La Metáfora y la Filosofía Contemporánea del Lenguaje (1)

Eduardo de Bustos
Publicado el: 2002-10-09

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La historia de las relaciones entre la filosofía y la metáfora es la historia de una pasión atormentada y ambivalente, pero constante. Sin embargo, aunque la metáfora ha constituido un motivo permanente de reflexión teórica,...

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La Metáfora y la Filosofía Contemporánea del Lenguaje (1)
Eduardo de Bustos

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1.1. El auge de la metáfora

La historia de las relaciones entre la filosofía y la metáfora es la historia de una pasión atormentada y ambivalente, pero constante. Sin embargo, aunque la metáfora ha constituido un motivo permanente de reflexión teórica, la importancia que ha adquirido en las últimas décadas es absolutamente de una pasión atormentada y ambivalente, pero constante. Sin espectacular. No sólo en cuanto a la extensión de publicaciones sobre el particular (Shibles, 1971, J.P Van Noppen, 1985, Van Noppen, 1990), sino en cuanto a la variedad de su procedencia. Si hay algo que caracterice a la actual eclosión de estudios sobre la metáfora es la pluralidad y heterogeneidad de enfoques bajo los cuales se considera. Ambito acotado de las reflexiones de retóricos y filósofos en siglos pasados, el estudio de la metáfora ha desbordado los límites disciplinares para introducirse en materias tales como la psicología, la sociología, la antropología, la teoría de la ciencia e incluso la inteligencia artificial. Una de las últimas recopilaciones dedicadas al tema ha podido hacer referencia a la ubicuidad de la metáfora (W. Paprotté & R. Dirven, 1985) , a su capacidad para aparecer en muy diferentes campos teóricos y marcos conceptuales.
Entre las diversas razones que han concurrido para dotar a la metáfora de su importancia actual. las hay de carácter sistemático y de índole histórica. Entre éstas es preciso mencionar la pervivencia de estudiosos del lenguaje que, más o menos conscientemente, son herederos de la tradición romántica del siglo XIX, que tan decisivamente laboró por la rehabilitación filosófica y literaria de la metáfora. Entre ellos el más destacable es sin duda M. Black, cuyos artículos sobre la metáfora (1954, reimpreso en M. Black, 1962, y 1977, reimpreso en Ortony, ed. 1979), constituyen (especialmente el primero) obras seminales en la reflexión sobre la materia. La obra de M. Black es, en este ámbito concreto, heredera de la del gran estudioso de la retórica y teoría literaria I.A. Richards (1936) y la de éste, a su vez, de la del poeta romántico Coleridge. Aun cuando inscrita dentro de la filosofía analítica del lenguaje, la obra de M. Black se puede considerar representativa de una reacción antipositivista. Aunque más adelante se analiza más concretamente la teoría de M. Black sobre la metáfora, es preciso indicar ante todo que su sentido general fue la defensa de la autonomía e irreductibilidad del sentido metafórico, así como su capacidad para ser depositaria de conocimiento. Su análisis estaba centrado en el nivel propiamente lingüístico, pero ha tenido una influencia evidente en las perspectivas que han aportado otras disciplinas, como la teoría de la ciencia o la psicología cognitiva.
En cuanto a la filosofía de la ciencia, dentro del mismo marco de reacción contra el positivismo, diversos autores han destacado el papel de los modelos y las metáforas en la progresión y transmisión del conocimiento científico. Una pionera en este sentido fue M. Hesse (1966, 1974) que, frente a la tesis positivista que equiparaba el significado cognitivo de un enunciado con su método de verificación, puso de relieve la importancia cognitiva de las metáforas científicas, tanto en el contexto de descubrimiento (en cuanto instrumentos heurísticos) como en el de justificación (predicción y constrastación). Por otro lado, las tesis de M. Hesse sobre la metáfora tuvieron el mérito de suscitar un aspecto a menudo olvidado en su tratamiento, la función social que tiene la elaboración y comprensión de las metáforas.
Otro de los motivos que han influido en la actual proliferación del interés por la metáfora ha sido el advenimiento de la revolución cognitiva en el campo de la psicología. Fruto ella misma de una reacción contra el positivismo psicológico, el conductismo, el cognitivismo se ha convertido en el paradigma dominante en la psicología científica de los últimos treinta años, con su énfasis en la explicación funcional de los procesos de pensamiento. Dentro de ese marco teórico, se ha visto en la metáfora el instrumento psicológico central mediante el cual se amplia y estructura nuestro conocimiento del mundo (M. Arbib y M. Hesse, 1986). Por tanto, la captación de la esencia de la metáfora y su explicación psicológica se han convertido en un asunto central dentro de esta disciplina y disciplinas relacionadas, como la inteligencia artificial. Las obras más conocidas a este respecto son las de G. Lakoff y M. Johnson (1980, 1999), en las que pretendieron mostrar cómo buena parte de nuestra experiencia cotidiana del mundo y de nuestras relaciones sociales están estructuradas metafóricamente. Este énfasis puesto en la metáfora como instrumento para conformar la conciencia individual enlaza por otra parte con consideraciones procedentes de la filosofía continental (escuela de Frankfurt, antropología y filosofía estructuralista...), haciendo converger sobre ella la multitud de perspectivas y tradiciones intelectuales que contribuyen a convertirla en un excitante objeto de reflexión.

