LA GUERRA DE LOS ESTADOS UNIDOS CONTRA EUROPA

Paul Harris

Publicado el: 2003-08-06


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Hay muchas razones que explican la obsesión de George Bush con Bagdad. En anteriores artículos que he escrito para YellowTimes.org indiqué...






LA GUERRA DE LOS ESTADOS UNIDOS CONTRA EUROPA


por Paul Harris

El autor de este artículo, canadiense, es columnista de YellowTimes.org Traducción: Round Desk

Movimiento de Documentalistas - Argentina - 2002
http://www.documentalistas.org.ar/internacional.shtml



Hay muchas razones que explican la obsesión de George Bush con Bagdad. En anteriores artículos que he escrito para YellowTimes.org indiqué que una razón no tan obvia de la campaña contra Irak es la guerra de Bush contra Europa. En realidad, ahora he llegado a creer que ésta es la primera razón de su «irakofobia».
Cada vez que un país decide embarcarse en una guerra, se hacen planes para quienes van a ganar y para quienes van a perder; nadie se embarca en una guerra esperando perder, pero no siempre el blanco de la agresión es la fuerza propulsora real de la guerra. A veces, no se trata de lo que uno espera obtener de una guerra, sino más bien de lo que espera que algún otro pierda; y no tiene por qué ser el enemigo declarado el que se espera que afronte las pérdidas.
En este caso, la víctima esperada por Bush es la economía europea. Ésta es robusta, y probablemente lo será mucho más en un futuro fácilmente previsible. La entrada de Gran Bretaña en la Unión Europea es inevitable; Escandinavia se le unirá más pronto que tarde. Sin incluir a estos países, habrá diez nuevos miembros en mayo de 2004, lo que incrementará el PIB de la UE a cerca de 9,6 billones de dólares, con sus 450 millones de habitantes, contra los 10,5 billones de dólares y los 280 millones de habitantes de los Estados Unidos. Esto representa un formidable bloque competidor para EE.UU., aunque la situación es significativamente más compleja de lo que revelan estos números. Y gran parte de ella depende del futuro de Irak.
He escrito con anterioridad, como muchos otros, que la guerra que viene es por el petróleo. Seguramente existen otras razones, pero la del petróleo es la más contundente. Sin embargo, no en el sentido en que se podría suponer. No importa demasiado que se crea que haya grandes y no explotadas reservas en Irak, no explotadas debido únicamente a la tecnología obsoleta; no importa demasiado el deseo norteamericano de poner sus sucias manos en esta riqueza; mucho más importante es la cuestión de qué otras manos sucias los norteamericanos quieren mantener fuera.
Lo que precipitó todo esto no fue el 11 de Septiembre, no fue la súbita comprensión de que Saddam era un tipo asqueroso, y ni siquiera el cambio de dirigentes en los Estados Unidos. Lo que lo precipitó fue, el 6 de noviembre de 2000, el paso de Irak al euro como moneda para sus ventas de petróleo. En aquel momento, pudo haber parecido insensato que Irak renunciara a un montón de ganancias con el fin de hacer una declaración política. Pero esta declaración se hizo y la fuerte depreciación desde entonces del dólar con relación al euro significa que Irak obtuvo unos buenos beneficios al cambiar la moneda de sus reservas y sus transacciones. El euro se ha valorizado un 17% respecto al dólar a partir de ese momento, lo que también se aplica a los 10.000 millones de dólares en poder del fondo de reserva iraquí «petróleo por comida» de las Naciones Unidas.
De manera que la cuestión que se plantea, tal como se la planteó George Bush, es la siguiente: ¿qué sucedería si la OPEP se pasara repentinamente al euro? En pocas palabras, se desatarían los demonios del infierno.
Al final de la Segunda Guerra Mundial, se alcanzó un acuerdo en la Conferencia de Bretton Woods que fijó el valor del oro a 35 dólares la onza y que se convirtió en el patrón internacional en relación con el cual se debían valorar las monedas. Pero en 1971, Richard Nixon sacó al dolar del patrón oro y desde entonces el dólar ha sido el instrumento monetario global más importante, y sólo los Estados Unidos pueden producirlo. El dólar, actualmente una moneda sin respaldo, ocupa el primer lugar en los intercambios comerciales, a pesar del déficit por cuenta corriente récord de los EE.UU. y la situación de los EE.UU. como principal país deudor. El 4 de abril de 2002, la deuda nacional de los EE.UU. ascendía a 6,21 billones de dólares frente a un PIB de 9 billones de dólares.
El comercio entre los países se ha convertido en un ciclo en el que los EE.UU. producen dólares y el resto del mundo todas aquellas cosas que los dólares pueden comprar. Los países ya no comercian para obtener ventajas comparativas, sino más bien para conseguir los dólares necesarios para pagar los servicios de sus deudas externas denominadas en dólares y para acumular reservas en dólares con el fin de sostener sus monedas nacionales. En un esfuerzo para impedir ataques especulativos y potencialmente destructivos contra sus monedas, los bancos centrales de estos países tienen que comprar y mantener reservas de dólares en las cantidades correspondientes a las de sus propias monedas en circulación. Esto suministra un respaldo inconmovible a un dólar fuerte que, a su vez, obliga a los bancos centrales a comprar y mantener incluso más reservas en dólares, haciendo que el dólar sea más fuerte aún.
Este fenómeno es conocido como la «hegemonía del dólar», el cual es creado por la peculiaridad geopolíticamente construida de que las mercancías cruciales, sobre todo el petróleo, están valoradas en dólares. Todo el mundo acepta dólares porque los dólares pueden comprar petróleo.
