecimiento de la luz del cielo, el crepúsculo de Dios, refiriéndose al carácter del momento histórico de esa hora.

El asunto, creo entender, está en privilegiar, en dar rienda a aquellas pasiones facilitadoras y favorecedoras de la vida, antes que a las otras, las destructoras. Creemos en la vida y en un hacer en el que la persona esté en armonía con los otros, sin perder su identidad, su libertad; siendo responsable sea en lo público como en lo privado. El sentido, pues, es el amor a la vida antes que el amor a la muerte. La permanencia de estas manifestaciones, nos hace ser personas y no cosas, nos aleja del no-individuo.

Veamos ahora parte de lo dicho por el portugués José Saramago, autor de aquella novela notable llamada La balsa de piedra, al recibir también el Premio Nobel de Literatura, al igual que sus colegas antes citados, en el año de 1998. Al hacerlo, abrió su corazón y retornó a su más tierna infancia al decir que: ?El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer.?

El hombre laureado, el que se encuentra ante el Rey de Suecia, nos habla de su abuelo y de su abuela y de la añoranza de aquel niño que hoy, con traje de hombre serio y elegante, es agasajado.

Dice luego, al mencionar a sus abuelos maternos, que: ??Eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a la cama. Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable.? Y, hasta aquí, parece que estuviéramos lejos de lo que veníamos pregonando. Todo lo contrario.

Nos valemos de un admirable, y común, ejemplo de vida para resaltar que la palabra tiene hondura, belleza y vigor a partir de la persona poseedora de sentido, cuya mirada mira más allá de las cosas, va hacia lo profundo del corazón.

Continuemos con la ponencia de Saramago: ?..Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: ?José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera?. Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera.?



Pensemos: La higuera, este árbol cargado de un simbolismo riquísimo, nos habla de la sensibilidad, de la fecundidad. Sensibilidad en este caso entre el abuelo y el nieto, fecundidad para nosotros por lo que deparó el buen latir del corazón del abuelo Jerónimo.

Otra de árbol tiene, también, un rol central en la obra de Steinbeck, A un Dios desconocido, que trata de un cuento místico que explora el intento del hombre por controlar las fuerzas de la naturaleza y por entender los caminos de Dios y las fuerzas del inconsciente.

Cuando Steinbeck crea, en esta obra, al personaje de Joseph Wayne, lo asocia a su padre, y, a ambos al árbol que encarnaría el espíritu de su padre. Pero el apego de Joseph a la naturaleza es tal, que cuando toma posesión de su tierra, luego de separarse de su padre con la bendición de éste, se postra en la tierra y, literalmente, la toma para sí: Veamos lo que dice el texto: ?...Es mía. Todo lo que hay debajo es mío, hasta el centro de la tierra.? Dio unas patadas sobre la tierra blanda. Después el júbilo dio paso a una punzada de deseo que recorrió su cuerpo como una corriente caliente. Se tiró cuerpo a tierra y apretó la cara contra los tallos húmedos. Sus dedos agarraban la hierba mojada y la arrancaban y volvían a hacerlo. Sus muslos golpearon pesadamente la tierra.?
No deja sombra de duda sobre la simbiosis que se produce entre el hombre y la naturaleza viva.

Los latidos de la naturaleza

Antes de volver a Saramago, recordamos al poeta alemán Rainer María Rilke quien, en su tercera carta al joven poeta Kappus, le sugiere, entre otras cosas, lo siguiente: ??No hay medida en el tiempo: no sirve un año y diez años no son nada; ser artista quiere decir no calcular ni contar: madurar como el árbol, que no apremia a su savia, y se yergue confiado en las tormentas de primavera, sin miedo a que detrás pudiera no venir el verano.?

Prosigue el flamante Nobel de Literatura: ?En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea.?
Camino de Santiago que significa, recordémoslo, campo de estrellas.

Y agrega: ?Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares?. Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, le introducía en el relato: ?¿Y después??

En este momento del discurso, el escritor reflexiona y al hacerlo, nos atrevemos a asegurar, su corazón late con mayor vigor. Dice: ?Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas.?
?En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo.? Notemos cuán vitales fueron para aquel niño, las palabras de un hombre bueno, cuánto calaron en él las historias narradas por un aparente analfabeto, al abrigo de una higuera y de un afecto entrañable.

Estamos nuevamente en Estocolmo, año 1998. Continúa hablando Saramago ante un auditorio respetuoso. Y se expresa sobre su abuela, quien le advirtiera, respecto de las historias del abuelo diciéndole: ?No hagas caso, en sueños no hay firmeza.? Esa misma mujer, supo el escritor, creía en los sueños, puesto que él nos cuenta que: ?Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños.? Y, nos explica por qué: ?Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa...hubiese dicho estas palabras: ?El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir.? No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada.?