1.2 Teorías sobre la metáfora

Antes de explorar la fisonomía conceptual del problema que supone la metáfora para la actual filosofía del lenguaje, conviene resaltar un grupo de ideas tradicionales y de alternativas teóricas corrientes propuestas para su explicación.

1.2.1 Ideas heredadas

Las principales ideas acerca de la metáfora que la tradición lingüística, literaria y filosófica ha aportado a las actuales controversias se pueden resumir del modo siguiente:
1) "la metáfora es la aplicación a una cosa de un nombre que es propio de otra" (Aristóteles, Poética, cap. 21) . De acuerdo con esta tesis, la metáfora es ante todo un fenómeno léxico, que se produce en el nivel de la palabra y en su función nominativa. La transferencia de significado, que se concibe básicamente como un desplazamiento de la referencia, puede presentar diversas modalidades. En el caso de la teoría aristotélica son consideradas principalmente las desviaciones ontológicas o categoriales, entre ellas las que más tarde se clasificarán como tropos diferentes a la metáfora (por ejemplo, la sinécdoque).
2) la elaboración y comprensión de (algunas) metáforas conlleva la captación de similaridades ocultas: "la habilidad para utilizar la metáfora entraña una percepción de las similaridades" (Aristóteles, Poética, cap. 22). Así, Aristóteles consideró el símil, en cuanto comparación explícita, como una figura muy próxima a la metáfora (Retórica, III, 1406b), idea que radicalizaron Quintiliano y Cicerón: "la metáfora es una forma abreviada de símil, condensada en una palabra" (De oratore, III, 38). De este modo se introdujo la idea, recogida por diversos autores a lo largo de la historia de la retórica, de que existe una equivalencia subyacente entre el esquema propio de la metáfora, A es B, y el del símil, A es como B. En esa traducción o equivalencia la metáfora pierde su contenido cognitivo en beneficio de la literalidad del enunciado comparativo.
3) la función (y el origen) del uso de la metáfora es la de proporcionar placer estético al entendimiento. Aunque en Aristóteles esta función no está desligada por completo de su valor como instrumento heurístico o cognoscitivo, lo está en la obra de retóricos aristotélicos como Quintiliano (Institutio oratoria) y en la tradición medieval.
4) la metáfora es una clase de abuso verbal que ha de suprimirse del discurso propio de la expresión del conocimiento. Es una idea propiamente moderna: la dimensión retórica del discurso, su virtualidad persuasiva, ha de residir no en la forma verbal, sino en su sustancia lógica. Locke fue uno de los que la expresó con mayor énfasis: "Si pretendemos hablar de las cosas como son, es preciso admitir que todo el arte retórico, exceptuando el orden y la claridad, todas las aplicaciones artificiosas y figuradas de las palabras que ha inventado la elocuencia, no sirven sino para insinuar ideas equivocadas, mover las pasiones y seducir así el juicio..."(Ensayo sobre el entendimiento humano, III, cap. X, 34).
5) la metáfora constituye un elemento medular del lenguaje, su auténtica esencia. Esta idea, que se puede rastrear al menos hasta G. Vico (La nueva ciencia), tiene dos aspectos. La versión historicista o evolutiva propia del marco filosófico del siglo XVIII afirma que el origen del lenguaje se encuentra en la metáfora, el instrumento cognitivo primigenio mediante el cual el hombre asimila la experiencia de la realidad. El mito primitivo no es sino una forma de metáfora extendida (Herder, Ensayo sobre el origen del lenguaje) y el hombre primitivo es literalmente el auténtico poeta.