La realidad es que la fuerza del dólar, desde 1945, reposa en el hecho de que es la moneda de reserva internacional para las transacciones mundiales de petróleo (esto es, el «petrodólar»). Los EE.UU. imprimen cientos de millones de estos petrodólares sin respaldo, que son utilizados por los estados nacionales para comprar petróleo y energía a los productores de la OPEP (con la excepción actual de Irak y, hasta cierto punto, de Venezuela). Estos petrodólares son reciclados después por la OPEP de vuelta a los EE.UU., a través de Bonos del Tesoro u otros activos denominados en dólares, tales como acciones estadounidenses, propiedades, etc. El reciclaje de los petrodólares es el precio que los EE.UU. han cobrado desde 1973 a los países productores de petróleo por su tolerancia ante el cártel exportador de petróleo.
Las reservas de dólares deben ser invertidas en activos estadounidenses, lo cual determina un excedente de cuentas de capital para la economía de los EE.UU. A pesar del pobre rendimiento del mercado durante el año pasado, la valorización de las acciones es varias veces superior, y el comercio un 56% mayor, en comparación con los mercados emergentes. El superávit de la cuenta de capital financia el déficit comercial de los EE.UU.
Puesto que los EE.UU. imprimen los petrodólares, también controlan el flujo del petróleo. Desde el momento en que el petróleo está denominado en dólares a través de la acción estatal de los EE.UU., y el dólar es la única moneda sin respaldo para comerciar con petróleo, se puede afirmar que EE.UU. se apropia del petróleo mundial esencialmente gratis.
Por lo tanto, ¿qué ocurriría si la OPEP como grupo decidiera seguir el camino de Irak y de repente empezara a vender el petróleo sobre la base del patrón euro? Licuefacción económica. Los países consumidores de petróleo tendrían que deshacerse violentamente de los dólares que componen las reservas de sus bancos centrales y reemplazarlos con euros. El valor del dólar se derrumbaría y las consecuencias serían aquellas que cabe esperar del colapso de cualquier moneda y la inflación masiva (pensemos en Argentina como un ejemplo a mano). Los fondos extranjeros saldrían a torrentes de los mercados de valores de los EE.UU. y de los activos denominados en dólares; se desataría una avalancha sobre los bancos como la de los años 30; el déficit por cuenta corriente ya no podría ser reparado; el déficit presupuestario se convertiría en quiebra, y así sucesivamente.
Y esto nada menos que en los Estados Unidos. Japón particularmente recibiría un duro golpe en razón de su total dependencia del petróleo extranjero y de su extraordinaria sensibilidad respecto al dólar estadounidense. Si la economía de Japón se desploma, lo mismo ocurrirá con muchos otros países, en especial los Estados Unidos, en un creciente efecto dominó.
Ésta es la posible consecuencia de un «súbito» pase al euro. Un cambio más gradual podría ser manejable, pero incluso esto modificaría el equilibrio financiero y político del mundo. Dado el tamaño del mercado europeo, su población, su necesidad de petróleo (Europa importa realmente más petróleo que los EE.UU.), se podría concluir rápidamente que el euro se convertirá de facto en el patrón monetario mundial.
La OPEP como grupo tiene buenas razones para seguir a Irak y empezar a fijar el valor del petróleo en euros. Parece haber pocas dudas de que así disfrutaría de la oportunidad de hacer una declaración política, después de años de tener que ponerse de rodillas ante los EE.UU, aunque también existen sólidas razones económicas.
El poderoso dólar ha reinado soberano desde 1945, y en los últimos años ha obtenido una mayor solidez a partir del predominio económico de los Estados Unidos. Durante los últimos años de la década del 90, más de las cuatro quintas partes de todas las transacciones internacionales de divisas, y la mitad de las exportaciones mundiales, estuvieron denominadas en dólares. Además, las cuentas en moneda de los EE.UU representan cerca de las dos terceras partes de todas las reservas oficiales de divisas. La dependencia mundial respecto a los dólares estadounidenses para pagar las obligaciones comerciales ha atado a los países a sus reservas en dólares, las cuales son desproporcionadamente más altas que la participación de los Estados Unidos en la producción total global.
Es importante observar que el euro no está en ninguna posición de desventaja frente al dólar si se compara las dimensiones relativas de las economías correspondientes, y sobre todo si se tiene en cuenta los planes de expansión de la UE. Por otra parte, la UE tiene una participación mayor que los EE.UU. en el comercio mundial, y mientras los EE.UU. tienen un enorme déficit por cuenta corriente, la UE mantiene una posición de cuentas externas más equilibrada. Uno de los argumentos más apremiantes para mantener los precios y pagos del petróleo en dólares ha sido el de que los EE.UU son un gran importador de petróleo, a pesar de ser ellos mismos un productor sustancial. Pero la UE es incluso un importador de petróleo y productos derivados mayor que los EE.UU., y representa para la OPEP un mercado más atractivo, más próximo y menos tiránico.
El objetivo de la guerra de Bush contra Irak, por lo tanto, es asegurarse el control de estos pozos de petróleo y volver a fijar su valor en dólares, para después aumentar la producción exponencialmente, forzando una caída de los precios. Finalmente, el objetivo de la guerra de Bush es amenazar con una acción semejante a cualquiera de los productores de petróleo que intenten pasarse al euro.
A largo plazo, entonces, no es realmente Saddam el objetivo sino el euro y, en consecuencia, Europa. No hay manera de que los Estados Unidos se crucen de brazos y permitan que esos nuevos ricos europeos tomen en sus manos su propio destino, y menos aún el de las finanzas mundiales.
Por supuesto, todo esto depende de que el demente plan de Bush no se convierta en el detonante de una Tercera Guerra Mundial, como fácilmente podría serlo.
19 de febrero, 2003
Traducción: Round Desk



Movimiento de Documentalistas - Argentina - 2002






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