¿Por qué seguir?

Mauricio Márquez

Publicado el: 2003-08-04


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En este sentido, la creencia en el potencial subversivo del movimiento ciudadano que se gestó en repudio a la guerra es constitutiva. Debemos mantener la fuerza y...



¿Por qué seguir?
Mauricio Márquez

Una ventana abierta al futuro

Existe un cuento de la India ?por lo menos lo oí como un cuento indio-
sobre un inglés que, habiéndosele dicho que el mundo descansaba
sobre una plataforma la cual se apoyaba sobre el lomo de un elefante
que a su vez se sostenía sobre el lomo de una tortuga, preguntó:
¿y en qué se apoya la tortuga? Le respondieron que en otra tortuga.
¿Y esa tortuga? ?Ah, Sahib, después de esa son todas tortugas.



Existen momentos históricos en los que aumenta la indecibilidad del porvenir; en los que el saber imperante y paradigmático no logra dar cuenta en forma convincente de los hechos que se nos presentan ni de las causas que los motivan; momentos en los que el futuro es incierto y desafiante. En ellos, los instrumentos del entendimiento se ven confrontados consigo mismos y con la realidad; la razón se retrae a su fundamento arbitrario y expone su proximidad indiferenciada con el vacío insondable de la creencia.
Estos tiempos multiplican la angustia mientras exhiben los antagonismos subyacentes sobre los que toda sociedad se erige; exponen sus contradicciones encubiertas y soslayadas. Y llevan implícitos, junto a la violencia explosiva e incontrolable que les subyace, un enorme potencial subversivo que promete la realización liberadora de posibilidades emancipatorias frustradas en el transcurso de luchas pasadas. Las multitudinarias manifestaciones desplegadas contra la guerra alrededor del mundo y la espontánea organización de la sociedad civil que supuso, llevan las marcas de un momento de este tipo, de un acontecimiento-verdad, tal y como lo define Alain Badiou en El ser y el acontecimiento.
Es por ello que debemos continuar con los esfuerzos por exponer la arbitrariedad e ilegitimidad de la obstinada persistencia de los gobiernos de Estados Unidos e Irak en perpetrar una guerra cuyo único fundamento son los intereses económicos y políticos de un puñado de personajes sin escrúpulos que se niegan a ver disminuidos su obscena riqueza económica y su insultante poder político.
En este sentido, la creencia en el potencial subversivo del movimiento ciudadano que se gestó en repudio a la guerra es constitutiva. Debemos mantener la fuerza y el impulso inicial de estos movimientos y percatarnos de su inmanente potencial preformativo para transformar la realidad.
Como expone Pierre Bourdieu, ?...también hay que contar con la autonomía relativa del orden simbólico que, en todas las circunstancias y, sobre todo, en los periodos en que las expectativas y las posibilidades se desajustan, pueden permitir cierto margen de libertad a una acción política que se proponga reabrir el espacio de los posibles. Capaz de manipular las expectativas y las esperanzas, especialmente, mediante una exposición performativa más o menos inspirada y exaltadora del porvenir ?profecía, pronóstico o previsión ?, el poder simbólico puede introducir algo de juego en la correspondencia entre las expectativas y las posibilidades y abrir un espacio de libertad por medio del planteamiento, más o menos voluntarista, de posibles más o menos improbables, utopía, proyecto, programa o plan, que la mera lógica de las probabilidades induciría a considerar prácticamente excluidos? (Bourdieu;1999:309-310).
Pero es importante percatarnos de la falta de garantía ontológica transcendente en éste y en cualquier principio alternativo de la ?realidad? sobre el que queramos fundamentarnos. No se trata de caer en la falsa alternativa en la que la crítica del otro automáticamente pretende erigirse en punto de referencia universal e inamovible de la realidad real. Precisamente, esto es lo que debemos echarle en cara a personas como Bush y Hussein quienes pretenden hacer y decir en nombre de una instancia o un mandato ante el que habría que bajar la vista y someterse: nadie tiene la verdad absoluta de su lado, no existe tal cosa. Cualquiera que pretenda reducir al otro al efecto negativo de su supuesta ?Verdad?, de su pretendido ?Dios?, estará demostrando precisamente lo contrario, estará demostrando la falsedad incontestablemente de su postura, y nada más.
Y en esto no existe contradicción alguna. Porque habría quien intentaría hacer caer este razonamiento en el juego interminable de la lógica, para la que este enunciado se anularía a sí mismo. Pero no es así. Precisamente, se trata de socavar todo intento discursivo que pretenda erigirse en norma y principio fundamental, al punto de omitir su propio principio arbitrario.
Pero ?y la pregunta se impone -, ¿no equivale esto a negar el principio universal mismo sobre el que nuestra oposición a la guerra se basa? Si nadie tiene la verdad ¿en nombre de qué calificamos como ética, moral y humanamente ?reprobable? la guerra emprendida en Irak? ¿Quién o qué respalda nuestras aseveraciones?