Precedentes de la versión romántica de la tesis de que la metáfora es central en el lenguaje se pueden rastrear en realidad hasta Pascal (Pensamientos). En ella se pone el énfasis en la autonomía e irreductibilidad del significado metafórico. Autonomía en cuanto el significado de la metáfora es independiente de las acepciones literales de sus elementos componentes, e irreductibilidad en cuanto que el significado metafórico es intraducible mediante paráfrasis literales. De acuerdo con Pascal, el excedente expresivo de la metáfora la convierte en el medio ideal para trasmitir lo inefable (en su caso el mensaje divino). De acuerdo con los teóricos del romanticismo literario (Wordsworth, Coleridge), la metáfora encarna la capacidad sintética de la imaginación (frente a la analítica de la razón), su poder para dar forma a la realidad.
Este puñado de ideas de la tradición lingüística y filosófica resuenan en muchas concepciones vigentes sobre la metáfora. Algunas de ellas se repiten, incluso literalmente. Otras en cambio han dejado un huella más leve. Pero, como se puede advertir, se distribuyen en dos tendencias contrapuestas por la importancia que atribuyen al fenómeno. Para una, la metáfora es un accidente lingüístico marginal, con funciones comunicativas especializadas y ajena al ámbito del conocimiento. Para la otra, la metáfora encarna la auténtica naturaleza del lenguaje y del pensamiento, y es el fenómeno central del que debe dar cuenta la teoría semántica y literaria.
Como ha manifestado U. Eco (1984), cualquier teorización sobre la metáfora ha de partir de una de estas dos posiciones, ha de surgir de "una elección radical: o bien (a) el lenguaje es por naturaleza y originariamente metafórico y el funcionamiento de la metáfora establece lo que es la actividad lingüística, y por tanto toda regla o convención surge con el fin de reducir (y empobrecer) el potencial metafórico que define al hombre como animal simbólico; o bien (b) el lenguaje (y cualquier otro sistema semiótico) es un mecanismo regido por reglas, una máquina predictora que dice qué frases se pueden generar y cuáles no, y cuáles de las que es posible generar son `buenas? o `correctas? , o provistas de sentido; una máquina con respecto a la cual la metáfora constituye una ruptura, una disfunción, un resultado inexplicable, pero al mismo tiempo el impulso para la renovación del lenguaje" (U. Eco, 1984, pág. 88). Eco ve en la tensión dialéctica de estas dos concepciones, a lo largo de la historia, como una perpetua reencarnación de la contraposición clásica entre phusis y nomos, entre la naturaleza y la ley, entre la concepción lingüística que destaca la irregularidad, la excepción y lo extraordinario en el lenguaje, esto es, lo que en él hay de anómalo, frente a la que insiste en la regularidad, la homogeneidad y la generalidad o universalidad, es decir, lo que en las lenguas naturales hay de análogo, que se puede subsumir en generalizaciones legales. Y aunque no pasa de ser una observación más sugerente que exacta, como tantas otras de Eco, tendremos ocasión de comprobar en qué medida un cierto aroma de esta disputa histórica se reproduce en la moderna filosofía del lenguaje.

