Así era el infinito

M.Kollavin

Publicado el: 07/04/09


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“-¿Me seguirás queriendo? Preguntó él.
-Es que cada día te quiero más. Respondió ella”.

Ese amor que se había insinuado el día en que se encontró llamándolo por teléfono para invitarlo a disfrutar de la luna que se incendia en el río, crecía sin cesar.
Ella sabía que el amor se termina. Que no hay un fuera de tiempo para el amor. Que no existe el amor eterno.




Así era el infinito

M.Kollavin


“-¿Me seguirás queriendo? Preguntó él.
-Es que cada día te quiero más. Respondió ella”.

Ese amor que se había insinuado el día en que se encontró llamándolo por teléfono para invitarlo a disfrutar de la luna que se incendia en el río, crecía sin cesar.
Ella sabía que el amor se termina. Que no hay un fuera de tiempo para el amor. Que no existe el amor eterno.
Ella lo había sabido con dolor, y a veces acariciaba la cicatriz de esa herida para recordarlo. Pero así como este nuevo amor la había sorprendido el día de la luna roja, la seguía sorprendiendo cada día.

La tarde iba declinando y ya podía descorrer las cortinas de sus ventanas. El río se ofrecía como espectáculo para quien supera mirarlo. Una leve brisa hacía menos inclemente el clima veraniego. El verde de las islas apaciguaba la vista y el celeste de un cielo casi límpido se reflejaba en las aguas marrones .En algunas horas más también se ofrecería la luna en el paisaje. ¿Cómo estaría hoy? Seguramente cuando saliera a correr podría reconocerla.

Recordó la respuesta a la invitación, que le llegó por mail luego de unos días: “La luna es roja como el porvenir”. Y maldijo al virus que se ensañó con su computadora y le borró esa primera parte de la correspondencia. Sólo quedaba la memoria de algunas frases sueltas y de la ansiedad por abrir el correo diariamente. Ahora había inventado una compleja manera de archivar sus cartas para que no se perdieran. Pero la ansiedad continuaba. Esa misma tarde había abierto la computadora deseando encontrar su nombre entre los correos.

Mientras tomaba sol en la playa había estado pensando en la diferencia entre lo eterno y lo infinito. Decididamente se trataba de dos conceptos difíciles. La eternidad tomaba como referencia al tiempo. Lo infinito ¿a lo numerable , a la extensión?
Recordó que para los pitagóricos, lo finito pertenecía a una serie de la tabla de oposiciones en la cual se hallan la luz, lo masculino. Y que lo infinito pertenecía a la serie conformada por la oscuridad, lo femenino. Algo le decía ya que había cierta cercanía con el tema que tanto la preocupaba en sus investigaciones académicas.

¿No era Anaximandro el que llamaba apeirón al infinito? ¿Y el Ser, era finito o infinito? La distinción entre infinito potencial e infinito actual la demoró bastante. Si el potencial es el que está siendo, pero no es, y el actual es algo enteramente dado, el amor cuál de los dos es? Actual o potencial? Se puede ser actual y potencial al mismo tiempo?

La definición de Aristóteles: “el infinito no es aquello más allá de lo cual no hay nada, sino aquello más allá de lo cual hay algo”, le pareció que cuadraba con el amor. Porque el amor es infinito, siendo que más allá de él hay algo….otro amor. Esa era la idea que le dejaba el tema de la causa infinita. Y ella también cuadraba perfectamente con la idea del amor. Si hay un primer infinito, del cual proviene Todo, su nombre ¿no sería Amor?

Claro que la marca del pensamiento cristiano es el que asocia infinito y eternidad!!!!
Pero no se trata de eso, pensó ella, mientras nadaba hacia la orilla. Justamente había pasado muchos años de su vida en diferenciarlos. Así como en diferenciarse de la cristiandad de su educación. La creación exnihilo no es necesariamente la demostración del fuera-tiempo de la eternidad. La creación exnihilo se debía al movimiento de creación del significante. Por ejemplo: luna roja. Esa luna que no incendió el río sino que encendió ese amor que ahora ella quiere predicar con el atributo “infinito”.

¿Qué se lo impide? ¿Un arranque repentino de sinceridad y honestidad intelectual?
¿No se envuelve en un sentimiento cósmico, por lo tanto infinito, cuando recuerda la suavidad de su piel? ¿No siente que se hace Una con el cielo, el río, los árboles y las flores cuando se despierta en la mañana y escucha su voz en el teléfono mientras mira salir el sol? ¿No estalla en una infinidad de fragmentos cuando hacen el amor?

Es que el sentimiento de lo infinito llama a la imaginación y no al pensamiento. Ya lo decía Pascal: “El hombre contempla la majestad del universo y queda sobrecogido. Se espanta de sí mismo, cogido, temblando entre esos dos abismos del infinito y la nada”.
Ella pensó que la mujer no se espanta con el abismo, eso le pasa al hombre. La mujer vive abismada y por eso puede sólo maravillarse con el sentimiento del infinito.

Es con el infinito lockeano, esa idea que se obtiene observando que pueden irse juntando sin cesar porciones de espacio a otras y momentos del tiempo a otros, esa idea de naturaleza fundamentalmente “aditiva”, con la que se quedó ella para calificar a ese amor. Y comprendió el por qué de la sucesión de encuentros y separaciones. Justamente se trata de adicionar lo finito para alcanzar lo infinito.
Comenzó a ordenar las fotos en el álbum, y pensó que la relación entre la arena y el mar eran una buena metáfora de su historia de amor.


Enero de 2003




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