Los intersticios de la diferencia

Lic. Marcelo A. Moreno.

Publicado el: 2003-08-08


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En el transcurso de las últimas décadas, el problema de la discapacidad ha tomado especial interés debido, entre otras razones, a las profundas transformaciones sociales...







Los intersticios de la diferencia
Para Suny Gómez.
Lic. Marcelo A. Moreno.


En el transcurso de las últimas décadas, el problema de la discapacidad ha tomado especial interés debido, entre otras razones, a las profundas transformaciones sociales operadas de un tiempo a esta parte. Quisiéramos centrar esta reflexión en el marco de la problemática de la discriminación y las posibilidades de inserción- inclusión del discapacitado en la dinámica de funcionamiento social.
Pensamos a la discapacidad fundamentalmente como una construcción discursiva, es decir, hecha de lenguaje y, a partir de allí, se consideran sus determinaciones sociales en tanto un juego de significaciones que luchan por imponer su lugar en el campo social. En este sentido, nos parece pertinente definir a la discapacidad en términos de una identidad social configurada por el saber médico- el discurso médico- que postula e inscribe una diferencia.
Las afirmaciones precedentes posibilitan plantear el problema que nos ocupa desde tres aspectos significativos a nuestro juicio: el discurso médico, la familia y el conjunto de condiciones sociales. En cuanto al primero, se puede decir que mediante un procedimiento de clasificación y categorización- atinentes a la metodología de las ciencias de la salud- se inscribe una diferencia que atraviesa y constituye al sujeto dis-capacitado en y por la misma, y cuyo nivel de visibilidad inmediato se sustenta en el cuerpo: no puede caminar, no puede ver, no puede oír, no puede pensar. Según esta perspectiva y dada la naturaleza y características de dichas patologías, cabe preguntarse: ¿vale la pena continuar con la prestación de un servicio de atención médica durante períodos de tiempo más o menos prolongados destinados a estos pacientes, neurológicos o no? Dependiendo de distintas razones, los actores vinculados al campo de la salud brindan argumentos sostenibles a partir de múltiples formas de persuasión que hacen que el usuario tome una u otra elección.

Por lo que respecta a la familia- ese microsistema social que relaciona al discapacitado con el ámbito privado- , la presencia de este último genera algunas dificultades en cuanto a la organización de los tiempos destinados a su atención. Debido a distintos factores, hay una única persona que realiza la atención básica en el marco de las relaciones familiares: puede ser la madre, el padre, o los hermanos.

Si pensamos en el entramado de condicionamientos sociales, creemos observar una especie de paradoja estructural. Porque, mientras desde el ámbito educativo (tal vez la única zona de las prácticas sociales en la que vale la pena seguir apostando por el desarrollo del discapacitado) se promueve y se realiza la integración y formación intelectual del mismo, otra dimensión de la lógica del funcionamiento estatal inscribe paradójicamente sutiles formas de exclusión. A modo de ejemplo, podemos fijarnos en la cantidad de proyectos elaborados por los sectores competentes, pero nunca reglamentados; en la burocracia administrativa que dilata en el tiempo la realización de gestiones pertinentes; en la posibilidad de insertarse en el campo laboral, hasta llegar a la misma estructuración del espacio urbano. Pareciera que sólo queda ?el ilusorio consuelo de los subsidios?.
El advenimiento de las propuestas democráticas en toda América Latina configuran al discapacitado como un hecho de lenguaje, como una identidad definida en el juego de los discursos sociales. En tal sentido, la hipótesis que orienta la reflexión piensa al sujeto discapacitado en términos de ?genio romántico?: este sujeto que puede superar continuamente sus dificultades y, por ello, se erige en un modelo para la sociedad. Dicha construcción- tributaria del Romanticismo del siglo XIX- vuelve a poner el acento en la paradoja a la que hacíamos referencia, a la vez que se revela anacrónica y trivial por momentos. Porque se pierden de vista las limitaciones del discapacitado y nos obstinamos en seguir pensando la diferencia desde una utopía por la cual se filtran imperceptiblemente las exclusiones. Por lo que antecede, vemos que la concepción de la diferencia que rige los tres aspectos mencionados se sustenta en un procedimiento de exclusión más o menos explícito enmascarado por una retórica de la sensibilidad.

Quizás una propuesta sea interrogarse por los modos de trabajar la diferencia: no desde una oposición irreconciliable (diferencia sí vs diferencia no) sino más bien reflexionar desde sus intersticios. Esos lugares imperceptibles situados entre la inclusión y la exclusión, entre la integración y la discriminación que posibilitan pensar la heterogeneidad de las prácticas sociales y discursivas en relación con esta identidad. A partir de estas reflexiones, podemos preguntarnos: ¿es posible concretar un espacio social con lugar para todos?




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