1.2.2. Teorías semánticas sobre la metáfora

La metáfora es un fenómeno que, ante todo, constituye un desafío para la semántica. En primer lugar, porque de las concepciones heredadas se sigue que es a esta disciplina a la que corresponde proporcionar una explicación adecuada del fenómeno (aunque más adelante se mencionan intentos de poner en cuestión este supuesto: v. Capítulo 11). En segundo lugar, porque es un fenómeno que se resiste a las generalizaciones referentes a la noción de significado. De hecho la metáfora parece constituir una excepción a uno de los principios básicos de la semántica moderna, el principio de composicionalidad del significado, que establece que el significado total de una expresión lingüística es una función del significado de sus componentes. De acuerdo con el más conocido de los manuales modernos de semántica : "los intentos actuales de formalizar la estructura semántica de los sistemas lingüísticos y de generar todas y sólo las interpretaciones posibles de las oraciones se basan en el supuesto de que, no sólo el número de los lexemas, sino también el número de sentidos asociados con cada lexema, es finito y enumerable. La metáfora constituye un problema teórico muy serio para cualquier teoría de la semántica que se base en tales supuestos" (J. Lyons, 1977,pág.550).
Las teorías que han tratado de avanzar explicaciones semánticas sobre la metáfora puede ser clasificadas en dos grandes clases: las sustitutivas y las interaccionistas. Ambos tipos de teorías pretenden proporcionar una explicación de cómo se interpretan las expresiones metafóricas, pero algunas versiones de una y otra clase no encajan bien en lo que constituiría una teoría semántica en sentido estricto, esto es, una teoría que permite deducir, para cada oración perteneciente a la lengua, un enunciado del tipo `O significa (que) P?, donde P se refiere a un enunciado de la teoría semántica en cuestión (D. Davidson, 1967).
En el caso de las teorías de tipo sustitutorio, la estrategia es la de probar (o argumentar) en primer lugar la equivalencia entre las estructuras lógico-gramaticales de las expresiones metafóricas y de otras literales. Luego se remite la interpretación semántica a estas últimas. Por ejemplo, si se mantiene que todas las metáforas se pueden parafrasear mediante enunciados literales, entonces el problema queda desplazado o reducido a la dimensión habitual de ese lenguaje literal (Ph. Turetzky, 1988).
Por contra, en el caso de las teorías interaccionistas, lo que generalmente se hace es postular mecanismos semánticos especiales que den cuenta de cómo el significado metafórico emerge de la combinatoria lingüística.
Un caso especial de teoría sustitutoria es la teoría comparativa. Pretende hacer justicia a la vieja idea de que los enunciados metafóricos son comparaciones implícitas. En el marco de la teoría generativo-transformatoria se intentó precisar esta idea postulando una estructura profunda comparativa en los enunciados metafóricos, o una estructura léxica interna que explicitara esa comparación en los compuestos nominales interpretables metafóricamente (R.P. Botha, 1968, analiza detalladamente esas propuestas). La idea fracasó pero, más que por los sucesivos colapsos de la teoría gramatical generativa, por la inadecuación de las consecuencias semánticas de la tesis. Desde muy diferentes puntos de vista se ha criticado la idea de que las metáforas son comparaciones implícitas y, hoy día, se puede considerar una propuesta arrumbada, aunque perdura fosilizada en algunos diccionarios o glosarios del vocabulario de la retórica (2). En esos diccionarios se sigue considerando a las metáforas como expresión de relaciones analógicas, pero una de las características que separa a la metáfora de las analogías es que, en la medida en que constituyen símiles explícitos, dan lugar a una relación semántica de carácter inverso a la establecida por la metáfora. A ello se han referido diversos autores cuando han destacado el carácter esencialmente abierto de la metáfora: "las metáforas quedan empobrecidas cuando se reducen a símiles, porque los símiles se mueven hacia la clausura de las relaciones entre significados superpuestos en la metáfora. Decir `la vida es como un sueño? indica que una o más características que pueden ser comunes a las vidas y los sueños son experiencias borrosas, por ejemplo. Por otro lado, `la vida es un sueño? abre la relación entre la vida y los sueños, porque se trata de una identidad de totalidades, la vida como tal y ser un sueño como tal" (C. Hausman, 1989, pág. 17). Dicho de otro modo, la metáfora es una invitación a proseguir un juego que inicia el que propone la metáfora. El movimiento de inicio del juego apela a algo específico, pero no determina la continuación del juego, ni lo agota. En el caso de las metáforas ricas, el juego se puede continuar casi indefinidamente. Nuevos aspectos o dimensiones de la metáfora pueden ser sacados a la luz; nuevos hechos históricos o nuevas experiencias pueden dotar de nuevos ámbitos significativos a la metáfora. Esto es particularmente cierto en las metáforas que, como afirma C. Hausman, hacen referencia a realidades o experiencias globales, que se pueden descomponer incesantemente de forma no unívoca. Así, metáforas como `la vida es un sueño? o `la vida es un juego? son más ricas, en el sentido mencionado que `la vida es una pesadilla de la que uno jamás se despierta? o `la vida es un juego de suma cero? , en que la apelación a propiedades o características concretas acota la metáfora, aunque no llegue a agotarla.
En cualquier caso, las críticas clásicas a la idea de que las metáforas son comparaciones implícitas están resumidas en M. Black (1962 (1966)), en donde se destaca la imprecisión y vacuidad de la teoría. Imprecisión por la imposibilidad de determinar un sentido definido de comparación aplicable a las expresiones metafóricas, y vacuidad puesto que la idea no explica por qué se utilizan las metáforas en vez de las comparaciones literales correspondientes. D.E. Cooper (1986) ha señalado que la escasa plausibilidad de la teoría comparativa se desvanece si se consideran expresiones metafóricas sin la forma `A es B? o cuando se advierte que ciertas comparaciones son, a su vez, metafóricas.
Una concepción más interesante y adecuada a la complejidad de los fenómenos metafóricos fue la defendida por el propio M. Black (1962) recogiendo y reformulando las ideas de I.A. Richards (1936). Resumiendo su análisis, paradigma de la concepción interaccionista, se pueden distinguir las siguientes tesis (E.F. Kittay,1987) : 1) las unidades metafóricas son las oraciones , no las palabras, 2) en esas unidades metafóricas existen dos polos, 3) existe una tensión entre esos dos polos, 4) los dos polos han de ser concebidos como sistemas, 5) el significado de la metáfora es un producto de la interrelación de los polos, 6) el significado metafórico es irreductible y tiene contenido cognitivo. Así pues, el significado metafórico es producto de la interacción semántica entre dos polos, que denominó foco y marco de la metáfora. Tales polos no son (o no tienen que ser) expresiones lingüísticas aisladas (nombres, predicados, etc.), sino expresiones referenciales que remiten a (sistemas de) cosas. La idea básica sobre el funcionamiento de la metáfora es que consiste en la aplicación al foco de un sistema de implicaciones ligado al marco de la metáfora. Tales implicaciones no se basan en el contenido semántico de la categoría léxica correspondiente, sino en un sistema de tópicos (de mayor o menos generalidad) ligado a lo referido. La comprensión de la metáfora no se fundamenta pues en la capacidad lógico-semántica de inferencia, sino en la captación de relaciones de implicación que conllevan la traslación del marco al foco, Así, para entender `Emilio es un buitre? no es necesario que se conozca el significado normal de `buitre? , ni que se sea sabedor del conocimiento enciclopédico (zoológico) ligado a ese significado; lo único necesario es que se domine el conjunto de tópicos compartidos por una comunidad lingüística sobre el particular.
Más o menos por la misma época en que M. Black proponía este análisis, la gramática generativa trataba de elaborar una alternativa lingüística a los análisis filosóficos. Su enfoque del problema se basaba fundamentalmente en los dos supuestos siguientes: 1) el lenguaje figurado constituye una desviación respecto a la utilización normal del lenguaje y 2) el mecanismo sintáctico semántico que permite captar esa desviación es la violación de las reglas gramaticales. En particular, los gramáticos generativos destacaron el papel desempeñado por la violación de las reglas de restricción. De acuerdo con sus ideas (analizadas por J.L. Tato, 1975), el enunciado metafórico se caracteriza por transgredir las reglas que determinan las combinaciones permisibles de las categorías lingüísticas. En el anterior ejemplo, la violación se produce cuando se combina una expresión léxica marcada con el rasgo +Humano (`Emilio?) con otra marcada por -Humano (`un buitre?). Se podría considerar que la evolución de esta explicación ha constituido un intento de precisar la teoría interaccionista de M. Black, pero es preciso reconocer que en general ha tendido a destacar sus defectos y eliminar sus virtudes.