Precisamente, nada: nada nos respalda, no hay verdad alguna sobre la que podamos pararnos para hablar; por esto, y nada más que por esto, tenemos la razón de nuestro lado. Es porque no pretendemos imponer nuestra verdad a nadie, porque no pretendemos erigirnos en portadores de ningún absoluto, porque estamos convencidos (porque estoy convencido) de que nuestras palabras no cuentan con ningún sostén trascendente y metafísico, que podemos afirmar con toda seguridad y tranquilidad que nadie puede hacerlo.
No se trata de caer en el relativismo autocomplaciente, hedonista y desmovilizante del posmodernismo. Debemos dar una vuelta de tuerca suplementaria y afirmar la irremediable construcción en el vacío del sentido de nuestra existencia. De entrada, parecería que nos lanzamos al vacío para perdernos irremediablemente en él. Sin embargo, si soportamos por un momento, sin retroceder, la aterradora evidencia del nihilismo absoluto, nos percataremos, como dice Zizek (2001) de que la necesidad no es más que libertad concebida. Es decir, el fracaso inherente a todo intento de simbolización de lo Real elusivo se erige en la fuente misma del sentido inmanente de la existencia humana.
De aquí que, para volver al principio, la conciencia de nuestra falta de garantía ontológica se convierte, retroactivamente, en la fuente misma que soporta nuestra palabra. Ni el presente ni el futuro están dados de una vez y para siempre; existen momentos en los que lo impensable e inverosímil desde el saber imperante, se transmuta, por un simple cambio de perspectiva, en posible realización de lo utópico irrealizado, aunque tan sólo sea para comenzar de nuevo, pero un paso adelante.
Estos momentos no se pueden reconocer desde una simple mirada neutral y objetiva, implican una cierta creencia en su existencia, una cierta toma de posición. Por ello son subjetivamente objetivos.
Me parece que estamos ante una de tales aperturas en la historia. Hoy la multitud global, informe y sin cara que constituyen las masas irredentas que salen a la calle y se manifiestan contra la guerra; que salen al ciberespacio y rompen los cercos de los localismos aislantes para hablar por un universal humano, puede convertirse en sujeto (HARDT Y NEGRI, 2002). Lo único que tenemos que hacer ?eso sí, todos ?es dar el paso de la potencialidad y la virtualidad a la performatividad. Es el paso del ?en-sí? al ?para sí?. Sólo creyendo en ellas, poniéndolas en práctica a través de los canales, las posibilidades y recursos con que contamos, podemos pensar que la libertad, la igualdad, la justicia, la dignidad, el respeto, y todos aquellos valores alcanzados durante luchas pasadas por las generaciones que nos precedieron, y que podemos calificar sin miedo como universalmente humanos, puedan universalizarse en sus condiciones de posibilidad y práctica.
Aunque hoy vemos con tristeza y desesperanza cómo se impone la razón irracional de la fuerza, vemos también surgir con más ímpetu la fuerza de la razón en múltiples regiones del globo. Debemos permitirnos pensar que los poderes que hoy se encuentran enfrascados en una lucha feroz por hacer prevalecer sus intereses por encima de sus contrincantes y en pisotear la dignidad humana de miles de personas inocentes, han alimentado sin pensarlo ni quererlo un impulso que, si se percata de su fuerza y asume su potencial, es capaz de conmover los cimientos mismos sobre los que aquellos fundan su poderío.
Todo esto podrá parecer utópico e ilusorio pero ¿acaso no resulta peor en el presente ser realistas? Ayer, ante mi indignación y repudio a la guerra suscitada por una foto escalofriante en la que aparecía un padre desconsolado cargando a su hija mutilada y aparentemente muerta, un compañero de trabajo dijo con toda tranquilidad que así era la guerra, que todas la guerras eran así y que no había nada que hacer por más atroces y dolorosas que nos parecieran. No dudo de la certeza de sus palabras, no dudo que las guerras sean así (acaso no lo dice así el dicho popular ?En la guerra y en el amor todo se vale?). Sin embargo, ¿podemos resignarnos a aceptarlo sin más? ¿No es acaso esa postura a la vez más cómoda y cómplice?
Pegar un grito en el cielo de nada sirve, es cierto. Tampoco cambia nada ni contribuye en nada el quedar bien con los demás y calmar nuestras conciencias a través de nuestras simples muestras de indignación y repudio.
Pero estas no son las únicas alternativas, precisamente una es ésta que he deseado poner en la mesa de discusión: seguir intentando encontrar respuestas, continuar afianzando los movimientos capaces de presentar una oposición argumentada, sólida y contundente a la guerra, capaces también de exponer y difundir las ideas y los argumentos que expongan la arbitrariedad de la agresión, su falta de legitimidad y carencia de fundamento alguno que no sea el del interés de unos cuantos hombres in escrúpulos capaces de todo antes de exponerse a ver reducido su nefasto poder. Mantener la esperanza de que no estamos condenados a olvidar como ilusoria cualquier idea digna de otorgar un sentido positivo a nuestra existencia. Continuar, finalmente, haciendo de nuestro mundo un lugar en el que podamos vernos sin culpa, en el que podamos seguir creyendo. En el que simplemente podamos seguir respirando.



Mauricio Márquez



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