La persona en unión con la naturaleza, lo humano en sintonía con el pulsar de la vida. Ejemplo que nos lo da su abuela, quien: ?Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.?

Al hablar de Saramago recordamos, qué duda cabe, a otro portugués, a Fernando Pessoa, quien en unos apuntes encontrados en su famoso baúl, luego reunidos bajo el nombre de La hora del diablo, hace decir a este singular personaje lo siguiente: ?Soy naturalmente poeta porque soy la verdad hablando por error....No soy, como dijo Goethe, el espíritu que niega sino el espíritu que contraría.?

Trabajando Pessoa sobre la base de la ironía, dice luego por vía del diablo:
?..Yo nunca pretendí decir la verdad a nadie, en parte porque de nada sirve, y en parte porque no la conozco. Creo que mi hermano mayor, Dios todopoderoso, tampoco la sabe.?

Sin tanto sarcasmo, podemos colegir que la verdad se procura y, a lo sumo, uno puede encontrarse con lo verdadero en alguna instancia de la vida. Siempre con la palabra como herramienta de labranza, como instrumento de indagación y comprobación, nunca como arma para esgrimir odios ni para transformarla en mero cliché.



La dimensión humana

Aquella dimensión que se percibe en tantas personas, en su digno trajinar cotidiano, pese al embate de lo oscuro, desplegando con esfuerzo pero sin ambages la posibilidad ser. Sin olvidar, obviamente, las dificultades que ante un tal emprendimiento se habrán de presentar, igualmente acometen la tarea con alegría, diríamos que con serena alegría.

Trabajar para que aquellas posibilidades tanto de ser como de estar en plenitud sea de igualdad cuanto de libertad como de solidaridad, se amplíen y profundicen, resulta una empresa digna de llevar a cabo. Que lo temporal y contingente no nos prive, también, de la cultura del auto respeto, porque el respeto supone, al decir de varios maestros, del juicio discriminativo por oposición a la aceptación indiscriminada. Y ésta, que yo sepa, encuentra terreno fértil en la difusión de la apatía y del cinismo, otra cara éste, de la parálisis moral.

En fin, somos defensores, por qué no, del vecindario, crisol de la cultura pública y, consiguientemente, favorecedor de la confianza pública. Espacios comunitarios donde la palabra se da desde lo cercano y con amor, con el afecto de quienes se conocen y conocen.

Bregamos porque tales espacios no sólo mantengan vigencia, sino que la aumenten, al tiempo que vamos generando criterios de progreso menos destructivos de la familia y de las obligaciones comunitarias.

En todo caso, aún resta mucho por aprender y comprender, por eso quise compartir este sentir al hacer un alto, levantar la vista y ver que la esperanza tiene rostro humano, que en la acción es que uno ejerce su libertad y si es acción compartida, mejor aún; más sentido tiene, creo yo. Y tiene mayor significado, por el poder de la palabra proferida con fundamento.

Pero no hay apuro, no hay prisa, aunque sí debe haber perseverancia, inclaudicable. Recordemos lo dicho por Borges, en el primer y magnífico verso de un sublime poema: Somos el tiempo, luego...

Vale el recordar que el conjunto de una existencia es una ilusión que no se construye sino por una ley de cronología en perspectiva, dado que en cada uno existe el lugar que aguarda a un genio.


La música

Visitemos el último momento de la obra El Mesías de Haendel, me refiero al Amen.
Haendel pese a haber gozado de gran fama y buen pasar económico desde joven, merced a su quehacer artístico, hubo un momento en el cual por diversas circunstancias, padeció grandes privaciones, tan es así que debió recluirse en su hogar londinense ante el asedio de sus acreedores.

Lo cierto es que solamente muy avanzada la noche podía Haendel salir a dar un paseo y respirar el aire del Green Park, en la ciudad de Londres, allá por el año 1741, a sus 52 años. Iba, pues, caminando Haendel, cuando de regreso por Pall Mall y Saint James Street, nos dice magistralmente Stefan Zweig ?en un texto que lo recomiendo calurosamente-, fatigado, donde nadie pudiera verle ni torturarle, sufría un cansancio tal como si estuviera enfermo sin ganas de nada, dominado solamente por un pensamiento: dormir, no saber nada.
Ya de vuelta en su hogar y una vez en su habitación, divisa, merced a la débil luz proveniente de una vela, divisa, digo, un sobre su mesa.