3. Teorías pragmáticas


El principal problema que las expresiones metafóricas parecen plantear a la teoría semántica es el de la impredictibilidad. Dada un expresión lingüística, puede suceder que tal expresión sea interpretada literalmente en un contexto y metafóricamente en otro. El mismo ejemplo utilizado anteriormente sirve para ilustrar esa impredictibilidad : `Emilio? puede ser el nombre propio de un ave o el de una persona, de tal modo que `Emilio es un buitre? puede ser empleado en sentido literal o metafórico, dependiendo del contexto en que se emplee. La interpretación metafórica de la oración no está determinada por el contenido léxico de las expresiones componentes, de tal modo que parece estar al margen de lo que debe explicar una teoría semántica.
Ejemplos como éste son los que han llevado a pensar que el significado metafórico emerge en el nivel de la parole, en el uso lingüístico, y que, por tanto, el problema de su explicación es algo que debe competer a la pragmática. Dicho con las palabras de uno de los más conocidos representantes de esta disciplina : "el problema de explicar cómo funciona la metáfora es un caso particular del problema general de explicar cómo divergen el significado del hablante y el significado oracional o léxico" (J. Searle, 1978 (1979) pág. 76).
La idea fundamental, en la que se basa la separación entre las disciplinas de la semántica y la pragmática, es que existe una separación entre lo que es el significado lingüístico, en cuanto determinado por el sistema de la lengua, y el significado comunicativo, en cuanto determinado por el contexto en que se hace utilización de ese sistema y por las reglas que permiten coordinar las acciones lingüísticas en el seno de una sociedad. El primero queda determinado por las reglas de la gramática y la semántica, y constituye un núcleo relativamente fijo de convenciones lingüísticas. El segundo en cambio está limitado de una forma menos rigurosa por un conjunto de principios que regulan la interacción comunicativa racional.
La noción central que examina la pragmática es la de significado del hablante, el significado que el hablante confiere a sus expresiones lingüísticas concretas en circunstancias particulares de uso. Tal significado puede coincidir o no con el significado sistémico de sus expresiones, con el significado convencional asignado por el sistema lingüístico. En caso de que no, la pragmática debe proporcionar una explicación de cómo tal significado puede, con todo, ser desentrañado por una audiencia. Dicho de otro modo, la pragmática debe explicar la relación que existe entre el significado de las expresiones lingüísticas y el significado de la utilización de las expresiones lingüísticas.
Según J. Searle, el significado metafórico "es siempre significado preferencial del hablante" , esto es, significado que adquieren sus palabras cuando se utilizan en circunstancias concretas, significado no convencional. Por tanto, la pragmática debe indicar los principios mediante los cuales se efectúa esa adquisición. Parte de esa explicación es general y parte particular. El aspecto general se refiere a los principios que permiten a la audiencia comprender que el hablante quiere decir, y dice, algo más, o algo diferente, de lo que sus palabras dicen. Esto vale tanto para las expresiones metafóricas, como para las irónicas, los actos de habla indirectos, etc. En general, forma parte de la explicación de por qué y cómo el significado de las preferencias del hablante difiere de su significado convencional o semántico. En cambio, la parte específica de la explicación ha de referirse a los medios o estrategias particulares que emplea el hablante/oyente para producir/interpretar las expresiones metafóricas.
Las virtudes y debilidades de este tipo de explicaciones resaltan cuando se consideran los principios de interpretación metafórica que J. Searle propuso para explicar cómo un hablante que profiere una expresión con el esquema `S es P? significa, no obstante `S es R?, donde P no significa léxicamente R. En primer lugar, la interpretación metafórica se pone en marcha de acuerdo con la siguiente estrategia: "cuando la proferencia es defectiva si se toma literalmente, búsquese un significado proferencial que difiera del significado oracional" (J. Searle, op. cit. pág. 105). Lo que hace la audiencia pues es aplicar a la conducta lingüística del hablante lo que se ha denominado principio de caridad interpretativa, un principio que asigna a la conducta del hablante la característica de ser comunicativamente racional. La audiencia intenta encontrar un sentido comunicativo a las palabras del hablante, aunque éstas incurran en falsedades manifiestas, absurdos, violaciones categoriales, de las condiciones de los actos de habla, etc.
Para ello, y en el caso de la expresión `S es P?, trata de hallar los valores posibles de R "buscando formas en que S puede ser como P y, para hallar los aspectos en que S podría ser como P, considérense rasgos distintivos, conocidos y perspicuos de las cosas P" (J. Searle, pág. 106). Como las cosas pueden parecerse, o considerarse parecidas, entre sí de múltiples formas, el conjunto de valores de R puede ser demasiado grande para determinar una interpretación viable. Por ello, la audiencia ha de "volver al término S y considerar cuál de los múltiples candidatos de los valores de R son probables o siquiera posibles propiedades de S" (Pág. 106). Dicho de otro modo, ha de considerar la naturaleza del contexto comunicativo para asignar diversos valores de probabilidad a las diferentes interpretaciones de la metáfora, eligiendo la que tenga el valor más alto entre ellas.
Como se puede advertir, la explicación de la sustancia de la interpretación metafórica va poco más allá de lo avanzado por las teorías tradicionales, pero tiene el mérito de situar ese núcleo teórico en un contexto dinámico, el de la comunicación lingüística. De hecho, las explicaciones pragmáticas proporcionan una explicación más adecuada de cuándo o por qué se interpreta metafóricamente una expresión, pero no respecto al problema de en qué consiste tal interpretación.

1.3. Metáfora y filosofía

1.3.1 Metáfora y filosofía del lenguaje

Una de las concepciones predominantes en la actualidad en el análisis filosófico del lenguaje mantiene que existe una estrecha conexión entre los conceptos de significado y verdad. De acuerdo con esta concepción, las exigencias formales de una teoría del significado y una teoría de la verdad para una lengua natural son equivalentes, de tal modo que, al formular ésta, proporcionamos aquélla: determinar las condiciones de verdad de un enunciado equivale a dar una explicación de su significado. Esta concepción, conocida como semántica de las condiciones de verdad, se ha enfrentado a dos tipos de problemas, externos e internos. En el primer caso, se ha criticado la imagen de lenguaje natural endosada por esta concepción. El lenguaje natural, según se indica, no es (sólo) un modelo de la realidad, con la que se pueda comparar. El lenguaje natural es un instrumento de comunicación de finalidades heterogéneas, que no son reducibles a la mera enunciación de hechos o de creencias, enunciación a la que quepa aplicar con sentido el predicado `es verdad?. Por otro lado, la noción de verdad no es menos problemática ni cuestionable que la de significado. Según la teoría corriente (A. Tarski, 1972), la noción de verdad implica una correspondencia entre entidades lingüísticas (por ejemplo, teorías lógicas o matemáticas) y sus modelo(s) (estructuras matemáticas, conjuntistas, por ejemplo). Pero, cuando se pretende trasladar esta concepción a la teoría semántica, ni el lenguaje natural, ni la "realidad" que se pretende que represente son entidades teóricas tan precisas como en el caso de la lógica o la matemática.
Aún aceptando esta imagen sumamente esquemática acerca de la naturaleza de las lenguas humanas, se suscitan muchos problemas respecto a su viabilidad o utilidad para constituir la base conceptual de una teoría semántica efectiva. Buena parte de los trabajos de filosofía del lenguaje se ha dedicado a remover esos problemas de"aplicación" de una teoría de la verdad a las lenguas naturales. La importancia de la metáfora, en este contexto, reside en que constituye una de las piedras de toque de la semántica de las condiciones de verdad. Formulado toscamente, el problema es el siguiente: la noción de verdad sólo tiene sentido aplicada a enunciados literales, porque son los compuestos por expresiones con una referencia `normal?. Así pues, una de dos, o los enunciados metafóricos son reducibles a enunciados literales, o la noción de verdad no se aplica correctamente a los enunciados metafóricos.
La primera alternativa es, por razones que se han apuntado, insatisfactoria: los enunciados metafóricos se resisten a cualquier reducción a comparaciones literales o paráfrasis sustitutorias. La segunda alternativa, a su vez, abre dos posibilidades: o existe un sentido especial de `verdad? que se aplica específicamente a las metáforas, o la noción de verdad no es aplicable en absoluto a tales enunciados.
La primera opción ha sido explorada por numerosos autores, pero que no comparten precisamente el paradigma de teoría semántica anteriormente mencionado (por ejemplo, P. Ricoeur,1975, ha propuesto un concepto de verdad metafórica en términos de mímesis). Por razones filosóficas de peso, los filósofos del lenguaje que atribuyen a la noción de verdad un papel esencial en la constitución de la semántica, no ven con buenos ojos la proliferación de acepciones de esta noción. Si la verdad es una relación determinada entre lenguaje y realidad, la relación de correspondencia, no cabe distinguir diversas formas en que se pueda dar esta relación.
La segunda opción fue la seguida por D. Davidson (1978),. Su propuesta viene a reducirse a la siguiente tesis: las expresiones metafóricas no tienen significado diferente del significado literal. En consecuencia, si no hay significado metafórico, tampoco hay verdad metafórica. No obstante lo artificiosa que parezca esta tesis, ha sido poderosamente argumentada por D. Davidson y su consideración y crítica ha ocupado buena parte de importantes ensayos sobre la metáfora (D.E. Cooper, 1986; E.F.Kittay, 1987).