Era una carta de Jennens, el poeta que escribiera el libreto de su Saúl, como así también el de aquella bellísima pieza intitulada Israel en Egipto.

En esta ocasión, Jennens le solicitaba diera música a un poema que iba adjunto a la nota, se trataba, ni más ni menos, que de El Mesías. En una primera reacción Haendel desdeñó con furia tal posibilidad. Apagó la luz y procedió a acostarse para no dormir. Al cabo de las horas, se levantó tomó el poema en sus manos y se sobresaltó.

La obra del genio comenzaba a fluir, la esencia imprimía luz al Ser. A partir de ese momento y durante tres semanas Haendel no salió de su habitación, en tanto, febrilmente, componía su obra.

Casi al finalizarla, llega a la palabra final; arriba al Amen:
Dos sílabas que alargó y desunió sucesivas veces. En espléndida fuga, nos enseña Zweig, compuso este ¡Amen! en base a la primera vocal, la sonora ?a?; el tono prístino, hasta formar con ella una catedral de sonidos. Al tratar de llegar al cielo, agrega, con su más afilado capitel. Elevándose cada vez más, para descender nuevamente y surgir otra vez, hasta quedar recogida, al final, por el fragor del órgano; por el ímpetu de los coros; llenando todas las esferas, hasta producir la impresión de que en aquel canto de gracias intervenían también los ángeles.
Dicen, y yo puedo dar fe, que es imposible sustraerse, resistirse siquiera, a esta fuerza en acción. Fuerza inefable; fuerza que procede del espíritu y va en busca de sus pares: la humanidad toda. En una sola palabra.

Tanto la vida como el conocimiento son indivisibles, así como la vida y la muerte son inseparables. Somos lo que sabemos, pensamos y creemos. Estamos vinculados con la historia, con el mundo, y con el universo.

La vida, pues, está compuesta de momentos.






Demos paso a la poesía

Hasta aquí lo mío. Ahora permítaseme que culmine estas reflexiones, prestando mi voz a un gran poeta, a Paul Eluard quien, en una de sus más hermosas creaciones, dijo: "Hay una palabra que me exalta, una palabra que nunca he oído sin estremecerme, sin sentir una gran esperanza, la más grande de todas, la de vencer a las fuerzas de la ruina y de muerte que agobian a los hombres. Esa palabra es: fraternidad."

Pues bien, que sea él y no yo, quien cierre estos pensamientos y estas emociones compartidas con vosotros. Me valdré de una de sus mayores poesías, publicada allá por el oscuro año de 1942, la cual comienza diciendo lo siguiente:
Sobre mis cuadernos de escolar
Sobre mi pupitre y los árboles
Sobre la arena sobre la nieve
Escribo tu nombre
Sobre todas las páginas leídas
Sobre todas las páginas en blanco
Piedra sangre papel o ceniza
Escribo tu nombre
Prosigue la cadencia de sentidos versos para, casi al final, manifestar que:
Sobre el vitral de las sorpresas
Sobre los labios atentos
Muy por encima del silencio
Escribo tu nombre
Sobre mis refugios destruidos
Sobre mis faros desplomados
Sobre los muros de mi hastío
Escribo tu nombre
Sobre la ausencia sin deseos
Sobre la soledad desnuda
Sobre el escalón de la muerte
Escribo tu nombre
Sobre la salud recobrada
Sobre el peligro que se aleja
Sobre la esperanza sin recuerdos
Escribo tu nombre
Y por el poder de una palabra
Vuelvo a recomenzar mi vida
Yo nací para conocerte
Para nombrarte

¡Libertad!


Bibliografía:
? Arendt, Hannah - Entre el pasado y el futuro, Península
? Biblia de Jerusalén - Alianza Editorial
? Blotner, Joseph - William Faulkner Una biografía, Letras/Destino
? Damais, Émile - Haendel, Espasa-Calpe
? Eluard, Paul - Poemas, Editorial Argonauta
? Faulkner, William - Desciende Moisés, Cátedra Letras universales
? Faulkner, William - ¡Absalón, Absalón, Alianza Editorial
? Historia de la literatura norteamericana - Cátedra
? Pessoa, Fernando - La hora del diablo, Emecé
? Platón - Apología de Sócrates, Eudeba
? Platón - Laques, Alianza Editorial
? Platón - República, Eudeba
? Steinbeck, John - A un Dios desconocido, PPC Editorial
? Steinbeck, John - Las uvas de la ira, Cátedra Letras universales



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