1.3.2 Metáfora y filosofía de la ciencia

La cuestión del contenido cognitivo de la metáfora se puede plantear en dos planos. Quienes han defendido que las metáforas poseen tal contenido cognitivo (prácticamente todo el mundo, menos los teóricos insertos en corrientes empiristas o positivistas radicales), han argumentado o bien en el plano psicológico, individual, o bien en el plano colectivo. En el plano individual, la psicología de orientación más o menos cognitiva ha destacado la función de las metáforas en el progreso de la capacidad para establecer inferencias o implicaciones, o para constituir modelos de la realidad o de la experiencia (R.E. Davidson, 1976). Formulado de un modo más general, la tesis común es que la metáfora es un componente central en la inferencia y el razonamiento analógicos.
En el nivel epistemológico colectivo, las discusiones se han centrado en el papel de las metáforas en la constitución de hipótesis científicas o en la elaboración de nuevas teorías. Aunque algunos autores confinan la discusión a lo que en teoría de la ciencia se denomina `contexto de descubrimiento? (procedimientos heurísticos utilizados en la práctica científica), otros muchos (M. Hesse, 1966, R. Boyd, 1979, R.R. Hoffman, 1980, han destacado la ubicuidad de la metáfora en toda la actividad científica. Por ejemplo, según R.R. Hoffman (1985), la metáfora se manifiesta en la teorización científica al menos en las siguientes formas:
1) como `metáforas-raíz? o metáforas básicas que conforman la conceptualización de todo un ámbito de la realidad (el mundo como mecanismo, la sociedad como organismo, etc.)
2) en la formulación de hipótesis o principios que constituyen metáforas explícitas
3) como imágenes basadas en metáforas o `modelos mentales?
4) como modelos sustantivos basados en metáforas que generan relaciones causales o funcionales (el modelo planetario de la estructura del átomo)
5) como modelos matemáticos basados en metáforas
6) como analogías basadas en metáforas que ilustran relaciones específicas.
Asimismo, la metáfora desempeña una cantidad enorme de funciones, que van desde la predicción y descripción de nuevos fenómenos a la elaboración de nuevos modelos, impregnando todo el quehacer científico, desde la recogida de datos a la contrastación, comparación y cambio de teorías.

1.3.3 Metáfora y metafísica

El `giro lingüístico? (R. Rorty, 1967) que ha afectado, en mayor o menor medida, a todas las escuelas filosóficas del siglo XX, ha contribuido a impulsar las reflexiones sobre la metáfora. Como se sabe, el sentido general de este giro ha sido el de desplazar el ámbito de los tradicionales problemas filosóficos al estudio del lenguaje o discurso en que se plantean. Las obras más ambiciosas sobre la metáfora tratan por tanto no sólo de formular explicaciones lingüísticas sobre los orígenes y naturaleza de los fenómenos metafóricos, sino también de determinar las consecuencias de tales explicaciones en problemas tradicionales de la epistemología u ontología. Así, por ejemplo, C. Hausman (1989) ha tratado de avanzar una teoría general de la metáfora que abarque no sólo las disciplinas de la filosofía y la ciencia sino también el ámbito del lenguaje común y sus utilizaciones especializadas en la literatura y en la lírica. Y aún más, que subsuma tanto las formas de representación tradicionalmente consideradas cognitivas (ciencia, filosofía) como las artes visuales y no visuales, alcanzando de este modo un carácter semiótico. Como tal fenómeno, tan generalmente caracterizado, la metáfora se fundamenta en la inteligibilidad, según Hausman, esto es, requiere como condición necesaria la captación, construcción o reconstrucción de relaciones entre referentes o designata de los signos utilizados metafóricamente. Esta es la razón última de que el estudio de la metáfora trascienda el nivel estrictamente semiótico para constituir asunto tanto de la epistemología como de la ontología: "Si hemos de comprender cómo un fenómeno puede exhibir un significado inteligible con articulaciones que se apartan de las pautas aceptadas de inteligibilidad, entonces hemos de comprender un problema epistemológico. Después de todo, una teoría del conocimiento habría de ser relevante para las aprehensiones de inteligibilidad allí donde ocurran, especialmente cuando se producen en situaciones que incluyen algo que viola nuestras expectativas de inteligibilidad. Tratar de comprender la estructura de la metáfora es intentar comprender la estructura de algo que contribuye a la inteligibilidad del mundo. De ello tuvo una cierta intuición I. A. Richards cuando habló del `más profundo problema? a que se dirigía su retórica "¿ Cuál es la conexión entre la mente y el mundo que hace que acontecimientos en la mente se refieran a otros acontecimientos en el mundo ? (1936, pág. 28). Estas cuestiones de epistemología y metafísica amplían claramente el problema de la metáfora más allá del ámbito de la estética" (C. Hausman, op. cit., Pág. 9). A propósito de la metáfora, se pueden plantear por tanto cuestiones tradicionales en teoría del conocimiento, como la naturaleza de nuestro trato cognitivo con el mundo, o problemas tradicionalmente ontológicos, como la naturaleza de la estructura de lo real, naturaleza que parece posibilitar su comprensión metafórica.
Aparte de estas consideraciones, que atañen en particular a la filosofía en el ámbito anglosajón, particularmente receptiva al `giro lingüístico? , merece la pena hacer referencia al tratamiento que la metáfora ha recibido en otras escuelas de pensamiento (en menor medida afectadas por ese `giro? ). Entre éstas, merece la pena destacar al menos dos. En el contexto de la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt la metáfora ha sido examinada en cuanto recurso expresivo y `retórico? (en el sentido recto de `arte de la persuasión?) propio del discurso del poder. Por tal, no hay que entender tanto la particular forma de producción lingüística de las instituciones políticas como los diferentes instrumentos lingüísticos mediante los cuales se perpetúa ese poder. En ese sentido, adquieren una enorme importancia las instituciones profundamente imbricadas en la vida cotidiana (la familia, la escuela, etc.) responsables en buena medida de la constitución y conformación de la conciencia individual. Estas instituciones desempeñan un papel fundamental en la transmisión de las formas de conceptualizar la vida social, entre otras cosas. La metáfora ocupa un lugar central en esa conceptualización, presentando los tamices cognitivos básicos a través de los cuales se efectúa. Así, el modo en que se conciban las formas de relación social dependerá en buena medida del sistema de implicaciones generado por una metáfora básica. Por ejemplo, la concepción del trabajo como mercancía, perteneciente a una gran familia de metáforas, las que presentan fenómenos histórico-culturales en términos físico-naturales, sitúa al individuo, dentro del sistema inferencial asociado, en el papel de vendedor/comprador, orientando de este modo la propia auto-percepción y el comportamiento social.
En un contexto teórico diferente, en un famoso artículo, J. Derrida (1971) afirmaba que la metáfora es `la única tesis de la filosofía?. Con ello pretendía indicar que toda la filosofía occidental se puede pensar como el desarrollo de la metáfora de los `dos reinos?, de lo material y de lo espiritual, de lo sensible y carnal, y de lo conceptual o inmaterial. En todas las nociones filosóficas (ideas, conceptos, sustancias, esencias, etc.) se puede rastrear un origen confusamente metafórico. Incluso la propia noción de metáfora es metafórica, en cuanto parece implicar un desplazamiento o un desvío, haciendo aparecer una relación abstracta, la de la expresión y su significado, en términos espaciales. La metáfora aparece pues inextricablemente unida al desarrollo del pensamiento, como conformadora de la mitología propia de occidente, la metafísica. La reflexión sobre la metáfora pone pues a la filosofía ante sí misma, ante su naturaleza y ante su historia.
Notas

(1) Este trabajo que A Parte Rey publica en el número 19 de Enero de 2002 constituye la Introducción del libro La Metáfora. Ensayos transdisciplinares publicado por F.C.E en el año 2000. A Parte Rey quiere agradecer a su autor y a la editorial la amabilidad por permitir publicarlo en nuestra revista. _
(2) No obstante, existe la notable excepción de R. Fogelin (1988, 1994.), que constituye una apreciable defensa de la tesis tradicional que equipara a las metáforas con los símiles. La teoría de R. Fogelin no es reductivista. Para una crítica concluyente de su posición v. L. Tirrell (1991): Tirrell mantiene que las comparaciones o símiles son un subconjunto de las metáforas. _









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